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Ana María Casanueva en CASUL

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El sábado 6 de junio se inauguró, en la Ciudad de México, la exposición Piensan las palabras, hablan los objetos, de Ana María Casanueva, en la Casa Universitaria del Libro de la UNAM (CASUL). Se trata de una atractiva exposición de arte objeto que está en completa concordancia con la vocación de esta sede.

Al atravesar el gran vestíbulo de la casona ecléctica, que parece no haber querido dejar atrás el Porfiriato a pesar de la fecha de su construcción ((1920-1925), se extiende la terraza de planta elíptica, ahora cerrada con vidrieras, en que han sido expuestas las obras en vitrinas diversas, algunas de finales del siglo XIX o de principios del XX.

Al acercarse, el visitante podrá contemplar una serie de plumas fuente que han sido modificadas o modeladas por la artista según su fantasía: corresponden a los múltiples estados por los cuales puede pasar el escritor en búsqueda de inspiración (un concepto al que todavía se refiere un artista como Paalen en la revista Dyn) o, en todo caso, del tino que le hará encontrar la palabra adecuada cuando se encuentra frente a la página en blanco. Esta idea se ve magníficamente expresada en la pieza intitulada En blanco, en la que vemos cuatro plumas hechas de papel, blanco, por supuesto, pero cuyos barriles se tuercen como servilletas de tela, como para expresar el sufrimiento de la artista ante la hoja por llenar.

Además, en la primera de las vitrinas, podemos ver una pluma que, en vez de tinta, escupe un galimatías metálico, como sucede cuando las ideas simplemente no se quieren acoplar a las palabras al intentar asentarlas sobre el papel. La artista plasmó ingeniosamente este momento angustiante, adhiriendo al plumín un estropajo de alambre como el que se usa en las cocinas, con tal acierto que se olvida su naturaleza original. Menudo embrollo se intitula la pieza.

Hay también recuerdos de las planas con las que profesores de edades pretéritas hicieron aprender a los niños sus “letras”. Esta idea se expresa aquí por medio de una pluma de la que surge un elemento de alambre que recuerda los famosos ejercicios de caligrafía a los que generaciones de pupilos fueron sometidos inmisericordemente, con toda razón, por lo demás, puesto que no hay duda de que fueron eficaces: la letra, si no por la sangre, de menos por repetirla entra. Aquí vemos una de esas planas en las que se multiplican posesivos tónicos y átonos, así como el adjetivo solo: de ahí el título de la pieza, Mío, mío, mío, sólo, mío en que la artista, además, transformó el adjetivo en adverbio agregándole una tilde, quizás como acto de protesta ante la RAE.

No sólo de plumas se trata la exposición, que las hay literalmente, y muchas, como de ello atestigua la pieza, confeccionada con plumas de ave blanca, que lleva por título Estuche de plumas. Hay también una interesante pieza que, por su abstracción y sus materiales, podría recordar vagamente una composición de Kurt Schwitters. Su título retoma el verso de José Gorostiza, “la imagen atónica del agua” en su poema Muerte sin fin. Si bien este objeto responde al llamado de Luis Ignacio Sáinz para que se realizara una exposición colectiva alrededor de este poema en la Casa de la Cultura Jaime Sabines, en San Ángel (2025), no podría encontrar mejor lugar que la Casa Universitaria del Libro, como una segunda escala en su naciente recorrido.

La exposición de Ana María Casanueva «Piensan las palabras, hablan los objetos», se exhibe en CASUL UNAM, ubicada en Orizaba 24, colonia Roma Norte, en la Alcaldía Cuauhtémoc, de la Ciudad de México. (Fotografías de Esteban García Brosseau.)

Aquí no hay sólo alusiones a la literatura. También hay referencias directas a grandes pintores, como es el caso de la pieza Modelito para armar, cuyo fondo es una obra de Paul Klee, Floración nocturna, que, al menos en su nueva condición dentro del poema objeto de Ana María Casanueva, adquiere algo del espíritu de Matisse. Quizás este recuerdo de Matisse, a través de la pintura de Paul Klee, se deba a las tres hojas vegetales realizadas en vidrio que evocan la idea de una ventana. Estas hojas que, por la materia en que están realizadas, nos remiten igualmente al agua, no están adheridas por dentro, sino por fuera del vidrio que cierra el objeto, quizás para borrar simbólicamente la división que la mente establece generalmente entre “interior” y “exterior”.

Por supuesto, siempre que uno se encuentra frente a manifestaciones de arte objeto como éstas, tiende a referirse a las creaciones de los surrealistas. Elia Espinosa, quien escribió la hoja de sala y pronunció algunas palabras después de Guadalupe Alonso, directora de CASUL, hizo, de hecho, una referencia muy atinada a la Antología del humor negro de André Breton: que se piense solamente en aquella prensa para tortillas de vidrio en la que está grabado el mapa de Nuremberg, en la pieza Mapa fundacional de Tenochtitlan, la cual podría, en efecto, tener mucho de humor negro.

Sin embargo, el lazo con el surrealismo no es aquí tan claro como lo quisiera interpretar la mente de manera inmediata. Esta misma se rebela simultáneamente ante tan precisa filiación.

Quizás habrá que limitarse a constatar que estamos aquí ante lo que Henri Parisot intituló simplemente “la risa de los poetas” en su antología sobre la poesía humorística.

Como quiera que sea, el visitante se confrontará con objetos cotidianos que se han transfigurado en juguetones cómplices del espíritu, expresándose por sí mismos, como la rebelde pluma del escritor, o bien como aquellos glifos de la pieza de mismo nombre que, habiendo salido de la condición informe de la masa para tortillas, no parecen tener otro propósito que el de brindar un placentero alimento para el pensamiento.

ESTEBAN GARCÍA BROSSEAU

garciabrosseaue@gmail.com

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