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La Aventura Musical de Coki Navarro – XXXV

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XXXV

Continuación…

Se terminó la carretera y, para no romper mi rutina, me pongo de acuerdo para ir a México con mis amigos Carlos “El Chivo” Reyes Lavín y Desiderio Ancona (que, aunque a Dios gracias no tenían la imperiosa necesidad de encontrar “chamba” como yo, pero reventaban de inquietud en esas épocas). Acudimos al encuentro de una solicitud en una importante compañía distribuidora de artículos para bellezas (yo diría artículos para verse bella, pues la única belleza que no pueden fabricar las compañías es la natural). Viajamos al D.F. y nos recibe el gerente.

¡Valientes estos tres muchachos que se alistan a ver si llenan los requisitos para ser representantes, agentes o promotores de esa firma! Debemos tener buena presentación, facilidad de palabra, confianza en nosotros mismos, saber leer y escribir en quince idiomas, vehículo propio último modelo, no debemos estar casados por las tres leyes, (me imagino que ya ustedes saben cuáles son), tener una conducta intachable, ojos claros y vivarachos, sonrisa de Rodolfo Valentino, nariz de Tyrone Power, bravura de mercenario y arrojo para enfrentar la competencia, manos finas y elegantes, tener más de 1.80 de estatura, medidas 90-60-90, ser blanco y con mejillas color de rosa, otorgar una fianza en garantía por… $50,000.00 y ser lo suficientemente responsable (léase pendejo) para trabajar por la Compañía las horas que sean necesarias sin regatear tiempo ni demostrar fatiga, sin dormir, ni comer, ni eso… ni lo otro.

Ellos dos, que reunían todos los requisitos (pero le aclararon al gerente que eran responsables, pero no lo último), otorgaron su fianza y los nombraron agentes de esa industria. Yo, como lo único que tenía era lo pendejo, mas no la fianza, ni poseía los demás requisitos, me regresaron a Mérida a vender jabones a domicilio y… vuelvo nuevamente a tocar puertas los medios días y a recibir mentadas de madre, mismas que dividía con mis compañeros promotores. Así pasé tres largos meses, viajando en camionetas en todo el Estado tan alegre de Yucatán y efectuando promociones en cada esquina, ofreciendo jabones y premios para las “afortunadas amas de casa”.

Mi guitarra me fue muy útil, pues me servía a veces para reunir a la gente en los mercados pueblerinos, y después venderle polvos milagrosos que dejan su ropa más blanca que si la tallara un chino lavandero.

Mientras Carlos y Desiderio hacían carrera en el trabajo, yo corría de ese “empleo”. Meses después, Desiderio cambió de Compañía y rejuveneció, mientras “El Chivo”, por no haber “huido”, envejeció cien años (no lo crean, pues se le ve muy bien).

Ojalá que pronto sean millonarios, a ver si me ayudan. Eso me prometieron hace 22 años. Sigo esperando…

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Mis amigos se van yendo. Ya se fue mi negro lindo “Coconito”; también el “turco” Farah. René sigue en el D.F., “Polo” ya no está en Progreso y el “Güero” solo Dios sabe dónde andará viajando y en qué lejanos mares navegará “su” barco. Quedamos solamente algunos, muy pocos.

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Sigo tocando (de vez en cuando) mi guitarra. ¿ME IMPONGO ILÓGICAS PENITENCIAS? No lo sé, pero creo que estoy desperdiciando tiempo valioso en que debo estar en comunión con mi “lira”. Sigo sin rumbo; mi brújula anda loca; voy sin ir a un lugar donde ni yo sé si existe ese sitio. Recuerdo mis canciones “de ayer”, las acaricio, hojeo mis apuntes, escucho melodías cantadas por la radio que nos envían de La Habana, las comparo con las mías y veo que tienen algo de ellas, algo, muy poco, pero aunque mis canciones tienen herencia de otros lugares y un tanto de aquí, han salido de un corazón nuevo, de un alma que palpita y vuela con sus propias alas.

