El arte y el hechizo de los brujos mayas – VIII

By on mayo 21, 2020

VIII

EL EMBRUJO DE LAS CIUDADES MAYAS

Las ciudades mayas que fueron construidas en épocas de las que no perdura memoria en la Península de Yucatán, guardan grandes misterios, hechos y sucesos sobrenaturales e inexplicables que también forman parte del arte mágico y embrujo que poseyeron sus creadores y gobernantes. Ellos obtuvieron de los dioses del universo parte de sus secretos para poder crear y levantar una cultura y civilización tan poderosa como única en América, tal como lo fue la de los mayas aborígenes de la península yucateca.

A veces, ni ellos mismos podían explicarse cómo pudieron construirse esas ciudades, templos y monumentos arquitectónicos tan perfectos y hacer que los dioses les hablaran y enseñaran a dominar vientos, espíritus, noches y lunas.

Después de pasados muchos siglos, cuando los centros ceremoniales mayas ya eran ruinas, llegó a Yucatán uno de los más grandes exploradores y dibujantes que describiera en sus trazos de fino arte, los grabados, estelas y esculturas de las ciudades mayas, rostros de dioses, figuras amorfas y patrones cosmogónicos. Frederick Catherwood, aquel compañero ilustre de John Stephens, que acompaña a éste en 1839 y principios de 1840 en un largo recorrido de estudios y apuntes por la península. Fue uno de los periplos más extensos de los que se tenga memoria, con carácter científico y explicativo para conocer hasta sus últimos confines la magia de la civilización primitiva.

Esos viajeros ya sabían que los mayas habían desarrollado una cultura increíble, manifestada entre otros aspectos en la construcción majestuosa de sus centros ceremoniales de sublime arte escultórico, así como una escritura jeroglífica, que hasta hoy no ha sido interpretada o descifrada.

Frederick Catherwood fue uno de los visitantes extranjeros que vivió y sufrió en carne propia el embrujo de los Ah Pul Yah porque, según cuentan los viejos historiadores y juglares mayas, se encontró en esas ruinas de Uxmal con algo del otro mundo que le causó horas después una enfermedad tan rara como misteriosa que lo acompañó durante su estancia en Yucatán y por el resto de su vida. El erudito vivió con esa obsesión que le causaron los espíritus mayas que habían embrujado su mente y cuerpo cuando perturbó los largos y sagrados siglos del eterno sueño del Mayab.

Frederick, en esas lejanas épocas, hizo su ansiada visita a Uxmal, reino y dominios de los Tutul Xiu, cuya dinastía había construido su imperio tras las elevaciones de la sierra Puuc en una de las ciudades más bellas y poderosas del universo precolombino de América.

Por eso, tanto John Stephens como Catherwood quedaron con los ojos desorbitados cuando por primera vez descubrieron el majestuoso espectáculo de: templos, pirámides, altares y dioses pétreos concebidos por el embrujo maravilloso de los arquitectos, escultores y talladores aborígenes, que bordaron duras y enormes rocas para levantar aquellos edificios de sus “Halach uinices” (gobernadores).

Uxmal, en aquellas épocas, era una ciudad solitaria, abandonada, desde ignotos siglos a milenios, antes sin que hasta hoy se sepa el cómo y el porqué; sin embargo, como decían los indios, estaba embrujada, resguardada por los espíritus de sus creadores, así como pájaros, venados, jabalíes, tigres y aluxes, que en esas épocas se paseaban tranquilamente por sus claustros y plazoletas porque nadie osaba profanarlas.

Y esto era cierto. En Uxmal sucedían cosas raras, tales como escuchar voces, rezos, cantos, romerías, gritos y una música tenue –muy bella– que se escuchaba levemente y a veces retumbaba fuertemente acompañada por el sonoro “tan-tan” del tunkul y del lúgubre sonido del caracol marino. Numerosos indígenas fueron testigos de estos sucesos reales y evidentes, tal y como hasta la fecha suelen acontecer.

