Viajes a Yucatán – VII

By on abril 29, 2021

VII

PRIMER VIAJE A YUCATÁN

(1839)

Continuación…

«He concluido ya la exploración de las ruinas, y tal vez el lector debe estar contento de que nuestros trabajos hayan llegado intempestivamente a su término (mis editores sí lo están ciertamente): pero yo le aseguro que hallo en mi conciencia que he debido ser más explícito, y que sólo por consideraciones he sido demasiado breve. En efecto, yo he perdido seguramente la mejor probabilidad que pueda presentarse a un autor para que deje a su lector de qué acordarse. No haré mención de otras ruinas de que oímos hablar en otras plazas remotas; y no hay duda que podíamos pasar un año muy interesante en Yucatán. El campo de las antigüedades americanas está plenamente descubierto; pero por ahora he concluido. Podía partir de una vez dejando al lector que anduviese errante solo a través del laberinto misterioso que rodea estas ciudades arruinadas; pero sería una cobardía verificarlo, sin echar por un momento una ojeada hacia esta importante cuestión. ¿Qué pueblo edificó estas ciudades?

«Desde que fueron descubiertas, una nube oscura las oculta, en dos particulares sobre todo. El primero es relativo a la inmensa dificultad y peligro, trabajos y gastos que se necesitan para visitarlas y examinarlas. Mi objeto ha sido despejar esta nube; y de estas páginas aparecerá que en todo eso ha habido grande exageración; y que, respecto del Palenque y Uxmal, por lo menos, únicas ciudades de que el público tenía conocimiento anterior, no hay dificultad ninguna en llegar a ellas, ni peligro en explorarlas.

«El segundo particular es relativo a la antigüedad de estos edificios; pero en este punto la nube es más densa, y no es muy fácil disiparla.

«No recapitularé aquí las diversas teorías que se han suscitado con tal motivo; pero de ellas acaso la más irracional es la del Capitán Dupaix quien da a las ruinas del Palenque un origen antediluviano. Por desgracia suya presenta la razón que tiene para ello y que consiste, según él, en la acumulación de tierra sobre las figuras que se ven en el patio del palacio. Su visita fue treinta años anterior a la nuestra; y aunque el Capitán despejó a las figuras de aquella tierra acumulada, sin embargo, la acumulación de ella es probable que fuese tan grande como lo era cuando nosotros estuvimos. Por lo menos, según su propia explicación, las figuras no estaban enteramente sepultadas. Yo conservo un recuerdo muy distinto del estado y condición de estos monumentos, y no tengo escrúpulo en decir que, aun estando enteramente sepultados, un irlandés solo, pertrechado del arma nacional que ha hecho tan buenos servicios en la formación de nuestros canales, sería capaz en solas tres horas de remover el conjunto de este depósito antediluviano. No seguiré los eruditos comentarios a que ha dado lugar la teoría de Capitán Dupaix, y sólo notaré que toda su erudición se ha empleado sobre datos insuficientes e incorrectos, o mejor dicho, sobre una preocupación en el modo de presentar los hechos. Sin embargo, colocándonos nosotros en la misma categoría de los que han suministrado esos datos para beneficio de los exploradores y escritores que puedan sucedernos en la obra, reduciré la cuestión a un terreno suficientemente amplio para seguirla analizando; es decir, haré una comparación de estas ruinas con las ruinas arquitecturales y esculturadas de otros pueblos y otras edades.

«Digo, pues, que esas ruinas no son ciclópeas ni se parecen a las obras griegas y romanas, ni existe en toda la Europa algo semejante a ellas. Fijémonos ahora en Asia y África.

«Se ha supuesto por algunos que en diversas épocas los buques del Japón y de la China habían visitado las costas occidentales de la América. La civilización, cultura y ciencia de esas naciones se refieren a una antigüedad prodigiosa. Yo creo que del Japón se han publicado varios relatos y dibujos, pero no he podido haberlos a las manos. Respecto de la China, durante su larga historia, el interior del país ha sido tan completamente cerrado a todos los extranjeros, que no conocemos nada de su antigua arquitectura. Tal vez esté muy próximo el tiempo en que ha de cesar esta exclusión, abriéndose la puerta a los extranjeros; mas al presente sólo sabemos que ha sido un pueblo nada propenso a cambios ni variaciones; y si su antigua arquitectura es la misma que la moderna, es preciso afirmar que no tiene ninguna semejanza con la de aquellas ciudades arruinadas.

