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Gustav Mahler tenía muy clara cuál sería su visión artística. Su célebre frase: “La sinfonía debe ser como el mundo: debe abarcarlo todo”, fue una auténtica declaración de principios.
Como Mozart, desde muy pequeño Gustav demostró su talento musical. Antes de leer, a los 4 años comenzó a tocar un viejo piano abandonado en casa de sus abuelos, sin que nadie le enseñara. Sus padres, judíos en un mundo germano, quedaron sorprendidos y decidieron iniciar su enseñanza formal con tan solo 5 años. Un año después ya había compuesto un lied y una polka, con una marcha fúnebre como introducción.
De niño, cuando descubrí la música docta, quedé fascinado. En plena preadolescencia comencé a adquirir álbumes de compositores como Mozart, Beethoven, Tchaikovski, Brahms, Vivaldi. Por alguna razón no descubrí a Mahler hasta que cumplí la mayoría de edad, a los 18 años.
Recuerdo que, en una revista Selecciones, pude leer la admiración profunda que despertó entre muchos otros compositores como Arnold Schoenberg, Dmitri Shostakovich y Benjamín Britten, siendo considerado un puente esencial entre el romanticismo, la modernidad y la vanguardia del siglo XX.
Escuché sus primeras obras y quedé fascinado. Estaba lejos de entender entonces que Gustav Mahler era por derecho propio una de las figuras más trascendentes de la historia de la Música. Simplemente escuchaba sus creaciones mientras dibujaba o pintaba, las disfrutaba, me inspiraban y me hacían sentir contento. Ahora sé muy bien que su legado no solo se sostiene por la monumentalidad de sus sinfonías y ciclo de canciones, sino también por la profunda carga filosófica y emocional de su obra.
Otro aspecto que me impresionó sobre él fue que, durante la Segunda Guerra Mundial, sus obras fueron prohibidas por el régimen nazi en gran parte de Europa.
Como persona, Mahler fue muy peculiar; mezclaba géneros musicales en sus creaciones, no le gustaba explicar su trabajo, prefería que la gente interactuara con ella, prohibía los aplausos a la mitad de sus presentaciones, fue muy enamoradizo, tuvo algunas relaciones prohibidas, amaba y vivía intensamente. Resulta paradójica su obsesión con el concepto de la muerte; compuso varias marchas fúnebres. Sus preguntas recurrentes eran ¿qué sentido tiene la vida? ¿cómo enfrentamos la muerte?, ¿es posible la trascendencia? Quizá por ello su música no ofrece respuestas sencillas, transforma esas inquietudes en experiencias sonoras de enorme intensidad.
También le gustaba interpretar versiones de Mozart, recuperando la transparencia y la naturaleza que habían enterrado entre capas de grandilocuencia.
Estudió y triunfó en Austria, donde fue Director de la Ópera de la Corte de Viena siendo judío, cuando las normas de aquellos años exigían que quien ocupara ese cargo fuera católico.
Más allá de su intensa existencia personal, Mahler llevó la sinfonía a dimensiones inéditas. Sus obras eran vastos viajes sonoros que combinan episodios íntimos y delicados, marchas militares, canciones populares, corales solemnes y explosiones orquestales monumentales.
Cada una de sus 10 sinfonías (la décima quedó inconclusa), explora temas universales sobre la vida, la muerte, la naturaleza, el amor, la angustia y la búsqueda espiritual. Estaba convencido que el público del futuro comprendería su música, y así sucedió.

Mahler revolucionó la composición de varias maneras, iniciando con la orquestación monumental, utilizando enormes orquestas y una paleta tímbrica extraordinaria, con combinaciones sonoras innovadoras. A esto se sumaba su profundidad emocional, con obras que oscilan entre la ironía, la ternura, el terror y el éxtasis (Sí: estaba medio loco), además de integrar voz y sinfonía, incorporando solistas y coros en obras como la “Sinfonía No. 2 Resurrección”, la “Sinfonía No. 3”, y la “Sinfonía No. 8 Sinfonía de mil”. Además, integró melodías inspiradas en cancones folclóricas y en sus propios lieder.
Todo su trabajo es excelente. Si debemos seleccionar algunas para despertar su interés, recomiendo escuchar la ‘Symphony No. 2 ‘Resurrection’’, ‘Symphony No. 5 (famosa por el “Adagietto”)’, ‘Symphony No. 9’, “Das Lied von der Erde”, y “Kindertotenlieder”.
Otro aspecto por destacar fue su labor como director de orquesta, convirtiéndose en uno de los más importantes de su época, transformando la Vienna State Opera en una institución de referencia mundial. Posteriormente, dirigió la New York Philarmonic. Su perfeccionismo elevó los estándares interpretativos y escénicos de la música sinfónica y operística.
Su influencia en la música del siglo XX es evidente en el expresionismo de Arnold Schoenberg, las grandes sinfonías de Dmitri Shostakovich, el lirismo de Matthew Britten, la música cinematográfica de compositores como John Williams y Howard Shore.
Los eruditos en música clásica dicen con razón que el legado de Gustav Mahler consiste en haber expandido la sinfonía hasta convertirla en un espejo de la condición humana. Su obra continúa emocionando a oyentes de todo el mundo más de un siglo después de su muerte, ocurrida el 18 de mayo de 1911.

https://www.youtube.com/watch?v=SY301g42vO8
RICARDO PAT





























