La Aventura Musical de Coki Navarro – XXXIV

By on diciembre 3, 2020

XXXIV

Continuación…

Precisaba armonizar mi espíritu con mi pensamiento y mi guitarra, elevar mis sentimientos, encontrar el principio que me llevara al centro de mis aspiraciones… Quería ser compositor. Quería serlo porque se había vuelto ya una obsesión de todas mis células corporales. Tendría que llegar a componer algo que le gustara a la gente, y lo intentaría una vez más, a pesar de mis fracasos con mis canciones anteriores y a pesar de las opiniones de los directores artísticos que me aconsejaban que me olvidara de ese anhelo, y a pesar de los pesares.

Pero en mí no era solamente un anhelo, era verdaderamente un aleteo de mariposas recorriéndome el alma, y necesariamente iban a fugarse de una u otra manera, pues no hay cadenas lo suficientemente fuertes que puedan sujetar un impulsivo pensamiento amoroso cuando éste quiere libertarse para llegar hasta el corazón del ser amado por quien siente y palpita. No existen prisiones para el pensamiento. Pobre de aquel que no sea dueño de su pensamiento, pero más desdichado aquel que sus ideas no sean libres.

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Lo había pensado muchas noches y muchas horas; no encontraría mejor reposo para componer mis canciones que el remanso de mi puerto. De ahí mi decisión de alejarme del monstruo de concreto que me tenía prisionero. Aquí, en mis playas y con mi gente, encontraría los elementos necesarios para nutrir mi alma de romanticismo y desbocar el potro de mis emociones. Honestamente, quiero confesarles que al volver a encontrarme conviviendo con mis “cuates”, y viviendo en el pequeño pedazo de cielo que me vio nacer, sentía la sensación de que estaba convertido en un viejo, sí, en un anciano, porque veía a mis amigos comportarse todavía como niños grandes y recordaba que eso había quedado ya muy atrás de mi vida, yo pensaba distinto ahora; recordaba lo vivido y a veces me parecía que los había soñado en mis noches de angustia o en mis horas de soñar sin dormir, bordando ilusiones y engarzando sueños imposibles que tal vez algún día serían realidad.

Sentía la filosofía del tiempo vivido, no encontraba el punto de partida para iniciar mi propósito, aunque sabía que estaba justamente en el terreno preciso para elevar mi creatividad, la poca o mucha que pudiera de mi alma brotar. Hasta que encontré el principio: Olvidarme de esos tiempos pasados, sin olvidarme de lo vivido en ese tiempo. Olvidarme de mis amarguras, sin olvidarme de lo aprendido de ellas. Olvidarme de los caminos andados, sin olvidarme de las huellas impresas en el polvo, olvidar lo amado, sin olvidar el sabor que sintieron mis labios… y mi carne. Olvidarme de lo que entregué y recibí, sin olvidar la esencia de su esencia. Olvidarme sin olvidar. Dividir por la mitad mi vida y mi cuerpo.

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Difícil comienzo es recomenzar. Desandar es lo difícil en la vida. Ese era mi futuro; esa era mi única puerta de escape para encontrar el mundo nuevo con que soñaba; ese era el reto que yo mismo me imponía y esa era mi definición. Por de pronto, estudiaré algo en una academia.

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Me sentía un poco ridículo y me reía de mí mismo cuando me veía rodeado de niños que formaban el grupo de condiscípulos míos. Escuela doméstica, pero gran centro y cuna del saber. La maestra Zoila Narváez me imponía (así lo sentía) las mismas tareas que a mis compañeros. Regreso a mi niñez, a mi niñez de nueve años y evoco mi salón de clases con mi primera maestra: “Marucha”. Ella, tan abnegada como todas las maestras, me enseñó las primeras letras. Evoco este pasaje porque también asistía a su clase; todo en su humilde y santo hogar.

Venciendo mil contrariedades lógicas, enderezo mi rumbo y me vuelvo niño. Mi brújula no sabe a veces marcar mi derrotero. Estoy estudiando mecanografía; dice Zoila que aprendo rápido; me vuelvo el mejor del salón y ejemplo de los demás, pues con mi afán de obtener mi diploma y con la promesa de ella a mi madre de que me haría un mecanógrafo, en un tiempo récord (dos meses) me convertiré en un ágil domador del teclado. Aún conservo mi diploma. Lo rescato a veces del olvido para tener presente esa época de comienzo de mi vida. De mi segunda niñez.

Sigo yendo al mercado a ayudar a alguno de mis antiguos patrones. Lo hago sin sentir, todo sale bien, poco a poco me sitúo entre los míos y la corriente provinciana y porteña me tiende los brazos y me rindo ante ese aroma de adolescencia y hombre. Me impongo otra penitencia; dejaré de tocar la guitarra por un tiempo, hasta que sienta que no puedo vivir sin acariciarla. Solamente así podré ir con decisión hasta donde mi espíritu quiere llegar. Solamente conociendo mis limitaciones, y sabiendo en verdad lo que me hace falta para realizarme, podré sinceramente rodearme de la realidad para no equivocar el camino.

Quiero imponerme todas las abstinencias que sean necesarias; quiero vivir las nuevas horas de mi vida en forma real; quiero caminar, caminar y caminar por mis playas hasta caer agotado de cansancio y tenderme en la arena a meditar. Quiero cerrar los ojos y sentir que he nacido para algo… Pero ¿para qué?… ¡Eso es lo esencial! Definir lo que se quiere, estar consciente de lo que se pretende, y medir las fuerzas del alma para alcanzar el anhelo.

