Visitas: 3

XVIII
Trofeos que dejó la tempestad
4. Habla el mar
Yo soy el mar que alza
el monólogo del hombre
y suspendo mi globo de peces y milagros
cuando la rosa avanza y se deshoja
en mis labios de sal. Cincelo el canto.
Los astros navegan en mi voz…
Empujo al sol y él abre su camino
sobre la hosca enramada de la sombra.
Traigo y atraigo barcos, y ciudades,
ciertas aves, planetas…
Destruyo y formo el mundo.
Doy ángeles y bestias de mar a los poemas.
Inspiro: dicto el fuego.
Hago llover doncellas o palabras esbeltas.
Deshago a manotazos la tempestad y suelto
peces y alondras hacia el agua del día.
Busco a mis hijos desde aquel litoral
que desató mi cabellera de resplandores
sobre la fortaleza amarga del misterio.
Muevo mi alfarería de montañas,
de pájaros y bosques.
Sublevo los climas, las playas,
las lenguas, las banderas
de aquellos altos, tristes, bellos,
-también desamparados de su nombre-
pueblos resplandecientes.
Un día reducidos a las turbias
alquimias de lo humano salvaje:
No pudieron ser dioses.
No supieron ser hombres.
Esos pueblos se agitan
en los furtivos rostros
de mi oleaje,
en las nubes que pasan
y en las praderas
de silencio y prodigios
que en mis abismos
y en tu sueño fulguran.
Esos pueblos levantan
mi escritura de olas.
Claman, sueñan, lloran,
suenan, hablan, cuentan
lo que olvidan las piedras
lo que olvidan los hombres
lo que saben las algas
y la luz de la tierra.
Recuerda:
Soy el mar
que retorna
de ola en ola.
Y te advierte:
Para Vivir
en mi
revuelta
patria,
hijo mío,
hay que tener
agallas.
Me amarás:
Soy tu espejo.
Mira en mis aguas
los rostros
de tu alma.
Me amarás: Soy el mar.
Raúl Cáceres Carenzo
Continuará la próxima semana…





