«Los monumentos de la India han venido a sernos harto familiares. Las ruinas de la arquitectura del Indostán representan excavaciones inmensas en las rocas, bien del todo artificiales o bien practicadas de manera que se diese más amplitud a las cavernas naturales, soportándolas en el frente con grandes columnas talladas en la misma roca, mientras que el interior aparece oscuro y sombrío.

Ahora bien, entre todas las ruinas americanas no existe una sola excavación. La superficie del país, que abunda en cuestas y laderas, parecía invitar a ello; pero todo lo contrario, en vez de ser subterráneas estas construcciones, lo más característico de ellas es, que los edificios se hallan colocados en empinadas elevaciones artificiales; y apenas puede suponerse que un pueblo que emigra a un país nuevo, con aquel fuerte impulso natural de perpetuar y retener a su vista los recuerdos de la patria, hubiese obrado de una manera tan diametralmente opuesta a la manera con que obran la asociaciones nacionales y religiosas.

«También respecto de la escultura, el Indostán difiere enteramente de la América. Los objetos son mucho más horribles, siendo por lo común representaciones de seres humanos destrozados, disformes y contranaturales, muy a menudo con muchas cabezas, o con tres o cuatro brazos y piernas adaptadas a un solo cuerpo.

«Pasemos finalmente a los egipcios. El gran punto de semejanza que se ha creído encontrar consiste en las pirámides. La forma piramidal en todos los países fue sugerida a la inteligencia humana, como la forma más simple y segura de erigir una elevada estructura sobre un fundamento sólido. No puede por tanto considerársele como una razón suficiente para atribuir un origen común a todos los pueblos, entre los cuales se encuentran estructuras de este género, a menos que la semejanza exista en sus más característicos rasgos. Las pirámides de Egipto son peculiares y uniformes y han sido erigidas invariablemente para el mismo uso y objeto, tanto como ese uso y objeto son ahora conocidos. Todas ellas son cuadradas en la base, con escalones que se levantan y van disminuyendo hasta llegar a un punto. La construcción que más se aproxima a ésta se encuentra en Copán; pero ni aún en ese sitio hay ahora una pirámide sola y aislada, ninguna con sus cuatro lados completos, sino únicamente con dos o tres a lo más, y con el objeto de formar parte de otras estructuras. Todas las demás, sin una sola excepción, son altas elevaciones con los lados tan derruidos, que no pudimos delinear su forma: que, tal vez, estaban meramente amuralladas alrededor, y que tenían escalinatas al frente y por detrás, como en Uxmal, o terrazas o más bien plataformas de tierra, de tres o cuatro hileras a lo sumo, sin forma precisa, pero nunca cuadrada, y con pequeños ramales de escaleras en el centro. Además las pirámides de Egipto, es bien sabido que tienen cámaras interiores, destinadas y usadas como sepulcros, por más que también hayan sido destinadas a otros usos. Estas, por el contrario, son sólidas de tierra y piedras: ninguna cámara interior se ha descubierto en ellas, y es probable que ninguna exista. Y la diferencia más radical de todas es, que las pirámides de Egipto están completas en sí mismas; mientras que las estructuras de este país fueron erigidas únicamente para servir de fundamento a otros edificios. No hay una sola pirámide en Egipto sobre la cual se vea un templo o un palacio: no hay una sola en este país sin esa circunstancia; al menos ninguna de cuya condición actual pueda formarse un juicio acertado.

«Pero hay otra consideración que debe tenerse por concluyente en el asunto. Las pirámides de Egipto, como las hemos considerado y como existen actualmente, difieren mucho de las primitivas construcciones. Heródoto dice que en su tiempo la gran pirámide estaba revestida de piedra, de manera que presentaba una superficie lisa por todos sus costados, desde la base hasta la cúspide. La segunda pirámide de Ghizeh, llamada la pirámide de Cephrenes, en su actual condición, presenta en su parte inferior algunas líneas de escalones, con una acumulación de piedras angulares hacia base, que originariamente llenaban los intersticios, pero que han caído ya. En la parte superior las capas intermediarias se conservan aún en su sitio, y los costados presentan una superficie lisa hasta la cúspide. No hay duda que, al principio, todas las pirámides de Egipto fueron construidas con los costados perfectamente llanos, y que los escalones no formaban parte del plan de la obra. En tal estado únicamente deben ser consideradas, y en tal estado cesa toda semejanza posible entre ellas y las llamadas pirámides de América.

