Inicio Nuestras Raíces La cuenta de las bujías

La cuenta de las bujías

7
0

Visitas: 0

Comentando el cable

Juan Ignacio Pombo

Carlos Duarte Moreno

(Especial para el Diario del Sureste)

El diputado español Joaquín Pérez Madrigal, según un cable del servicio de prensa, acaba de publicar un artículo en el periódico ABC de Madrid confiando las dificultades económicas que casi frustran el vuelo de Pombo, el valeroso y entusiasta aviador hispano que vio interrumpida su hazaña de llegar a México.

De este modo venimos en conocimiento de que el avión que acaba de destrozarse lo obtuvo el aviador a crédito, de una compañía inglesa; de que estuvo a punto de no partir debido a que la Dirección General de Seguridad no le había dado autorización y, esto es de trascendencia, a que no había pagado unas bujías, cuya cuenta se le presentó en el momento de partir, precisamente cuando ni él ni su padre tenían dinero para pagar… ¡Y sin embargo –como dice Pérez Madrigal– el héroe partió solo, sin romper su silencio, sin perder su aspecto de niño bueno y triste, como temeroso de ofender a los demás!

¡Qué hondas y amargas reflexiones sugiere la consideración del caso! ¡Qué ola de hiel sube, del corazón a la boca, y hace que los puños del coraje se levanten!

¡Comercio… comercio… nada más que comercio! ¿Y la hazaña por verificar? ¿Y esa vida que iba a ofrecerse al empuje de la civilización para marcar de nuevo los caminos en el aire? ¿Y ese muchacho perseverante, casi resignado, con una estrella en la frente, pensando en la realización de su sueño? ¿Y ese padre anciano y tembloroso de ansiedad, siguiendo con el alma los preparativos del hijo, lleno de orgullo y de miedo –el orgullo del retoño y el miedo a la acción por realizarse–, esperando el momento de la partida y sintiendo que con las evoluciones del motor se acrecentaban los latidos de su pecho, y que con el avión iba a desprenderse de la tierra su corazón perfumado de ternura? Nada de esto vale para muchos guarismos andantes que se llaman hombres.

–¡Tenga usted la bondad de pagarme las bujías!

Reconstituyo la escena en mi imaginación. Pombo habrá vuelto la cabeza para encontrar a un hombre que le alargaba una cuenta. ¡Qué desplome de alma para el espíritu que se prepara para el salto que burle el océano, el valle, la montaña! ¡Y luego la tristeza, la inmensa tristeza de no tener dinero para pagar! ¡Y la mirada del hijo que se cruza con la mirada del padre! ¡Y una cosa que llora dentro del alma, que se encrespa, que se acurruca, que hierve, que se aduerme…!

Partió al fin el nuevo Ícaro. Se elevó menos que los sueños de su corazón, menos que la esperanza y el deseo del padre tembloroso, porque la muerte envidiosa no saliese al encuentro del hijo héroe. El acreedor de las bujías es probable que hubiese abandonado el campo mascullando improperios y escupiendo diluvios contra el aviador, mal hombre que sin contar con dineros para pagar se atrevió a pedir unas bujías… Sí, reconstituyo la escena en mi imaginación… Y luego, el mundo comercial del rumbo que se entera por boca del cobrador que vuelve con su cuenta sin pagar.

–¡El canalla ese que se ha marchado sin pagarme las bujías! ¡Y luego, allá unos periodistas y unas gentes que lo andan alabando!

Gente del camino nos sale al paso a cada instante. Por todos lados van y vienen aventureros del vivir. Nada valen para ellos glorias ni hazañas si han de obligar a la consideración, si exigen como compensación humana un poquito siquiera de retribución en cualquier orden. Descolgados de un tiempo de rapiña en que el alma no existe, todo lo reducen a números, a monedas, a comida. La ciencia y el arte constituyen para ellos formas de locura. Son, efectivamente, los exprimidores y verdaderos ladrones del esfuerzo humano. A un hombre que ha luchado por los grandes principios, que se ha sacrificado por la Verdad, por el Bien, por la Belleza, lo tratarán lo mismo que al abúlico, que al zángano, que al verdadero forajido social. Probablemente peor. Son incapaces de empujar un anhelo, de ayudar a una tentativa laudable, de poner su ayuda en la escarcela peregrina que tienden los visionarios a fin de que puedan realizar un vuelo, descubrir un suero, perfeccionar un invento, cincelar una estatua, pintar un cuadro, escribir un libro. Pero cuando triunfa aquel a quien negaron ayuda, cuando se convierte en victoria el sueño que pasó junto a ellos, entonces adornan las fachadas de sus casas para recibir a los héroes, aducen su amistad, gritan que son vecinos suyos y que han convivido con ellos…

¡Miseria de la vida en la bandeja brillosa de la sociedad! ¡Miseria como otras muchas miserias humanas, hecha de trompas de marranos, de picos de buitres y de garras de lobos!

Mérida, Yucatán.

 

Diario del Sureste. Mérida, 4 de junio de 1935, p. 3.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.