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Raúl Cáceres Carenzo
I
A veces
un relámpago
…o un verso
(Altas hondas ciudades).
La gente, tu sonrisa
abierta para siempre, detenida.
Otros rostros, espejos
Apagas tus oídos.
Ya no te duele el mundo.
Nada esperas,
Nada sucede, duermes
pero a veces
un golpe, tus heridas.
El sol que huye de ti.
Te crucifican
te escupen, te patean
te matan en Vietnam
o dicen:
El poema
debe callar, soñar
ser otra cosa.
II
No nos queda otra cosa
Ven a encender tus labios
Arde conmigo, habla
…o calla para siempre.
Sólo está vivo el polvo
y nuestro siglo suena
y está lleno
de la ausencia de Dios.
Mira la sangre, mira
cómo gotean banderas
Mira el polvo
y mira el aire, el tiempo
el silencio también
y el movimiento mismo
del vacío.
III
El aire, la inminencia
y entonces
la mirada de Dios.
Un relámpago, un verso
…Cae el instante
en ruinas
Y te duermes
cuando tu polvo ya
vence a tu polvo.
Y el verso, los relámpagos
Las palabras de Dios
Esta metralla.
IV
Mi boca dice el polvo:
Música sola, arde
proclama la ceniza.
¡Ah, palabra! Sepúltame
La mirada de Dios
no se soporta
¡Desándame! ¡Pronúnciame!
Di la cifra, el conjuro
que destrence en el aire
la voluntad de ritmos
de mi oculta escultura.
V
Paguemos con la sangre
–el tiempo dividido
De habitar los poemas.
VI
Toda la noche vimos las miradas
y al polvo como al fuego
crecer, llenar la noche
de hogueras y desastres.
VII
No nos queda otra cosa:
Hay que decir la noche
y anochecer también.
Dime: ¡Ya basta!
porque conozco poco y necesito
transportar con mi cuerpo
tus palabras.
VIII
Aquí –página en blanco–
dibujemos
la anticipada muerte
de los hombres.
IX
Cuando los hombres nazcan
borrarán con su sombra
las palabras.
México, D. F., 1969.
Diario del Sureste. Mérida. Suplemento cultural, año XVI, número 800, 18 de mayo, p. 4.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























