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Caminando por las calles

Carlos Duarte Moreno
(Especial para el Diario del Sureste)
Abrumado por todos los zarpazos de la vida en que Amor y Dolor toman la parte más desesperante contra mi alma, al dejar a este viejo, compañero ocasional, después de haberlo escuchado dos horas largas, en un rincón amigo del parque, he sentido extrañas náuseas, y hasta la luna mortecina me ha parecido que al compás del viento se movía, saltando sobre las nubes…
El viejo de mi pesadumbre ha vivido, como él dice, provechosamente. ¡Cuántas amargas filosofías que apoya en sus canas! ¡Qué taladoras profecías y terminantes consejos me ha dado! Su boca, moralmente, mientras hablaba, olía a tumba. ¿Me quiso brindar un bien? ¡Tal vez…! Yo lo escuché pacientemente y a cada frase suya toqué mis cicatrices y mis incurables heridas que siempre están temblorosas de sangre… Su voz pasaba como un vendaval inmisericorde sobre mis creencias, sobre mis propósitos, deshojando mis rosas cándidas, sacudiendo mis robles mayestáticos, tratando de desbordar mis ríos…
–¡Es la experiencia mi maestra!
Con espíritu de conseja antigua y algo de infundio misterioso no cesó de repetir esta frase.
¿Qué es, corrientemente, la experiencia? ¿En qué convierte a los hombres que creen haberla adquirido? La experiencia, frecuentemente, se convierte en cobardía, sin utilizarla racionalmente en las contiendas del camino. Para muchos –¡y ya son tantos! – tener experiencia es no volver a intentar aquello que dio padecimientos. Moneda de circulación castradora es ya esta creencia que desvía el ejercicio del espíritu.
Cuando se llega al ocaso de la existencia sin haber hecho cristalizar anhelos ni fructificar empeños, la vejez se acompaña con frecuencia de una enemistad mortal hacia la vida, que se traduce en forma de consejo, hablando a los jóvenes de la inutilidad de todo acto heroico, de toda acción perseverante. Los espíritus sencillos toman como mandamiento inalterable y augusto las palabras de los viejos y establecen la existencia de un pretendido fanal que, al seguirlo, los lleva hacia desastres morales a los que jamás pensaron arribar.
Las canas filosóficas que necesita el mundo y más propiamente su reserva contenida en el alma y en la carne de la juventud no son, desde luego, las que les dicen que se detenga antes de emprender la cruzada ideal, sino las que la preparan para el trastazo, para la lágrima, para la hemorragia, con la idea de que no la sorprenda el padecimiento, pero que le dice, con vigor y con ánimo, que ascienda, porque la humanidad no puede cruzarse de brazos, ni matar su anhelo, ni romper sus ansias por la visión de que en su demanda pueda dejar jirones del espíritu o parte de su carne desgarrada por el embiste enemigo y traicionero.
¡Si los jóvenes fuésemos a hacer caso del amargo decir de los viejos…! Si tantas amorosas recomendaciones y píos consejos y acendrados lineamientos de los ancianos hubiesen sido atendidos, en el transcurso de la historia, por la muchachada entusiasta, ¿qué sería del mundo? ¿Hubiese en sus páginas tantos logros?
La vida individual es un árbol milagroso que en cada estación cuaja frutos característicos. La juventud –no la tercera niñez que muchos juzgan juventud–, no la primavera humana que florece en rojas savias de empuje y de coraje. Es en este tiempo cuando se mira cara a cara al dolor, al hambre, al infortunio, en cualquiera de sus formas. Hay que aprovechar este reventar de la reserva social y prepararla para que no ignore el abismo, la emboscada, la tragedia, dándole aliento y pujanza para padecer en el cumplimiento de los altos y denodados deberes que no se pierden para el mundo y que, si en nosotros se convierten en agonía o en muerte, en el concurso de las cosas, florecen en bien para los demás hombres.
Este viejo a quien acabo de dejar en el cascarón de una vida que no se vio colmada quién sabe por qué…
Mérida, Yucatán.
Diario del Sureste. Mérida, 23 de julio de 1935, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























