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La muerte de Antonio Guiteras

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De sombrero texano

Antonio Guiteras

Mónico Neck

[Antonio Ancona Albertos]

(Especial para el Diario del Sureste)

Hacía tiempo que el cable no nos traía noticias trágicas de Cuba. Y hoy nos trae una lamentable: el asesinato de Antonio Guiteras, líder prestigioso y joven de la revolución cubana.

Guiteras no tenía el prestigio internacional de Sandino. No tuvo tiempo de alcanzarlo. Y, sin embargo, su muerte ha de causar profunda inquietud en la América revolucionaria y no es difícil que, al provocar resentimientos, traiga trastornos inmediatos en la isla.

Es la historia de siempre. La triste historia que es necesario repetir para disolver en palabras nuestras grandes pesadumbres y nuestros errores estólidos. “Nuestros” es el vocablo adecuado. Vivimos en una sola y gran patria de Hispanoamérica y no debemos lanzarnos al rostro errores, sin sentir en el propio el latigazo tremendo. Cuba es parte de esta gran nacionalidad racial. Y es parte interesantísima, por ser intelectual y por lo heroico de su historia y por lo ignominioso de algunos de sus políticos típicamente claudicantes y por la gloria inmarcesible de sus grandes precursores y de sus apóstoles inmortales. Cuba es la patria de Céspedes, de Martí, de Maceo, de Estrada Palma… Y en la isla maravillosa vieron también la luz hombres como Machado y Mario Menocal.

Y no hablemos de Fulgencio Batista. Tengámoslo, por ahora, en piadosa interrogación. El muchacho audaz que derrocó al machadismo, lo ha usurpado todo: desde el Ejército hasta la popularidad. Hombre inteligente e inquieto; con reminiscencias de esclavitud que le vienen de la sangre negra del abuelo; mílite sin historia en las agitaciones tremendas del espíritu cubano, del pensamiento cubano, se improvisa en un cuartelazo popular y surge a la vida pública sin más preparación que el asco cogido, a través de su vida cuartelaria, de los procedimientos machadistas. Pero da la impresión –y podemos equivocarnos– de que no tiene visión revolucionaria. No ha heredado la intelectualidad heroica del formidable José Martí, héroe epónimo en la grandeza de las Américas. No tiene en la mano mulata la espada flamígera de Antonio Maceo ni su coraje heroico. No se distinguen en él, a través de este inquieto mar de las Antillas que nos separa de Cuba, ni el desinterés del apóstol, ni la decisión del revolucionario, ni el empuje del estadista.

Cuba y Nicaragua ocupan lugar preferente en el corazón revolucionario del mexicano. Son puntos de observación para el porvenir. La muerte de Sandino, bifurcación vitanda del porvenir de Centroamérica, ha detenido por quién sabe cuántos años el porvenir de la Revolución. El estremecimiento que la isla de Martí sufriera a la caída del general Machado hizo concebir esperanzas…

La exaltación al poder del doctor Grau San Martín se agitó en toda la América pensadora y de porvenir como un repique de izquierdas. La gente, la gente nuestra, creía aún en Fulgencio Batista. No en el caudillo militar que él quiere ser, sino en el hombre de acción capaz de revolucionar, de trastornar profundamente las condiciones de su pueblo. Pero he aquí que un día cuando la política cubana estaba enderezada hacia un sano socialismo, hacia el vigoroso empuje que el pueblo esperaba, la República vuelve a caer en manos de los viejos políticos incapaces, por su contextura conservadora, de entender los fenómenos modernos. Entonces, la América revolucionaria se desilusiona. Sabe que los coroneles de las viejas dictaduras cubanas son incapaces de pensar y son incapaces de sentir con el pueblo de la heroica República. Sabe que en el fondo de esa mistificación que arrojó del poder a Grau San Martín, no hay sino una vasta intriga del conservador, del capitalismo y del político venal asalariado a los trusts.

Los hechos posteriores no desmienten la sospecha lamentable de los revolucionarios latinoamericanos. Nadie, en un principio, entiende los cambios de gobierno en la República Cubana. Los reaccionarios –siempre imbéciles– se dedican a censurar los lanzamientos de bombas y los levantamientos parciales en la isla. La gente hipócrita lamenta más estas pérdidas incidentales de sangre que la esclavitud perenne de los campos que mantiene en hambre secular a los trabajadores. La prensa escandaliza, en todos los países del continente, por el “quítame allí esas pajas” de las ocurrencias rebeldes. Se empieza a hablar, como siempre, de los beneficios de la paz y de las bellezas rituales de las consagradas dictaduras de Hispanoamérica. Todo es bombo periodístico. Todo es artificio: cohetes de colores para entretener al pueblo, como aquellos que quemaban nuestros gremios inocentes en los días de nuestra rebelde juventud.

Esto que ha pasado en Cuba ayer casi no provoca indignación. Causa dolor. La historia, cansada de engrendar, se repite. Algo peor: se imita. Y esta muerte de Antonio Guiteras no es más que una imitación grotesca del asesinato de Sandino. El líder joven, el fuerte soñador, preparábase a salir de su patria, porque se asfixiaba en el ambiente político. Y lo halló al paso el tiro de la encrucijada. Cayó muerto y con él cayeron todos los suyos.

La prensa tolerante de Cuba y los periódicos conservadores de todo el continente han puesto sobre su tumba el indiferente requiescat in pace. La noticia no ha merecido el honor de la primera plana, ni de las columnas altas, ni de los titulares escandalosos.

Y, sin embargo, hay en el fondo de ella singular importancia. Los asesinatos políticos de la América han servido para construir grandes columnas y para sostener sobre ellas grandes edificios. Sobre el asesinato de Madero se construyó la Revolución de México.

Sandino y Guiteras: dos víctimas más de la derecha absorbente.

Y sus cadáveres son otros escalones para seguir subiendo hacia la izquierda.

México, D. F., a 9 de mayo de 1935.

 

Diario del Sureste. Mérida, 15 de mayo de 1935, p. 3.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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