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Tal vez a ustedes les deja la misma sensación escuchar una monumental mentira, presentándola como verdad con aplomo y seguridad; esa sensación de incredulidad, mezclada con molestia y pasmo ante el abundante cinismo.
Ejemplos abundan, sobre todo en nuestra clase política, aunque no faltan ejemplos cortesía del agente naranja norteamericano, o del mandamás ruso. Miren ustedes que escuchar a las autoridades rusas calificar como un agravio al derecho internacional atacar a una nación sin motivo aparente, en referencia al ataque con que Estados Unidos e Israel se deshicieron del ayatola de Irán, es una sinvergüenzada fenomenal ante lo que Ucrania vive desde hace cuatro años, resistiendo los embates de Rusia.
Personajes de nuestra fauna política mexicana defienden a capa y espada sus “logros económicos” merced a los cuales se han hecho de impresionantes propiedades, millonarias cuentas bancarias, sin otro mérito que ser parte del “equipo” del ahora expresidente, ese que agitaba su pañuelo anunciando urbi et orbi que la corrupción había acabado desde su arribo al poder. Así los Noroña, los Monreal, los Batres, los Bartlett, los López Beltrán, los Alcalde, los Taddei, los Montoya, los Delgado, los Rodríguez, y tantos otros ejemplos de cuestionable integridad intelectual y abundante demagogia, y también varios yucatecos.
¿Cómo calificar a esos advenedizos personajes que se llenan la boca hablando de que no permitirán el nepotismo o la corrupción, que no son iguales a los de antes, pero que demuestran en los hechos que en realidad son peores?
Imposible apuntar con dedo flamígero a los partidos predecesores en el gobierno, acusándolos de las penurias que sufrimos los mexicanos, cuando al mismo tiempo llenan sus cuadros de delincuentes políticos que provienen de esos mismos partidos, donde aprendieron esas mañas. Todos, sin importar colores, padecen la misma patología.
Desde hace siete años el imperio de los hechos, las cifras, y de los datos yace sepultado bajo la narrativa impuesta desde el púlpito mañanero, tan abundante en sus «otros datos» sin sustento, constante en sus afanes de dividir a los mexicanos entre los fieles y los adversarios, reproducida posteriormente en todos los niveles de gobierno, Cámaras, Secretarías, y ahora en el Poder Judicial.
Nuestra sabiduría mexicana acuñó esa expresión que reza: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Imposible no traerla a colación cuando escuchamos a tantos corruptos y ladrones presumir de honestidad.
El cinismo y la desvergüenza de nuestra clase política no tendrá fin mientras no exijamos que la preparación – no la cuestionable “honestidad” – y la grandeza de miras sean requisitos para servir a México.




























