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Conrado Menéndez Díaz
(Especial para el Diario del Sureste)
El tiempo había sido detestable durante el transcurso de aquel lunes de junio. La pertinacia del llover había convertido las esquinas en barrizales, dificultando el tránsito de los peatones.
Y en estas circunstancias se había de verificar en la Casa del Pueblo un mitin, organizado en cooperación estrecha por la Confederación de Líneas Gremiales y el Comité Regional del Partido Comunista.
Para quienes –como nosotros– hayan seguido el proceso evolutivo de las veladas culturales de los lunes en la Casa del Pueblo, el fracaso del mitin estaba descontado.
Porque bien alejados están los días de Felipe Carrillo Puerto en que se caldeaba el ambiente en que las mismas se desarrollaban, y en que salía a relucir el rojo pañuelo del futuro mártir cada vez que éste se secaba la ardorosa frente.
Mucho ha llovido desde entonces, mucho han aprendido los trabajadores y mucho han ganado, pero no todo ha sido avance, ni en todo ha habido progreso.
El concepto que originó las veladas culturales del Partido Socialista del Sureste, que indudablemente fue de poner el arte en sus diversas manifestaciones: el teatro, el cine, la palabra, las artes plásticas, la música, etc., al servicio de la ideología socialista, se ha perdido al punto de que las susodichas veladas se han llegado a convertir en divertimiento mediocre de la pequeña burguesía y de aquellas capas del proletariado que, carentes de conciencia de clase, sólo buscan el esparcimiento intrascendente que no les cueste dinero: el pan y circo de los romanos de otrora.
Pero el mitin a que hacemos referencia, teniendo un motivo tan señalado como fue el de darles cuerpo a las protestas del proletariado local en contra de la antipatriótica labor de Calles y Morones, salióse en lo absoluto del cauce de diversión anodina que han seguido las veladas de los lunes, y su éxito fue a manera de lección que deben aprovechar los directivos del Partido Socialista para la organización de sus futuras reuniones de propaganda.
Y dejando este tópico, merecedor por su interés de mayor atención, nos referiremos a la actuación de Hernán Laborde durante el mitin indicado.
Para el estudiante, el intelectual, y en general para todo aquel que se dedica al estudio de los valores humanos de nuestro México, es interesante la figura de Hernán Laborde, y lo es por varios motivos.
Por su polifacetismo que lo hace capaz de desempeñar diversas actividades y lo lleva del domingo augusto y de horizontes inabarcables de la poesía, a la esfera caldeada del liderazgo y la agitación.
Junto con el vate Cruz y con tantos otros, se dedica a cantar a la Revolución Mexicana, hasta que, desengañado de los guías entorpecedores del movimiento, ingresa al campo del obrerismo de lucha.
Obrero él mismo, trabajador del músculo en el aguerrido sector ferrocarrilero, despliega todas sus actividades en la lucha contra los enterradores de la Revolución, y en tanto que desde las columnas del Machete, entonces tatuado como ilegal, fustigaba en editoriales y toda suerte de artículos las lacras del ejercicio gubernativo, y que en su afán de componedor social se lanzó a la pugna electoral como candidato a la Presidencia de la República. Laborde dejó a su vez desbordar su afán de fustigar a la burguesía, nueva o vieja, en discursos pronunciados en lugares más diversos: en mítines, congresos, conferencias, veladas, manifestaciones, etc., y su palabra fue siempre temida, porque en el marco de sobriedad que la caracteriza, carente de galas oratorias y aun de fogosidad, Laborde siempre se caracterizó por la impiedad y la franqueza con que señaló los errores de los mandatarios y las miserias del pueblo.
Y con Laborde pudimos verificar dos cosas.
Que el gobierno revolucionario del licenciado López Cárdenas sigue, dentro de un trazo rectilíneo, la senda izquierdista de acción que es consecuente con el ideario del actual presidente.
Mucho puede oírse hablar en contra de los comunistas, aun dentro del campo de los llamados revolucionarios y principalmente por aquellos que ignoran las doctrinas de Marx. Se les puede culpar de extremistas y de inconsecuentes con la realidad social –aunque están demostrando ser los que mejor la aprecian–, pero nadie negará que su sentido crítico, su agudeza y precisión en señalar los desajustes de los gobiernos, son dignos de tomarse en cuenta. Y en este sentido, apreciamos como un triunfo del gobierno local que los más exigentes políticos del momento, los comunistas, reconozcan la magnitud de la labor societaria del gobierno de nuestra entidad. Particularmente significativas fueron sus palabras indicando “que se simpatizaba –por su partido– con muchos actos del gobierno actual de Yucatán, que jefatura el licenciado Fernando López Cárdenas que, con su señalada labor reformista y proteccionista a los trabajadores, decididamente está apoyando la realización en materia agraria de la política de izquierda, haciendo que se cumplan todas las resoluciones para la dotación de tierras a los campesinos.”
El segundo punto apreciable en la actitud de Laborde es el referente a la unificación. Contrastando con la actitud de otros delegados capitalinos que llegan a unificar a los trabajadores y lo que hacen es acentuar la división existente, que como el bailarín del cuento “cantan un son y bailan otro”, el representante del Partido Comunista ha actuado consecuentemente con sus palabras, cuando les dijo a los proletarios que lo escuchaban: “No son estos los momentos de debilitarse con divisiones internas que sirven para facilitar la tarea y la lucha al enemigo común; es necesario que los trabajadores de Yucatán presenten un frente único de acción y de lucha”.
Y es que Laborde tenía bien presentes las palabras de Dimitrof cuando, refiriéndose a la actitud de la Tercera Internacional en relación con la unidad de acción de la clase obrera, dijo: “La Internacional no pone para la unidad de acción ninguna clase de condiciones, con excepción de una elemental, aceptable para todos los obreros, a saber: que la unidad de acción vaya encaminada contra el fascismo, contra la ofensiva del capital, contra la amenaza de guerra, contra el enemigo de clase”.
Diario del Sureste. Mérida, 13 de junio de 1936, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