John L. Stephens y Catherwood llegaron un medio día de 1839 a la hacienda Uxmal, en cuyas tierras se encontraban los vestigios arqueológicos. Desde el mismo momento en que el dibujante pisó esa milenaria tierra, comenzó a experimentar un extraño hálito que envolvía su cuerpo y mente al grado que, cuando se dirigía por la tarde con sus acompañantes a las ruinas, tuvo que retornar de inmediato porque ya lo dominaba un fuerte escalofrío y un sopor que le impedía caminar. Al anochecer, Stephens regresó de las ruinas, alucinado por lo que había visto, acerca de lo cual platicó con toda emoción a Catherwood, quien despertó al escuchar su voz y pensó que su amigo exageraba fantasiosamente sobre todo lo que había encontrado allá.

Al despuntar el alba al día siguiente, se dirigieron ambos exploradores a la zona arqueológica y grande fue también la admiración y sorpresa de Catherwood, al divisarla por vez primera la altivez y majestuosidad que ofrecían los edificios que ahora conocemos por El Castillo o El Templo del Enano, El Cuadrángulo de las Monjas, El Palomar y otros que por siglos han expresado la magia y el sortilegio de sus constructores.

Los guías que los acompañaban permanecían en esos momentos alejados y a la expectativa de lo que los extranjeros hacían debido a que esos lugares, como hemos dicho, para ellos eran sagrados y tenían miedo de las artes o duendes de edades incalculables que resguardaban el conjunto pétreo y que causaban daño y enfermedad a quienes los perturbaban.

Gran parte de ese día se lo pasaron los dos amigos explorando y admirando cada edificio; motivado y maravillado de ese embrujo milenario, Frederick Catherwood sacó sus lápices y pinceles y se puso a dibujar parte de ese Partenón maya con tal pasión y frenesí debido a que no cesaban de trazar rostros y figuras serpentinas que adornaban muros y esculturas de los frontispicios mayas.

Al atardecer, el pintor descendió alucinado del terraplén del Cuadrángulo de las Monjas y se dirigió a la hacienda, seguido de esa rara dolencia en el cuerpo, recurrente y que parecía acompañada de escalofríos y temblores.

Esa noche transcurrió para él en medio de una fiebre delirante que motivó una seria preocupación en su compañero de viajes, quien incluso pensó en retornar con el enfermo de inmediato a Mérida para procurarle atención médica.

Por fortuna, el nuevo amanecer trajo lucidez, fuerza y tranquilidad en el rostro y cuerpo del pintor, a quien Stephens recomendó ese día que permaneciera recostado en una hamaca. Sin embargo, aquél no hizo caso y como pudo decidió volver a las ruinas, como si algo extraño y muy poderoso requiriera su presencia y atención en el Palacio del Gobernador.

John L. Stephens describe este episodio de la siguiente manera:

“Mientras yo recorría esas ruinas, Mr. Catherwood fue a la “Casa del Gobernador”, cuyo título, según el nombre que le dan los indios, indica que es el principal edificio de la antigua ciudad, la residencia del gobernador o el palacio; su posición es la más magnífica; su arquitectura, la más grandiosa y única que se conserva con más perfección entre todos los edificios que hay en Uxmal.”

En efecto, sin exageración alguna, pocos edificios en el mundo podrán compararse con la extraordinaria belleza de este palacio real que tiene el bordado pétreo más fino y expresivo del arte y labrado precolombino del Mayab, y del cual Frederick Catherwood extrajo los dibujos tan maravillosos que supo arrancarle a la historia y a los siglos en las zonas arqueológicas que visitó, tanto en Uxmal como en Chichén Itzá, Labná, Kabá, Sayil, Mayapán, etc., y que hoy son aún fuentes de primer orden en el repaso histórico de la civilización maya.

Ese día se lo pasó Catherwood más tiempo de lo previsto en el Palacio del Gobernador, dibujando parte del panteón religioso de los artificios mayas expresados en esos frisos y frontispicios precolombinos. No reparó que en las selvas del trópico las sombras de la noche se adelantan a los rayos solares para cubrir con su manto negro el hermoso espectáculo de los artífices mayas, plasmado en el ocaso purpúreo de sus ciudades. De pronto, su sexto sentido le advirtió en forma inconsciente que no estaba solo; sentía la presencia de alguien más, pero no veía ni escuchaba nada que perturbara el silencio de esas soledades. De repente, surgió del viento, polvo y brumas de lejanos siglos, en aquel silencio sepulcral, un séquito de personas mayas de alta jerarquía, distinguidos así por sus primorosos atuendos multicolores, plumas y finos bordados que le cubrían parte de la cabeza y cintura.