«Después de las pirámides, los restos más antiguos de la arquitectura egipcia, tal como el templo de Absamboul en la Nubia, no son más que excavaciones en la roca, lo mismo que las del Indostán, por lo cual se ha supuesto alguna vez que los egipcios habían derivado su estilo de aquel pueblo. En tiempos posteriores comenzaron a erigir sus templos sobre la tierra, reteniendo sin embargo, los mismos caracteres de sombría grandeza, y siendo todavía notables por su amplitud y por la solidez de la piedra empleada en sus construcciones. No aparece que tal haya sido el objeto que se propusieron los constructores americanos. Entre todas estas ruinas no he visto una sola piedra digna de figurar en las espesas murallas de un templo egipcio.

«Los únicos tajos mayores de piedra que pueden citarse, son los ídolos u obeliscos, como se les ha llamado, de Copán y Quiriguá; pero en Egipto, muchas piedras tan grandes como esas se elevan de las murallas hasta una altura de veinte o treinta pies, mientras que los obeliscos que aparecen como adornos en las puertas, formados de una sola piedra, descuellan hasta la altura de ocho a nueve pies, y de tal suerte predominan con su grandeza, que si son imitaciones las que aquí vemos, son las más débiles que hayan podido intentarse por hombres que aspiraban a ello.

«Todavía más: las columnas forman un rasgo distintivo de la arquitectura egipcia, columnas grandes y macizas que, descollando aún sobre los arenales, asombran hoy día al viajero que visita aquel país misterioso. No hay un solo templo junto al Nilo sin ellas, y el lector debe tener presente, que entre todas las ruinas americanas no se ha hallado una sola columna. Si esta arquitectura, pues, se hubiese derivado de la egipcia, a buen seguro que se hubiese dejado a un lado este rasgo tan importante y característico. De los dromos, los pronaos y el adytum, todo ello tan usual en los templos egipcios, no se encuentra un solo vestigio.

«Pasemos a la escultura. La idea de semejanza en este particular se ha expresado tan a menudo y con tal confianza, y los dibujos que aparecen en estas páginas han debido producir también la misma impresión, que casi me encuentro vacilante al declarar la falta absoluta de esa semejanza. Cuáles sean estas diferencias, no me atreveré a establecerlas; pero el lector puede hacer la comparación en las dos planchas relativas al asunto que he presentado en mi obra. El objeto de la una es representar el gran monumento de Tebas llamado el templo de Memnon; y el de la otra, la parte superior del obelisco caído de Carnac; y al hacer la comparación no encuentro absolutamente semejanza ninguna con las otras esculturas, de que he dado algunas muestras en otras partes de mi libro.

«No hay por consiguiente semejanza alguna entre estas ruinas y las de los egipcios, y no hallándola aquí, en vano la buscaríamos en otra parte. Estas ruinas americanas difieren de las obras de cualquier otro pueblo conocido: son de un orden nuevo y enteramente anómalo. Son únicas en su especie.

«Llamo especialmente la atención, hacia esta materia, de todos los inteligentes en las artes de cualquier país que ellos sean, porque, si por ventura yo no voy descaminado, nosotros tenemos que sacar de esos hechos una conclusión todavía más interesante y admirable, que la de hallar el lazo que une a los constructores de estas ciudades con los constructores de las ciudades egipcias, o de cualesquiera otras de la tierra. Tal es el espectáculo de un pueblo inteligente en la arquitectura, escultura, dibujo y otras artes menores, poseyendo el refinamiento y cultura que son consiguientes a aquel estado de adelanto, no derivado del Antiguo Mundo, sino natural y originario, sin modelos, sin maestros, con una existencia distinta, separada e independiente: indígena, lo mismo que las plantas y frutos de la tierra.

«No intentaré averiguar cuál sea el origen de este pueblo, de qué país haya venido, cuándo ni cómo: voy a limitarme a sus obras y a las ruinas.

«Me inclino a pensar, que no existe fundamento suficiente para creer en la grande antigüedad que se ha atribuido a estas ruinas, ni que ellas sean obra de un pueblo que ha desaparecido y cuya historia desconocemos. Al contrario, por más opuesto que sea este juicio a todas las teorías que hay en el particular, yo tengo para mí que esas obras han sido construidas por las mismas razas que ocupaban el país al tiempo de la conquista de los españoles, o por algunos de sus progenitores no muy remotos.

«Esta opinión se funda, primeramente, en la apariencia y condición de las ruinas mismas. El clima y el exuberante lujo de la vegetación son los medios más destructores que allí existen. La mitad del año están expuestos esos materiales a los diluvios de los trópicos; y con los árboles que crecen frondosamente en los pórticos y en los techos de los edificios, parece imposible que ninguno de éstos se mantenga en pie, después del transcurso de dos o tres siglos.

