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Rafael Solana
En el pintor Roberto Montenegro se hacen vagos e imprecisos aquellos famosos límites entre la pintura y la poesía; la mano de algodón del sueño los disipa; entramos, al pasar bajo el dintel de los marcos, en un terreno onírico y poético. Sin embargo, la pintura está ahí, omnipresente, iluminándolo todo y por todas partes, como una luz de sol en la región de la transparencia, de donde han sido desterradas las sombras.
Roberto Montenegro, pintor por muchos años, ahora es poeta. Muchos han sido, en los últimos cincuenta años, los pintores que han cambiado de bandera y se han ido a la poesía; sin embargo, muy pocos son los que siguen siendo pintores. El caso de los que cierran los ojos y se dedican a soñar, con los pinceles en la mano, es frecuente. El caso de Montenegro, soñar con los ojos muy abiertos, es excepcional.
¿Ha ganado, o ha perdido, al hacer afluir a su cauce de pintor las aguas de la poesía? ¿En el choque se ha enturbiado alguna de las dos corrientes? No. Como sólo vemos en los grandes maestros, en la pintura poética de Montenegro es tan pura la pintura como la poesía. Ninguna está supeditada a la otra. La imaginación del poeta levanta el vuelo; pero no la ciega la luz de las alturas; sus ojos siguen siendo capaces de aprehender y comprender las formas, y de reproducirlas, embellecidas. En la historia de la pintura, con mucha frecuencia los que despegan los ojos de la realidad caen, como en la parábola de Brueghel, al despeñadero. A menos que sepan ponerlos en cosas superiores, dejándolos –casos de ubicuidad– también sobre la tierra. Sobre la mística –Angélico–, sobre la filosofía –Durero–, o sobre la poesía –Montenegro–.
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La misión primera del pintor es copiar las formas, las luces, los colores. Copia lo que ve. Suele estar preparado especialmente para ver cosas que los demás no vemos. Pero copia lo que ve, sin agregarle ni quitarle nada. Bajo el cielo de Venecia, indudablemente Tiziano veía los esplendores que pinta, los colores golosos y sensuales, las formas mórbidas, las sedas riquísimas. Velázquez veía esos niños y esos bufones; Rembrandt, esas sombras y esas graves caras; Watteau, aquella alegre y elegante comitiva, toda locura y deseo.
Pero hay grandes pintores que no pintan lo que ven, sino lo que imaginan. Crean. Unos, como Goya, o Clemente Orozco, por medio de la violencia. Otros, por medio del sueño. Si comparáramos dos Anunciaciones, una de Leonardo y otra de Fra Angélico, veríamos que, mientras en la primera a los ángeles puede conocérseles la edad y la condición social, pues no son sino los modelos escogidos por el maestro, y a quienes arbitrariamente se han puesto unas alas, por lo demás, copiadas también, del cisne de Leda, en cambio en la del segundo el ángel es absolutamente irreal, irreal la Virgen, ideal la arquitectura, imaginario el aire mismo que se respira en el aposento. El Angélico pintaba sus sueños, sus éxtasis. Conocía la anatomía de los hombres y de los ángeles, pero no se sujetaba a ella, sino que la reformaba, como Goya la deforma.
El Greco es también un pintor de sueños, por contraste con Murillo, pintor especialista en niños premiados y zagalas apetecibles. Rousseau también pinta sueños; pero todavía de buena fe, sin pretender engañarnos. La escuela de los cuentos de hadas había de venir después a contarnos complicadas mentiras, a sabiendas de que no habíamos de creerlas, pero segura de que aplaudiríamos el ingenio con que se las desarrollase. Claro que no existe la realidad de Chirico, ni de Dalí, ni menos del cubismo. Ninguno de ellos quiere que lo creamos: son mentira pura, y deliciosa. Angélico, El Greco, Goya, Orozco, Montenegro, sí pintan de buena fe. Es preciso creerlos. Es necesario ver lo que ellos vieron. No son especulaciones, no son metafísica; son la realidad misma, vista más agudamente de lo que nosotros somos capaces. Pintan su verdad, y hay que respetarla. No están jugando.
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En su nueva manera, Montenegro es el poeta de las formas. La poesía en sus cuadros poéticos no está hecha con conceptos, ni con metáforas, sino con imágenes, con masas, con colores, con inercias. Cuando resucita la vieja cuestión de la vida y de la muerte, tan alemana, tan Durero, hace recordar a aquellos maestros, pero a través de un ambiente de modernidad que despierta a la vez el recuerdo de los poetas de nuestro tiempo. No es ya la angustia religiosa lo que abate a esta mujer que encuentra su propio esqueleto, sino una preocupación de forma, dentro de una mirada fría de científico desolado, que se conforma con saber la verdad sin sufrir por ella. Cuando el miliciano muere, bajo la bandera roja y negra, no se levantan gritos, ni protestas, ni llantos en torno al cadáver, sino el silencio del mundo, la impasibilidad de toda la creación, la inalterabilidad de lo presente en el cuadro, la angustia del adiós se deshace en sal en la mano cortada, forma pura y aislada, sólo responde una torre cerrada y un pañuelo simbólico, sobre un mar eterno e inacabable, un abismo ciego y sordo.
¡Qué cruel, qué inhumana la pintura de Montenegro! Pero qué cierta, y con qué alto sentido de desinterés y de comprensión. El poeta se ha despegado de todos los pequeños lazos que entorpecen y que atan. Mira las cosas para denunciarlas con su luz fría, como si las viese desde una estrella. Si le duelen, lo olvida, lo cubre todo con una capa de hielo y estoicismo. Los problemas de la vida y de la muerte, del amor y el dolor… el dedo en la llaga, crudamente, y sin un gesto. Serenidad y resignación. El mundo sigue su camino sin que se le pueda detener.
Mudo, reducido a formas geométricas, desnudas y frías, presencia todo, ciegamente, y sigue adelante, aplastando las pequeñas tragedias con su peso. Pero nunca, nunca conseguirá su objeto esa inhumana pintura de Montenegro, que pretende enseñarnos a no llorar.
México, D. F., noviembre de 1936.
Diario del Sureste. Mérida, 24 de noviembre de 1936, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























