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La Aventura Musical de Coki Navarro – XXXVII

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XXXVII

Continuación…

Espero que sepan comprender mis puntos de vista respecto al párrafo anterior, y de ninguna manera “agarrarse” los mal intencionados para decir que estoy criticando a nuestros artistas. NO, DE NINGUNA MANERA, pues siento profundo respeto por quien expone su arte en la medida de sus conocimientos. Conozco a varios profesionales que vibran con sus versos, destacan con sus habilidades musicales, o bien mantienen (aparte de su oficio) una templada pluma y son magníficos escritores.

No los voy a citar porque me faltaría espacio.

Lo que sí quiero asentar bien claro es que, sin dejar de haber en Yucatán muchos talentos, también hay abundancia de gentes que carecen del más mínimo sentido artístico y materialmente se “revuelven”, se “incrustan” entre los verdaderos exponentes, y se dejan acariciar el oído cuando son nombrados poetas o músicos. AHÍ ESTÁ LA FARSA, AHÍ SE ENCUENTRA EL “FALSO” QUE SE “CUELA” ENTRE LOS AUTÉNTICOS PARA SER CONFUNDIDO CON LOS BUENOS.

Y lo peor de esto es que llega el momento en que se sienten estrellas.

La “mafia” de estos “genios” la componen los que escriben cuatro mil doscientos versos por semana y creen que la cantidad los coloca por encima de los que tienen menos. EQUIVOCACIÓN FATAL, pues yo conozco gente que en un solo poema o pensamiento que aflora de su corazón cada año reúne más calidad que los chorrocientos mil versos que tienen los fabricantes de rimas.

QUEDE, PUES, BIEN ENTENDIDO: Se puede ser un eficiente profesional y al mismo tiempo un gran artista… SÍ SE PUEDE, abundan los casos, pero hay que despertar a los que se idolatran (o los idolatran) y se vuelven una verdadera plaga… ¿De acuerdo? UN CONSEJO: Cuiden la calidad de lo que escriben. Olvídense de la cantidad, pues la tinta está muy cara actualmente y no hay que desperdiciarla. Una letra, cuando el corazón la dicte, vale más que mil palabras escritas cuando el tiempo lo permite… Ah, y nada de andar buscando las frases exóticas y extravagantes que a veces ni el diccionario las tiene. MEJOR AQUÍ LE CORTO, PUES SI LE SIGO NO SOLAMENTE VOY A SER UN MEDIOCRE COMPOSITOR (trato de mejorar) SINO UN MALÍSIMO ESCRITOR (pretendo superarme con el tiempo). Confío en que me entiendan los que deben entenderme.

Sigamos con mi vida militarizada y trovera. Me voy a casar. Me casaré con la que les dije anteriormente que me convertiría en su esclavo. Me caso con la letra (s) o me cazan con la letra (z). No es cierto. Me caso por voluntad, por lo civil, por la iglesia y por otro motivo que sumado a esos tres hacen cuatro.

Inolvidable fue para mí el día de mi boda pues a escasas ocho horas de “encadenarme” sufrí un fatal accidente. El camión donde regresaba de casa de mi novia (después de “afinar” lo últimos detalles de mi enlace, viene el desenlace), pues ese camión donde viajaba se estrelló contra una albarrada y después se volcó, lanzando a su cargamento humano entre piedras y hierros retorcidos. La noche (eran las 11) agravó más la situación de los heridos, pues nadie podía moverse sin lastimar las ya despedazadas carnes de los pasajeros.

Con la luz de unos coches que se detuvieron pudimos auxiliarlos. Yo solamente pude rescatar a una niña que estaba aprisionada debajo de una banca y que tenía una profunda herida en la cabeza, y de inmediato comencé a sentir que las fuerzas me faltaban, pues me desangraba rápidamente por una penetrante lesión que tenía en el lado izquierdo debajo del brazo y otras más que me destrozaron el codo de ese mismo brazo. Entre quejidos, gritos y llantos, fuimos poco a poco extraídos de ese infernal camión.