En ese instante, semiparalizado de miedo, pero sobreponiéndose, se puso a cavilar en segundos que lo que estaba viendo no podía ser más que producto de su imaginación y cansancio. Se inclinó e intentó recoger sus pinturas y utensilios de trabajo para marcharse, pero no pudo; ante él, los personajes caminaban y bajaban a paso lento y en forma normal y natural las escalinatas del palacio, y su andar era suave y lo hacían a través del viento porque sus pies no tocaban el suelo.

Se detuvieron frente a él, lo miraron con destellos de ira a través de esos rostros que parecían de cera y de color tierra, con la mortecina palidez que distingue el rostro de los muertos en su viaje a otras dimensiones. Todos portaban ese velo del misterio inexpugnable propio de los sepulcros mayas de los que habían surgido.

La luminosidad que emanaba de sus cuerpos los hacía bellos e imponentes, sobre todo con los trajes que el mismo pintor había visto y dibujado horas antes en las estelas y frontispicios de los templos.

Para Catherwood esto era inaudito, pero no había duda: lo que estaba mirando era verdad, allá mismo ante sus ojos estaban esos seres que venían de un lejano pasado para reclamarle por qué había osado despertar y sacar de su eterno y encantado sueño a los espíritus de los dioses. ¿Quién lo autorizó a romper el sortilegio que los poseía? Por este sacrilegio, ¿no debía ser castigado el intruso que había arrancado de su pedestal y altares los rostros venerados de sus creadores que ahora se encontraban inermes en el suelo y ante los pies del extranjero? (Los dibujos que había hecho Catherwood ese día y el anterior yacían, en efecto, junto a los implementos de trabajo del pintor).

Por la afrenta de arrancarle a la eternidad lo prohibido, el castigo era inminente e ineludible, tal como lo escuchó Catherwood de los labios de aquel personaje de mayor rango, a quienes dos de sus acompañantes sahumaban con el aromático copal.

La comunicación que se estaba dando entre esos seres de la otra dimensión del mundo maya no era audible ni de interpelación por Catherwood, sólo escuchaba sin poder articular palabra alguna para responder.

El personaje mayor de la realeza maya continuaba:

–“Nadie quien haya quebrantado el embrujo del sueño de nuestros padres como de sus ciudades y templos será perdonado; ¿acaso, extranjero, no lo padecieron los Francisco de Montejo en su incursión a Yucatán durante la conquista y colonización española?”.

–“¿No fue víctima también Gonzalo Guerrero, que sucumbió bajo el poder de los brujos al enamorarse de una princesa maya, y renunciara a su patria, origen y religión? ¿O Fray Diego de Landa, que por su aberrante y criminal auto de fe en Maní trató de expiar su genocidio histórico escribiendo al final de su vida, arrepentido de todas sus maldades y etnocidio, su hermosa obra: “Relación de las cosas de Yucatán?”.

–“¿Por qué no tú, si viniste para llevarte hacia otros mundos el alma de nuestros dioses que viven sin morir en esos muros y piedras que no tienen edades?”

La voz de los brujos mayas con el extranjero continuaba. –“Tú, iluso, ya no podrás escapar de nuestro embrujo y regresarás; volverás a este santuario devoto de Uxmal a levantar con tu mirada y tu pluma lo que nuestros enemigos han destruido”–.

“Así se enlazará el lejano ayer con el presente para que se dé en el tiempo lo que escribieron y señalaron los profetas que leyeron los misterios de esa figura: dibujadas en las incógnitas de lo que todavía no podrán leer ni interpretar porque no ha llegado su hora ni su tiempo”.

–“Tú, extranjero, vas a volver a este sitio y lo harás sin miedo porque así ha sido la voluntad de los que nos oyen, pero no los vemos porque están ocultos en estos templos, que parecen muertos, pero tienen vida; acá, de estos altares que ves, saldrá la nueva luz que habrá de iluminar nuevamente la grandeza del embrujo del que están investidos los sacros templos del Mayab… Así será cumplida la profecía de los Chilam Balames (sacerdotes)”–.

