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Ricardo Mimenza Castillo
Los agricultores jarochos, bajo los auspicios de la Cámara de Comercio de Jalapa, acordaron celebrar anualmente, y en octubre, la Feria del Café.
Razón tienen aquellos productores pues sólo en las zonas de Coatepec, Huatusco y Córdoba, lograron ya levantar una cosecha de setecientos mil quintales de ese grano aromático, de esa rubiácea nutrífera.
Su origen, según la Historia, está vinculado a la ruda Etiopía –hoy escollo de Mussolini– de donde pasó a la Arabia, al fascinador Yemen de las leyendas.
Y se cree que su facultad de ahuyentar el sueño lo hizo grato a los santones religiosos y jeques mahometanos que se entregaban a largas salmodias nocturnas, igual que los monjes del romanismo en aquellas regiones.
La ciudad de Moka –emporio del café– debió su fundación y auge a ese néctar salutífero.
Y los poetas, que le llamaran luego “el néctar negro de los sueños blancos”, le dedicaron universalmente rimas elogiosas, llegando a afirmar los persas que el mismo ángel Gabriel lo trajo de los cielos para restablecer la salud del profeta Mahoma.
Una citareda árabe lo cantó en célebre kasida, así:
“¡Oh, Café! Tú disipas todos los cuidados y pesares. A ti dedica sus votos el hombre consagrado al estudio. Sólo conoce la Verdad el hombre que saborea en su taza tu espuma. Es un vino al que ninguna congoja resiste, siempre que circula el vaso perfumado que lo contiene y en donde hierve”.
Parini en Italia le llama el sagrado grano de Alepo que disipa la hipocondría y don Andrés Bello le apellida:
“El arbusto sabeo –que en los festines
La fiebre insana templar a Lieo”, por sus cualidades desembriagantes.
Pronto para su difusión y venta se abrieron en la Arabia feliz y el Oriente los cafés o expendios de ese líquido excitador, en donde se reunían en grato solaz los poetas y narradores de cuentos que urdieron bajo el manto real de Scherezada las Mil y una noches.
Y de Oriente pasó esa costumbre a Venecia, floreciendo en tiempos del Moro que inmortalizara Shakespeare.
Y de ahí a Londres y París, en donde los Caballeros de Malta lo propagaron en la Feria de San Germán.
Y cuando fue ministro Colbert, en tiempo del Rey Sol, ya eran los cafés los sustitutos de los cabarets de los poetas cyranescos.
Y al cabaret La Cruz de Lorena y sus coetáneos en donde Moliere y Racine y La Fontaine disputaban por una estrofa, sucedió el café Procopio, caro a Montesquieu y a los enciclopedistas.
Y Michelet pudo luego exclamar “que todo París era un gran café”. Ahí Diderot y Rousseau y D’Alembert y el barón de Holbach lanzaron los primeros presagios de la revolución y del 93.
Más tarde, se hizo célebre por sus jugadores de ajedrez el Café de la Regencia, asilo de la bohemia encabezada por Alfredo de Musset.
Y entre los simbolistas fue memorable el café Francisco Io, en donde pontificaban Moreau y Verlaine con su séquito de apolonidas.
Y de Alemania vino a Francia la novedad de los cafés cantantes con teatro abierto y peripatéticas, danzarinas y cantaoras.
En Yucatán han celebrado sus cafés –cuna de nuestros trovadores como Guty Cárdenas– los poetas jóvenes, quienes nos vieron frecuentarlos en horas alcióneas, robadas a la dura y mezquina lucha del vivir.
Diario del Sureste. Mérida, 31 de octubre de 1935, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]


