¿Mis heridas? Esas y muchas más en todo el cuerpo: tres costillas fuera de su lugar y mil cristales incrustados en mi cuerpo. Los golpes, no tiene caso contarles cuántos y cómo eran… ¿El susto? Ya ustedes pueden imaginarlo. Pero al otro día me esperaba la tragedia mayor, pues a las siete de la mañana debería estar en la iglesia para mi ingreso en las filas de los oprimidos. Ahí, puntual como buen militar, con más vendajes que la momia Tutankamón, una terquedad de mula matrera, se consumó mi sacrificio y ME CASÉ.

Todos mis amigos asistieron a la boda, tanto por aprecio como por morbosidad, ya que no se imaginaron que estuviera presente después de ver las condiciones en que había quedado. No era posible, según pronósticos de casi todos, que me pudiera levantar de mi cama del hospital, pero me sostuve con la ayuda del Ingeniero Lorenzo Yáñez, pues por venganza él y su esposa Ofelia me prestaron toda clase de colaboración para que yo pudiera trasladarme a la “cámara de gases.” ¿Por qué por venganza? Pues porque una semana antes yo había sido testigo de su boda.

Aún recuerdo la risa maléfica del ingeniero Yáñez cuando me acomodó en un sillón acolchado especialmente para mí. No olvido sus palabras: “Aquí tranquilito,” me dijo, “espera a tu novia. Ahora vas a sentir lo mismo que yo sentí cuando me viste sentado en este mismo sitio.” MUY CIERTAS SUS PALABRAS, PERO COMO VOLADA ESTUVO DE LA Re, Mi, Fa, Sol, La.

Me casé ese día (20 de diciembre de 1956) por todas las circunstancias que ya les conté, y además porque si no era ese día no iba a ser nunca, pues yo no tenía para cuándo festejar (¿FESTEJAR?) otra volada, ya que el pastel me lo había regalado por $75.00 la bendita señora dueña de la pastelería Dulcelandia quien le tomó cariño a mi noviazgo con Cecy, porque ahí nos citábamos. Además, yo ya no tenía dinero ni para un helado.

Mi amigo Rafael Rivas (Jr.) me obsequió los zapatos que estrené esa inolvidable mañana. Zapatos color NEGRO, como mi suerte; ¿o es buena suerte haberme accidentado horas antes de matrimoniarme?

¿La fiesta? Como estaba pensada: una reunión familiar (un rato) y ahí terminaría todo. Durante esos momentos en que todos reían, tomaban y conversaban, menos yo, alguien me comenta que unas vecinas dijeron que mi esposa no es muy bonita. Creo que tienen razón, les contesto, pero yo no escogí a la más bella, sino a la mejor.

Mi luna de miel se redujo a esperar a mi madre que me fuera a inyectar mis abundantes dosis de penicilina y a curar mis heridas. Luna de miel sin luna de miel; solamente con los $80.00 (OCHENTA PESOS) que la compañía aseguradora me entregó para que viviera, comprara medicamentos, vendajes comida y TODO LO NECESARIO PARA ATENDER LAS CONSECUENCIAS DEL ACCIDENTE. Ochenta pesos para pasar un mes que el doctor me prescribió como tiempo necesario para sanar (en parte), OCHENTA MENTADAS DE MADRE (aunque dudo que la tengan) PARA LOS QUE NO APLICAN CON JUSTICIA LAS LEYES DEL SEGURO PARA LOS USUARIOS DEL TRANSPORTE.

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Bien, pues mientras los aseguradores no se iban a donde los habían mandado, ya que no tenían progenitora, me reintegré a mi nueva vida, amarrado por necesidad al Ejército, y por gusto con mi mujer.

Alquilamos un cuartucho en un solar, por la calle 65, casi enfrente de la Sidra Pino. Ahí en ese cuarto a medio derrumbarse comienzo a escribir nuevamente algunas letras, algunos versos, algo de mí mismo. Así van corriendo los días y las semanas en que compartía mi tiempo entre el Juzgado y mi truncada luna de miel, ahora sí, con luna y con miel… bastante.

Coki Navarro

 Continuará la próxima semana…

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