La voz que se escuchaba calló, pero aún vibraba en su interior a través del viento, y así quedaría grabada por siempre en el espíritu del hombre blanco, que vivió en aquel palacio del gobernador de Uxmal la más extraña e insólita aventura de su existencia.

Segundos después, los personajes mayas desaparecieron tal y como habían surgido de las sombras. Cuando Catherwood recobró nuevamente su estabilidad emocional, sólo pudo ver pequeñas columnas de humo con rostros humanos que se perdieron en el manto obscuro de la noche que se avecinaba con más prisa y negrura.

Catherwood nunca supo cómo descendió del alto terraplén de aquel palacio del gobernador hasta que, al cruzar por la amplia explanada del Templo del Adivino, se encontró con los que ya iban por él.

Esa noche Catherwood no hablaba, parecía un hombre sonámbulo y así se la pasó el resto de esa madrugada, repasando mentalmente el inexplicable suceso que había padecido y sufrido horas antes en el palacio del gobernador, mismo al que no encontraba ninguna explicación lógica ni razonada.

Sin embargo, de esta real y verídica experiencia vivida en la majestuosa zona arqueológica de Uxmal, Catherwood jamás habló ni mucho menos comentó nada con sus compañeros de viaje; y si se supo meses después, fue gracias a la versión de dos indígenas de la ex hacienda de Mucuyché ,que la escucharon de sus labios delirantes, cuando lo cuidaban y velaban con pócimas de hierbas medicinales durante sus fuertes accesos de fiebre y tos que le hacían temblar y sacudir todo su cuerpo, como si estuviese poseído de un embrujo, como efectiva y ciertamente lo estaba.

Esa misma madrugada, debido a la gravedad de su salud, fue trasladado con urgencia a la ciudad de Mérida. Viajó poco más de 24 horas sobre los hombros de decenas de indios que lo transportaban en koh’che con el fin de que allá fuera atendido clínicamente.

Días después, él y John Stephens se embarcaron con destino a Nueva York, llevándose el embrujo de las ciudades mayas que habían visitado.

Un año después, regresaron nuevamente a Uxmal y escogieron precisamente como posada durante su larga estancia en el Puuc el vetusto palacio del gobernador, donde permanecieron todos los días que duró su estancia de estudio, investigación, exploración y captación de dibujos en esta zona arqueológica, sin que el ilustre dibujante recordara con miedo el episodio de su encuentro con aquellos personajes del pasado que vinieron de otro mundo “para advertir del castigo que recibirían aquellos que osaran profanar los recintos sagrados de sus dioses.”

Insistimos, los indígenas de esta península yucateca saben que antes de entrar a esas ciudades precolombinas se tiene que pedir permiso a sus dioses con ofrendas, para no ser castigados al penetrar en ellos.

Allá existe y se viven en cada uno de sus templos experiencias misteriosas bajo el embrujo de tan ignota civilización que no fue creada por hombres, sino por dioses.

Como colofón, diremos que tanto John Stephens como el doctor Cabot, compañero de Catherwood en Uxmal, quienes convivieron con él en el palacio del gobernador, también sufrieron fiebres, calenturas y delirios, como si los brujos mayas corroboraran los castigos a los extraños por interrumpir su sagrado reposo milenario.

Catorce años después, Frederick Catherwood, el más ilustre y exquisito pintor que llevó al mundo sus inigualables dibujos sobre el esplendoroso mundo de la civilización maya, muere trágicamente ahogado al hundirse el barco “Artic”, cuando se dirigía en su viaje de Liverpool a Nueva York, ya próximo a llegar a Terranova, un viernes de septiembre de 1854.

¿Había sido esa su trágica muerte obra del embrujo maya?

Créase o no, lo cierto es que Frederick Catherwood quedó inmerso en el encanto infinito de ese embrujo que vivió en Uxmal, donde extrajo los más bellos como incomparables dibujos y obras arquitectónicas del arte maya. La pasión y el misterio que envolvió su vida lo acompañaron hasta el final en esa trágica muerte, no sin antes legarnos, con toda autenticidad, los tronos y pórticos fieles donde reinaron en el Mayab no hombres, repetimos, sino dioses, tal y como hemos señalado anteriormente.

Gaspar Antonio Xiu Cachón

Continuará la próxima semana…

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