Quiero realizar muchas ideas, pero antes tengo que alejar de mi mente tantos recuerdos que me inquietan, otros que me hacen daño, otros que se aferran de mí y no quieren que los olvide. Ay, mi Dios… Cuántos recuerdos tiene mi mente y cómo hacen saltar mi corazón cuando se me presentan. Ahora sé que mis pensamientos están llenos de recuerdos, más de los que nunca pensé llegar a juntar. Más, muchos más de los que caben en un corazón. Mis amigos recelan de mi comportamiento; unos me preguntan si en verdad estoy consciente de lo que hago; su preocupación es porque dicen que he cambiado. Claro que he cambiado. ¿Cómo no voy a cambiar si he visto tan de cerca la vida y la muerte?… Si he vivido mil años más de los que me pertenecen; si he sufrido siglos. Pero no, amigos, no ha cambiado mi afecto hacia ustedes; no puedo alejarme de mis recuerdos, es verdad, pero tampoco puedo olvidarme de mis años pasados con ustedes.

Trato de ser como ellos y casi lo consigo, converso, conversamos de geografía, de las novias (yo ya tengo novia en el puerto), de los argumentos de las películas que vemos; en fin, conversamos de todo sin herir a nadie. En una de tantas pláticas con mi amigo el Ingeniero Alberto Gutiérrez, me propone un trabajo, aprovechando que junto con el también Ingeniero Renán Castro “Manis” comenzarán a construir la carretera de Chicxulub puerto a Chicxulub pueblo. Bien, pues acepto lo que me den, ya que no soy útil para gran cosa, por desconocer totalmente ese tipo de trabajo… Seré el felino (léase gato).

Cargaré los instrumentos que se utilizan para trazar la carretera. SOY REALISTA, NO PUEDO OCUPAR OTRO PUESTO QUE NO SEA ESE. Desde el primer día, y desde el primer metro de esa carretera (hasta el último), mi obligación es cargar un teodolito, la cinta (más larga que mi pasado…) y una tabla que ellos le llaman regla, que tiene unos números pintados, pero que por su tamaño puede servir para salvar a cualquier náufrago. Todos estos “aparatos” pesaban juntos más que mi cuerpo. Como complemento de mis obligaciones, habría de ayudar a medir los tramos a Erik, primo de “Manis”, y a “Boli”, su cuñado.

Al principio, en los primeros veinte metros, todo fue muy bien; pero, conforme avanzaba el camino, todo se ponía en contra nuestra, pues si no eran las piedras que por millares tiraban los camiones del simpático hermano de “Manis”, Pedro José, bien llamado “Poté”, eran los mosquitos que por millones acudían a darnos la bienvenida, o el lodo que por toneladas nos atrapaba, o las ramas de tantos árboles que nos flagelaban o nos herían con espinas; todo esto unido a que desde la cinco de la mañana ya teníamos encima un sol que para las nueve era una calamidad; ah, y no se crean que nos iba mejor cuando llovía, pues entonces nos teníamos que quedar en la selva, ya que era imposible que saliéramos de esa trampa enfangada aún con el Jeep (se pronuncia YIP, compañeros), que tanto nos ayudaba en algunos casos.

Dentro de todo este desdichado presente que se me asomaba muy rudo, me hacía llevadero mi suplicio el hecho de que “Poté” y yo entablábamos diariamente los más encarnizados duelos a la hora de la comida, pues él me había dicho que comiera todo lo que pudiera, siempre y cuando sea más de lo que engullía él… de lo contrario, YO PAGABA. Claro que esto me lo decía a ver si del susto se me quitaba el hambre, pero la verdad es que, aunque muchas veces perdí, nunca permitió que yo pagara, aunque mi sueldo semanal no hubiera alcanzado para cubrir lo consumido en un día por “Poté” Castro. COMEMOS COMO ANIMALES SAGRADOS, así decía mi buen amigo, quien además pensaba que estaba yo loco por querer ser compositor.

Casi veinte kilómetros de carretera en varios meses de fajina diaria y caminatas hasta desfallecer. Pero qué bien le hicieron esas horas a mi espíritu, pues muchas veces me quedaba con los trabajadores que dormían en el campamento; cuando moría la tarde, me sentaba junto a un árbol a meditar y recordar, o caminaba por el monte, evocando mis años infantes pescando ilusiones y perdido entre pájaros, jaulas y follaje.

Ah, y esos viernes y sábados en la noche, qué guitarreadas con el Ingeniero Hernán Pérez y “Manis” y todos los que quisieran estar junto al grupo. Yo, aún con mi renuencia a reconciliarme con mi “lira”, coqueteaba con ella. Gracias a todos en esa época, pues hicieron menos drásticas las circunstancias en que yo me obstinaba a vivir, renunciando a todo, para un algo que me faltaba.

Guardo un recuerdo imborrable del Ingeniero “Manis” Castro pues, al cobrar mi último sueldo en su constructora, le solicité una carta de recomendación, para lo que se pudiera ofrecer, si es que él no tenía alguna objeción. “Con mucho gusto,” me contestó.

Le pidió un papel membretado a su secretaria, lo firmó en blanco, lo puso en un sobre y me dijo: “Utilízala como quieras.” ¡DESPLANTE DE GRAN SEÑOR! En honor a quien le sirvió con más fidelidad y aprecio que con eficiencia.

Coki Navarro

 Continuará la próxima semana…

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