El Canto de la Tierra (IV)

By on noviembre 14, 2019

IV

El juego del alux

 

En la fábula viven nuestras obras. Las palabras que han vivido esos días nos aguardan al final de los caminos, con sus ojos y actos resplandecientes.

Todo poema comunica con el mar.

La fábula es mar cantando contra la muerte.

Al resplandor del ser, en el fulgor de la memoria hablo; canto en el esplendor… y cuento el antiguo Relato del Principio:

Alux, ¡aluxes! –¿Qué parte del Ser os entregó al fervor de los días: a la custodia de los antiguos templos y de las milpas y montes del Mayab; al poético juego de tirarles piedrecillas a los turistas necios… y ofrendar guirnaldas de flores a las bellas extranjeras?

Diré mi relación de los hechos –¡Y hablo en el fervor! –

(el que no crea, no lea; puede que el alux lo haga enfermar de Impotencia de Espíritu y de frutos).

¡Aluxes! –Seres imaginarios (es un decir) del universo maya. No son dioses, no son hombres. Más bien, niños eternos. Viven ellos en el tiempo (pero un tiempo sagrado)… Aquel tiempo nuestro.

Sobre aluxes escriben antropólogos, folkloristas, diputados, comunicólogos, coreógrafos…

Yo digo que después de un susto de los años infantiles, pude ver a lo lejos (aunque cerca del corazón) a uno de estos seres. Más que por el miedo, por la gracia y favor del Sol de las Infancias.

…Tenía cinco o seis años en la edad. Mis familiares me llevaron a una excursión por el monte cercano a nuestra aldea. De pronto me hallé solo en el monte… un mediodía ferviente, entre iguanas y gritos de aves y ruidero de piedras removidas por alimañas. Sentí miedo. Recuerdo el miedo.

La vereda que llevaba al Camino Real estaba desierta… Me pareció muy larga, inacabable. Caminé con angustia y sobresalto y corrí en ocasiones. Anduve así un buen rato (quince, veinte minutos inmensos).

Sudaba. El cansancio y el miedo me hicieron detenerme… y a los treinta metros de un recodo del monte lo vi de golpe, sentado en una piedra. Sonreía (ah, ¡sonreías!) y me señalaba, con un brazo mojado en el aceite más luminoso del mundo, el sendero de briznas radiantes que habría de conducirme el deseado camino.

Era un ser más o menos pequeño. Esbelto en su propia estatura. Y muy hermoso. Vestía el manto de los colores del bosque y sonreía.

Me señaló el camino / me salvó del miedo… Esto recuerdo. Al calor de los días de la infancia.

Raúl Cáceres Carenzo

(Mérida, febrero 1988)

Continuará la próxima semana…

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