Visitas: 8

Hace dos milenios, la Historia se concentró en la vida y milagros del hijo de un carpintero y una joven mujer, dando origen a uno de los más bellos ejemplos de Humanidad y Divinidad que conocemos.
La semana que inicia, la Iglesia Católica y sus feligreses conmemorarán la llamada Semana Mayor, recordando los eventos previos a la pasión y muerte de Jesucristo, hasta el anuncio de su resurrección, el Domingo de Pascua.
Todos hemos vivido de una u otra manera estos eventos, muchas veces acompañando a nuestros progenitores y abuelos; algunos los hemos adoptado y continuamos honrando. Para otros, es tan solo el inicio del período vacacional escolar.
En este bravo mundo que vivimos, a veces quisiéramos regresar a la simplicidad de antaño, sobre todo cuando el destino que vemos enfrente difiere cada vez más de lo que es ideal, uno en el que abundan y son comunes el trabajo, la seguridad, la calidad de vida, la atención hospitalaria y a la salud.
Hace dos milenios fue el “pueblo” el que, azuzado por sus dirigentes, eligió matar a un Iluminado. Los dirigentes, el Sanedrín, en aras de mantener su poder, decidieron que sacrificar a uno siempre sería mejor que sacrificar a todo ese pueblo, para mantener ese poder sobre ellos.
Ese mismo Sanedrín, a su vez, junto con el pueblo, estaba bajo el yugo de los romanos. El pueblo pagaba oneroso tributo y anhelaba a un líder que los ayudara a salir de su agobiante situación.
Lo que se olvida es que ese mismo pueblo había llegado a ese estado de sojuzgamiento tras abandonar su religión, abrazar otros dioses renegando del que los rescató tantas veces antes de sus tribulaciones, abandonándose a las banalidades y placeres, en vez de educarse y mejorar como sociedad. En otras palabras, al dejarse llevar.
Los dirigentes de antaño veían por encima del hombro a la plebe, imponiéndoles adicionales penitencias, mientras ellos gozaban de los frutos de sus prebendas, considerándose de mayor estatura moral, sin esconder sus riquezas y símbolos de poder.
Regresando al presente, al evaluar los fríos números, el pueblo mexicano es ignorante, está sumamente dividido, y es propenso a las vivezas y a encontrar la manera de vivir en base al mínimo esfuerzo, justo como el pueblo israelita de esos días.
El poder ha devenido en un moderno Sanedrín. Ahora, desde el púlpito mañanero, se adoctrina y se indician legiones de ciudadanos e instituciones. Peor aún, pese al peso de las evidencias, se niega que el futuro está comprometido, cuando la espiral de decadencia es ahora una vorágine de la cual no se ve escapatoria.
Jesús fue finalmente crucificado tras ser considerado un enemigo del pueblo, del estado, porque así lo determinó el Sanedrín, representantes de ese ignorante pueblo.
Han pasado dos milenios y, con las debidas proporciones, en México no hemos aprendido las lecciones de la Historia; que eso mismo que sucedió, sucede ahora, con el mismo comportamiento de la sociedad y sus dirigentes, siendo los narcos y criminales quienes interpretan el rol de los romanos.
Quien tenga oídos para escuchar, que escuche…
Tengamos todos una solemne Semana Mayor, recapacitando, decidiendo, emprendiendo los necesarios cambios para mejorar y enderezar el presente, en aras de un mejor futuro.




























