Y nunca de su corazón (XXIV)

By on mayo 24, 2019

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XXIV

EL ABRAZO

Continuación…

Así llegó la noche para Timot y para sh-Madal. El padre recobró parte de su juicio cuando la luna, redonda, estaba alta y todo el campo brillaba. Y el cielo y el aire. Y olía a cosa dulce con trasunto de vieja miel que se ha secado.

Timot Can se levantó como pudo. Madal le ayudó a colocarse su atado de palos a la espalda. La muchacha cargó con su “tercio” de leña verde y emprendieron la marcha. A ratos Timot se rascaba los brazos con violencia, hasta hacer sangrar los estragos de la pelagra, y se pasaba las manos por el cuerpo como si quisiera desembarazarse de algo. Y pretendía en vano encorvarse para llegar con su rasquido a las pantorrillas. Parecía haberle nacido un vello diminuto y rubio que brillara a la luz de la luna. Eran las tenues espinas del “tzacán”, cactus temeroso y rastrero que crece oculto a la flor de tierra, entre la yerba. Espinas que se prenden tercas a la piel y la penetran para urticarla con el escozor de su veneno.

Quizá no estuviera borracho ya, pero Timot continuaba su plegaria de murmullos. Al pasar frente a la ceiba del arco de la entrada a Xajal, Timot se transfiguró, Madal no comprendía de dónde pudo su padre sacar aquel vigor inaudito. Porque aventó su tercio de palos, tomó del atado una vara retorcida y, con ella como arma, se fue contra el tronco siempre verde del árbol y entabló una batalla ruidosa contra lo invisible. Daba palos al aire y contra las sombras y profería un sinfín de extravagancias, hecho un energúmeno en medio de su agitación batalladora contra espectros y fantasmas.

–¡Eso sí que no! ¿Entonces? Mujer embustera, traidora, adúltera y bisbirinda. Sh-Tabay, la del abrazo asesino. La que llama traicionero al caminante con un “pss” y lo abraza y lo asesina con su abrazo y cunde de espinas de “tzacán” el cuerpo de su enloquecido enamorado. ¡Muérete! ¡Muérete! ¡Muérete!

Y daba de palos de aquí y de allá contra el tronco, contra el aire iluminado, contra las sombras que bajaban de las ramas y subían por el árbol; contra todo lo que se imaginara cosa con vida.

Sh-Madal se había echado a llorar y daba voces a su padre con toda la fuerza de su garganta niña:

–“Cóox, cóox, tat. Minaan báal a bétic uayé”. Vamos, vamos, padre. No hay nada que tengas que hacer aquí. “Mináam mishbáal”. No hay nada. “Caláanech”. Estás borracho. “Chen u zatlil a uol”. Es sólo que has perdido la razón. “Le pulyáah mentáab techó”. Es el hechizo que te hicieron. “Zátal a uol, tat”. Has enloquecido, padre. “Cóox, cóox; zámalé ca tal, ca uilé mishbáal yan uayé”. Vamos, vamos; mañana vendrás y verás que no hay nada aquí. “Mináam mishmac; micshé sh-Tabay ca uálic ca uilic auyé”. No hay ndie; ni la sh-Tabay que dices que ves aquí.

De pronto, tan inopinadamente como había embestido contra sus alucinaciones, Timoteo echó a correr y volvió al camino. Reía a carcajadas lúgubres de llanto, sacudido por un estertor que le hirviera en la garganta. Corría como si quisiera dar alcance al pájaro pujuy que volaba delante de él, en saltos alocados que apenas si tenía tiempo de posarse en medio del camino, fugazmente, para dar otro salto en vuelo a flor de tierra y detenerse, posándose, como algo ingrávido. Y de nuevo volar cuando Timot estaba a punto de aplastarlo. Y posarse otra vez, un poco más lejos, después de nuevo salto con el planear de sus alas leves que mostraban la brújula de sus pequeñas manchas blancas en el pardo plumaje, más oscuro a la luz de la luna. A ratos Timot oía el oculto bisbiseo del insecto que hace “pss” y que parece llamar, alcahuete y zalamero, para algo del amor misterioso, de noche, en el monte. Y redoblaba su carrera. Corría más aún con la flaqueza de sus piernas escuálidas. Con la omnipotencia y el heroísmo que a veces da el terror.

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Madal halló a su padre, encuclillado y tembloroso, a la puerta de su choza, mirando con ojos de pavor a todos lados, atisbando el movimiento de las ramas que agitaba la brisa; siguiendo con la mirada enloquecida de sus ojos pávidos el vaivén de las sombras en la albarrada, sobre la choza, o su reptar en los hoyancos y lajas de la calle.

La luna estaba ya en el cenit. Magdalena abrió la puerta y, a rastras, con la fuerza que da la necesidad, entró a su padre en la choza. Con otro esfuerzo sobrehumano lo subió a su hamaca. Lo arropó con una jerga para darle calor. Estaba helado. Sudaba. Fue al fogón y avivó su lumbre. Puso agua a calentar para hacer una tisana, algo con qué reanimar a su padre, con qué calentarlo. Pensó llamar a los vecinos; pero el más cercano vivía a tres largas cuadras y lo primero era atender al delirante. Ella era ya una “mujer” que debía saber hacerlo todo.

Timot habloteaba. Decía ver iguanos, culebras y sapos y otros animales que le roían los brazos, las piernas, la cabeza, el cuerpo todo. Hablaba de la sh-Tabay a la que no había podido dar muerte. Y que con su abrazo lo había cundido de espinas de “tzacán” como era su oficio. Esa sh-Tabay del cuerpo hermoso y hechicero, que sale del tronco de la ceiba cuando pasa uno y que hace “pss” llamando para algo misterioso, que en ella es el amor a la luz de la luna. Pero que es linda y adorable, igual que sh-Elut, la traicionera. Esa sh-Tabay que lo vino siguiendo en su carrera. Que estaba a punto de entrar si sh-Madal no cerraba la puerta. Y ponía la tranca. Y atravesaba el larguero. Y lo apretaba con la cuña. Que iba a entrar si sh-Madal no cerraba. Que cerrara, que cerrara, que cerrara la puerta…

Magdalena tuvo una inspiración: el alcohol con tabaco que estaba en el sabucán colgado detrás de la puerta. El alcohol para quitar las garrapatas. Puesto que no había otro aguardiente, le daría a su padre un sancocho de yerbas con un poco de ese alcohol. Ya sabía ella que su padre se ponía a hablar de culebras y a ver sapos e iguanos y otras sabandijas cuando le faltaba el alcohol. Y que, cuando bebía, ni siquiera vomitaba esas flemas verdosas o amarillas que echaba todas las mañanas, al despertar de su pasada borrachera. Que cuando no tomaba aguardiente parecía más enfermo y más enloquecido.

Timot pareció calmarse después del bebedizo.

Jesús Amaro Gamboa

Continuará la próxima semana…

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