Así, entre estos desajustados pensamientos que revolotean en mi mente y no encuentran donde posarse, un día, el hoy Licenciado Jorge Ortega Rosado me conversa que habrá una vacante en el Juzgado Militar de Mérida, misma que él proporcionará, pues se retira del Ejército donde presta sus servicios como Sargento Escribiente. Bien, pues yo sé escribir a máquina y sería bueno probar si tengo eficiencia para el puesto.

Me informo de que es casualmente en la capital de la República donde se tramitan estos oficios; en la Secretaría de la Defensa Nacional. Adelante, caminante, qué me dura ir hasta la Capital de nuestro México lindo, hasta ahí o el rincón más apartado del mundo, si lo quisiera, por lo que de inmediato me encaramo en uno en uno de los tantos “pequeñines” barcos de nuestra progreseña “flota mosquito” y, después de una travesía muy marinera de cuatro días, me encuentro en Veracruz, mi segunda patria, mi segunda playa, donde me esperan mis alegres amigos.

No quiero retrasarme muchas horas aquí, aunque me quedaría toda una vida en este bello puerto. En la licorería de mi amigo Ariel Suárez (progreseño radicado ahí, como ya les conté en líneas anteriores), me despojé del salitre acumulado en mi cuerpo, y esa misma tarde me envió en uno de los camiones que regresan al D.F., mismos que le traen mercancías para las tiendas que tienen él y sus hermanos en Veracruz.

Al otro día me apersono ante la dependencia respectiva, recorro otras más, me examina un Teniente que me dice que no hay necesidad de terminar la prueba pues, a su entender, con lo que escribo a máquina es suficiente para cumplir como mecanógrafo, pero me indica que el General Jefe de la Sección es casualmente quien autoriza estos cargos. Bien, ¿y quién es el señor General? le pregunto… Pues el de la brigada Othón León Lobato, ¿sí? Pues dígale por favor que aquí está una de las personas que integraban el grupo de artistas de Paco Miller, mismos que cuando él era el Jefe de la Policía de Distrito Federal, colaboraron a petición suya en un festival dedicado al Día del Policía.

De inmediato me recibió el distinguido y fino General, quien primeramente revisó mis pruebas y, después de recordar en breve charla que no se olvidaba de que después del festival de ese día nos había invitado a Los Jilgueros a su casa para cantarles a unas gentes amigas suyas ahí reunidas, me dijo: El puesto es tuyo, no porque te esté agradecido de tus atenciones, sino porque te corresponde según estos reportes.

Antes de despedirnos, me hizo ver que la vida militar es muy severa, muy rígida y que la disciplina es un elemento necesario para la carrera de las armas. Me deseó mucha suerte (yo también la imploré) y me dio la primera clase como militar, pues cuando le tendí la mano, me dijo: “Desde ahora, cuando nos veamos, en vez de la mano hemos de otorgarnos un saludo de ordenanza como soldados…” Y ME ENSEÑÓ A SALUDAR MILITARMENTE.

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Regresé a Yucatán convertido en un “flamante” Sargento 2° Escribiente Especialista y comienzo mi vida en el Glorioso Ejército. Me siento parte de mi país. Parte de México. Parte de algo muy importante. Aprendo poco a poco la aplicación del Código Militar. Integro expedientes, transcribo exhortos, tomo declaraciones, solicito comparecencia de reos, veo algunos CONSEJOS DE GUERRA (que me impresionan sobremanera) y todo bajo el mando rígido del General Juez Militar de la Plaza (32ª Zona), de su Secretario, del Oficial Mayor, de Secretario del Oficial Mayor, Capitán Ruiz Madrid, del Teniente y del Sargento Primero. Todos ellos y yo, el último en jerarquía del juzgado, vigilando que la Ley se aplique como lo invocan los artículos del Reglamento en donde están claramente definidos los mandamientos militares; sus penas, sus premios y la diafanidad de todo el ordenamiento del Instituto Armado, PERO TENIENDO EN CUENTA AL APLICAR LA LEY, EL MÁS BREVE, PERO FIEL GUARDIÁN QUE SE SOBREPONE ANTE LOS MÁS DRÁSTICOS ARTÍCULOS DEL CÓDIGO MILITAR QUE DICE: En caso de duda, absuélvase al acusado…

Coki Navarro

 Continuará la próxima semana…

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