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Rita Cetina Gutiérrez
¡Cuán grandes y misteriosos arcanos encierra en sí esta sola palabra: madre!
¿Qué podrá compararse en la tierra por más bello y sublime que parezca? Nada.
Ella lo lleva todo consigo. Amor, sufrimiento, resignación, heroísmo.
Ved una mujer rodeada de siete u ocho niños. Todos son hijos suyos. Acercaos a ella; preguntadle a cuál da la preferencia su amor, y os responderá sonriendo cariñosamente: “A todos los amo como si fueran uno solo.”
¿Queréis el amor en toda su pureza, en toda su ternura y sublimidad? Fijad la vista en vuestra madre. Ella sola en vuestros cortos momentos de felicidad gozará con vuestra dicha. En vuestras largas horas de dolor y de infortunio, depositando sobre vuestra frente un beso, puro como el aliento de los ángeles: si no puede consolaros llorará con vosotros.
“Así como Dios ha puesto en el alma del hombre una chispa de inteligencia, de la misma manera ha puesto en el corazón de la madre un relámpago de su amor.”
Para ella no hay imposibles en el mundo cuando se trata de sus hijos.
Mirad si no, aquella infeliz extenuada por la miseria, trabajando sin descanso todo el día y parte de la noche.
Su semblante pálido, sus ojos hundidos, sus manos temblorosas, indican que una dolencia terrible la consume.
¡Desgraciada! Está tan enferma que la muerte sería un bien para ella. Sin embargo, la idea de la muerte la asusta.
Si muere, ¿qué será de sus hijos? ¿Quién les dará pan cuando tengan hambre? ¿Quién, cuando lloren, enjugará sus lágrimas?
Este solo pensamiento la reanima. Adquiere más fuerzas, más animación y trabaja con más ahínco todavía.
El sol vuelva a encontrarla donde la dejó el día anterior.
Y a pesar de tanto dolor, de tanto sufrimiento, tiene para sus hijos sonrisas de ternura, palabras de amor y de cariño.
Ella no conoce los peligros, arrostra con valor y serenidad cualquiera de ellos por salvar a su hijo.
Cuéntase de una mujer a quien un león al pasar le arrebató a su hijo. Advierte la falta del niño, sale desesperada y ve que la fiera se lo lleva. Corre despavorida, se arrodilla ante ella y mesándose los cabellos con desesperación le dice: “por Dios, devuélveme a mi hijo.”
La fiera retrocede azorada a la vista de tanto dolor y deposita al niño a los pies de su madre sin hacerle daño.
Sólo una madre es capaz de tanto heroísmo, de tanta abnegación.
Pedid a una mujer el sacrificio más grande por su hijo, con la conformidad y la resignación de un mártir se prestará a él, sin que sus labios murmuren una queja.
“El amor de una madre es una inmensidad en donde el mismo corazón de la mujer se pierde.”
¡Cuán dichosos son los que tienen madre!
Los huérfanos deben ser muy desgraciados. Ellos no tienen una mano cariñosa que acaricie su frente.
¡La madre…! Después de Dios, ella solamente sabe comprender el amor.
Todo en el mundo es efímero, pasajero. Sólo el amor de una madre es inmenso e inextinguible como la eternidad.
La Siempreviva. Revista Quincenal. Órgano Oficial de la Sociedad de su Nombre. Bellas Artes Ilustración Recreo Caridad. Redactada Exclusivamente por Señoras y Señoritas. Año I, núm. 5. Mérida, 4 de julio de 1870, pp. 2-3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