«La existencia de vigas de madera, que en Uxmal aparecen en un perfecto estado de preservación, ratifica este juicio. La duración de las maderas depende no sólo de su calidad, sino de hallarse más o menos expuestas a la intemperie. Cierto es que en Egipto se han descubierto piezas de madera, de dos o tres mil años de antigüedad, en un estado completamente sano y perfecto; pero ni aun en aquel clima seco se han encontrado jamás en una situación enteramente expuesta a la intemperie. Esas piezas han sido algunos féretros hallados en las tumbas, en los sepulcros de las momias en Tebas, o algunas abrazaderas para juntar una piedra con otra, y siempre completamente substraídas de la influencia directa del aire atmosférico.

«Además de eso, mi opinión se funda en los relatos históricos. Herrera, que es acaso de los historiadores españoles el más fidedigno, dice hablando de Yucatán: Todo el país está dividido en dieciocho distritos, y en todos ellos hay tantas y tan principales fábricas de piedra, que era de admirar; y lo más maravilloso es, que sin hacer uso de ningún metal pudieron levantar tales fábricas, que parecen haber sido templos, porque sus casas son siempre de madera y techadas de paja. En estos edificios había esculpidas muchas figuras de hombres desnudos, con zarcillos al estilo de los indios, ídolos de todas suertes, leones, vasos, jarros, etc.” Y más adelante añade. “Después de la partida de estos señores, por el espacio de veinte años hubo tal gentío en el país y se multiplicó tanto el pueblo, que los antiguos decían que toda la provincia parecía una sola ciudad, y que entonces se dedicaron a construir más templos, lo cual produjo tan grande número de ellos”.

«Acerca de los naturales, se expresa en estos términos. Aplastaban sus cabezas y frentes, y se adornaban con pendientes las orejas. Sus caras eran por lo general buenas y no muy prietas; pero sin barbas, porque se las quemaban cuando jóvenes, a fin de que no les creciesen. Llevaban el cabello largo como las mujeres, y en trenzas, con las cuales se formaban una guirnalda alrededor de la cabeza, colgándoles una pequeña cola por detrás. Los principales, en lugar de gregüescos, gastaban refajos de ocho dedos de ancho dando varias vueltas, de suerte que una punta colgase por delante y otra por detrás, con labores de plumas muy delicadas, y también grandes mantas cuadradas anudadas sobre los hombros, y sandalias y cacles de piel de venado”. El lector casi ve aquí, en las cabezas aplastadas y en el traje de los nativos, una fiel pintura de las figuras esculpidas y de estuco que hay en el Palenque, que a pesar de hallarse en la actualidad fuera de los límites territoriales de Yucatán, acaso formó antes parte de esta provincia.

«Además de la luminosa y familiar descripción que ha dado Cortés del esplendor que ostentaban los edificios de México, tengo a la mano la autoridad de un solo testigo ocular. Tal es la de Bernal Díaz del Castillo, soldado y participante en todas las expediciones relativas a la conquista de México.

«Comenzando por la primera expedición dice lo siguiente: “Al acercarnos a Yucatán percibimos un gran pueblo, distante como dos leguas de la costa, que por su tamaño, mayor que cualquier otro de la isla de Cuba, llamamos Gran Cairo”. Invitados por el jefe, que se presentó en una canoa, los españoles fueron a tierra y comenzaron a dirigirse al pueblo; pero en el camino cayeron en una emboscada dispuesta por los indios, dado que éstos fueron rechazados con una pérdida de quince muertos”. Cerca del sitio de esta emboscada, prosigue Bernal Díaz, había tres edificios de cal y canto, dentro de cuales había ídolos de barro con diabólicos continentes, etc.” Y luego añade. “Los edificios de cal y canto y el oro, todo contribuyó a darnos una elevada idea del país que habíamos descubierto”.

«A los quince días más de viaje, descubrieron desde las embarcaciones otro gran pueblo con una entrada, y desembarcaron allí para hacer aguada. Mientras llenaban los cascos, acercáronseles como unos cincuenta indios “vestidos con mantas de algodón” quienes “por signos nos invitaban a que fuésemos a su pueblo”. Al llegar allí encontraron “algunos grandes y bien construidos edificios de cal y canto, con figuras de serpientes e ídolos pintados en las paredes”.

«En la segunda expedición, navegando a lo largo de la costa, pasaron enfrente de una isla distante como tres leguas de la tierra firme, y habiéndose desembarcado en ella hallaron “dos edificios de cal y canto bien construidos ambos, con escalones y un altar erigido delante de ciertas figuras horribles, imágenes de los dioses de aquellos indios”.

John L. Stephens

Continuará la próxima semana….

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.