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“Al maestro Cosío le gustaba tocar su órgano melódico,” señala Gaby sonriendo. “Solamente había dos de esos instrumentos en México: uno lo tenía el famoso Juan Torres y el otro mi papá. El maestro Cosío colaboró varias veces tocando su órgano melódico para beneficio de la iglesia y se llenaba el lugar, tocaba muy bonito. Igual tengo una consola que es de un valor muy estimado por nosotros. Mi papá solito aprendía las cosas; aprendió a tocar bongós, en las noches practicaba. Un día me llama el profesor Manuel Araujo, que nos daba Historia en la Secundaria. ‘Oye, Cosío,’ me dice, ‘anoche no pude dormir porque me despertó la jungla. Creí que empezaron a venir los caníbales,’ me dijo entre risas… por los bongós que tocaba mi papá, ya ves que de noche se escucha más fuerte todo, hasta su casa se oía.”
“Cuando el maestro Cosío empezó a tomar, no metía a nadie a la casa. Decía que la mujer y la cartera no se prestan, son sagradas, y no metía a nadie a casa, tomaba solo. Cuando ya estaba alegre, ponía su música a todo volumen y se ponían a bailar. Mi papá era el alma de las fiestas. De hecho, a mí me enseñó a bailar. Mis papás eran buenos bailadores. Junto con don Felipe Pérez y doña Eddy Lugo empezaban los bailes en la Colonia.”
“En Navidad nos traía regalos de México. Esas navidades eran sagradas, no las perdonaba. El arbolito se llenaba de regalos, era una semana de fiesta. Mi mamá preparaba el bacalao, lo remojaba una semana antes; también cocinaba pavo asado, arroz a la mexicana, romeritos. Te digo que cada año se iba a la Ciudad de México. Antes de viajar nos enfilaba y nos decía: ‘Dibuja tu pie en un papel’ y cada y quien lo hacía, ‘de qué color los quieres’. Nos traía los zapatos que le pedíamos. Esas navidades eran una verdadera fiesta familiar. Las cosas lindas no se olvidan,” me dice emocionada Gaby en el café Rock Burger, donde regularmente acude a desayunar su cuñado Jorge Cervera, acompañado de Ricardo Pat y sus amigos roqueros.
“Entre sus otras aficiones, a mi papá le gustaba jugar boliche, básquetbol, voleibol. También le gustaba ir al casino a conversar y a tomar café con don Enrique Serratos, pero también iba por el boliche. Era muy callado. Esa era su única salida. Ya después, cuando se empezó a sentir mal, ni eso hacía. Toda su vida fue muy activo,” recuerda Gaby, quien siempre quiso ser enfermera como su hermana Lanchi, que casi siempre faltaba a las reuniones familiares porque era muy dedicada a su profesión.
“De hecho, en las Navidades y aniversarios de boda de mis papás, cada dieciséis de septiembre, la única silla que estaba sin ocupar era la de Lanchi. Cuando mi mamá estuvo ingresada a raíz del accidente, en ambulancia la trajeron al hospital Juárez; tardó como un año en recuperarse, pero se recuperó bien. Yo la cuidaba en el hospital porque tenía una muchacha que me ayudaba en la casa. Cuando la estaba cuidando y veía que pasaban las enfermeras le decía: ‘Mami, yo quiero ser enfermera.’ ‘Pues dale: cuando me den alta de aquí, yo te voy a ayudar con tus hijos para que estudies,’ me dijo. Y, sí, así fue. Tenía ella un para-qué y se recuperó. Yo me enterqué y, a pesar de cuidar a mis hijos, estudié. Primero fui Auxiliar de Enfermería, después terminé la Licenciatura en Enfermería, estando ya casada.”
“Te voy a contar mi secreto,” me dice casi en susurro, en voz baja. “Mi esposo Carlos al principio no quería que yo estudiara. Creía él que estaba huyendo de mis responsabilidades. No le gustaba la idea de que yo estudiara estando casada. A mi papá tampoco le gustaba que yo fuera enfermera, porque de muchacha vestía yo muy a la moda y decía que yo no serviría para enfermera. Mi papá creía que no tenía el perfil para ser enfermera como mi hermana Esperanza, que estaba dedicada completamente a su profesión, que casi nunca iba a los festejos de la familia. Mis papás celebraban todos sus aniversarios de boda, pagaban misa todos los días dieciséis de septiembre, y la que no podía acompañarnos por su trabajo era mi hermana Lanchi. Mi papá se ponía triste porque era la única que no asistía. De hecho, el comedor era de diez sillas, los extremos eran lugares exclusivos de ellos y a mí me decía que no podría ser enfermera porque de muchacha yo vestía a la moda y él creía que yo no cumplía con el perfil de una profesional de la salud.”
“Sin embargo, trabajé en el ISSSTE, en la Clínica de Mérida. Terminé y me jubilé en el IMSS, después de treinta años de servicio. Cuando estaba activa impartí cursos de Tanatología, que es una ciencia muy bonita, se aplica a nuestra vida. Yo lo apliqué mucho en mis pacientes con mucho éxito,” finaliza con orgullo la mamá de mi amigo Charly García, quien junto con el padre Anderson son los más destacados ejecutantes de la cultura Hip Hop en el estado desde hace más de treinta años.
L.C.C. Vicente Ariel López Tejero






























Que bonita Historia cono no recordar a tan grande maestro como decía mi papá es un ching ….que admirabanos mucho mi papá después de que cerró la fabrica el llevaba los transformadores a Cozumel en su camión y nos platicaba mucho de Don Cosio como un gran maestro. Que en paz descanse.