El arte y el hechizo de los brujos mayas – II

By on abril 10, 2020

II

ORIGEN DE LOS “AH PU’UL YAHOBOO”

La historia y narraciones de los Ah pul yahoboo constituye una tradición que se viene contando desde los más lejanos y profundos siglos de la existencia de los mayas, quienes se refieren a estos personajes como brujos o hua-yoob que surgen desde la creación de este mundo aborigen, como lo registran las primeras fuentes del Popol Vuh. Este libro sagrado, proveniente de las montañas húmedas de los altos guatemaltecos, relata que la sabiduría se transmitía de padres a hijos desde las más remotas generaciones, a fin de que la virtud, la pureza y el encanto de los dioses no se perdiera en la bruma de los siglos y milenios de su civilización y cronología que se remonta a épocas ignotas.

Los ensalmos esotéricos que nutrieron el Popol Vuh describen literalmente a esos dioses primarios del mundo maya como seres mortales que pueblan la faz de la tierra y transitan sobre los ríos, mares, montañas y lagos como parte de una tarea que tiene por propósito preservar sus ciencias, artes y estirpe.

El Popol Vuh fue recogido de la versión original de las fuentes primitivas de los mayaquichés, en el siglo XVI, por uno de los primeros españoles asentados en esas regiones llamado Diego Reynoso. Sin embargo, la transcripción permaneció resguardada casi un siglo hasta que en el año de 1700 fue hallada en el antiguo poblado de Chichicastenango por el fraile Francisco Jiménez, quien la tradujo al castellano. Esta versión, a su vez, fue publicada en otros idiomas, entre los que figuran el inglés y el francés.

Con la versión de los “magos” del Popol Vuh, parte el origen, fundamental, del arte y el nacimiento de los Ah pul yah o brujos mayas, cuya semblanza se relata de la siguiente manera:

LOS MAGOS

Aquí se habla del misterio de la vida y de la muerte de los hermanos “ah p’ul yah”, y esta narración refiere las tribulaciones que sufrieron en las tierras de Xibalbá, sitio de disolución, de muerte y de ruina.

En una época que no es posible precisar, llegaron a la tierra quiché los señores Ah p’ul que se mencionan, según las versiones de los ancianos. Estos señores fueron hijos de Ixpiyacoc, el padre, quien murió cuando los Ahpú eran niños, y de Ixmucané.

Los Ahpú estaban dotados de sabiduría, y entre las artes que poseían destacaban las referentes a la magia; no eran egoístas sino pródigos, y con agrado ofrendaban su ciencia a los que tenían necesidad de ayuda o de auxilio. Eran, además, cantores, oradores, joyeros, escritores, cinceladores, talladores y profetas. Su visión del porvenir provenía de las estrellas, la arena y las manos. Conocían también el camino de las nubes y no había para ellos oficios extraños: los entendían y dominaban todos; los ejercían con gracia y destreza. Estaban satisfechos de sus diversas profesiones, y para divertirse se engalanaban con primor y jugaban la pelota en las plazas adecuadas para este ejercicio. En este juego eran diestros, tanto que sufrían la envidia de los otros, aunque con entusiasmo hacían alarde de esta habilidad cuando sólo se trataba de retozo o diversión.

(En el Estado de Yucatán a estos personajes, conocidos por su ciencia y arte, se les denomina como los H’menes-curanderos).

Por ese tiempo se dice que habitaban en Xibalbá seres malévolos. Unos se llamaban Xiquiripat y Cuchumaquic. Entre las torpezas que a diario cometían figuran las que ahora se refieren: se ocupaban de enfermar la sangre de los pobladores de aquellos sitios y contornos. Lo hacían con saña y valiéndose de medios ocultos.

Otros eran Ahalpú y Ahalganá. Estos seres vivían sojuzgados por el instinto de la destrucción. Como cosa natural se ocupaban de provocar las hinchazones que sufrían los miembros de las gentes. De pústulas colmaban los pies y las piernas de los caminantes. A los madrugadores les ponían amarilla la cara, les doblaban la espina dorsal, y tullidos los sacaban al monte y los tiraban en cualquier barranco. Si las gentes se enfermaban de otros males, se acercaban a ellas, las tomaban de los pies y las arrastraban hasta los solares abandonados, donde los infelices morían sin ser vistos por nadie.

Chimiabac y Chimiaholom también tenían mala entraña. Eran maceros, se dedicaban a quebrar los huesos de la gente. Usaban para sus hazañas garrotes nudosos que blandían con furia, cimbrándolos en el aire. Dejaban enteros los huesos en la cabeza para aumentar el sufrimiento de las víctimas y prolongar la espantosa agonía que propiciaban. Después que éstas yacían magulladas, tomaban sus cuerpos y los llevaban hacia lugares ocultos en los cuales no era posible que recibieran ayuda alguna. De la misma ralea fueron Ahalmez y Ahaltoyob, los cuales tenían fuerza para provocar desgracias y ruinas entre las gentes del lugar, y en un siniestro empeño hacían aún más trágico el terrible sino de sus víctimas. Violentaban el fin de los ahorcados pisándoles en los hombros y vaciándoles los ojos. Amorataban a los que se ahogaban con hipo. De manera cruel hacían esto. Por las noches tomaban a las víctimas y las conducían a los sitios que ellos sabían eran convenientes para su muerte. Allá los dejaban desnudos y tumbados boca arriba, con la vista ensombrecida y volcada terrible al cielo. Las aves carnívoras les comían las entrañas y las esparcían sobre la tierra. De peor calaña eran Xic y Patán, los cuales se ocupaban de acorralar a los que morían en los caminos y las veredas de los montes, a los que de manera violenta ejecutaban. A todos les apretaban la garganta y se hincaban sobre sus pechos para hundir sus costillas en sus pulmones.

Estos diez últimos personajes de afiambrada maldad a los que se refieren los “Magos” en el Popol Vuh son los que dejaron como discípulos de sus enseñanzas malévolas a los Ah pul yahoboo, mismos que prosiguieron ese viejo arte de la brujería en los milenios que antecedieron a la llegada de los hombres blancos y bárbaros, cuyas figuras montadas a caballo, portando como símbolo la cruz y la espada, fueron avistadas en el Zastún (la piedra mágica de los escribas y sacerdotes mayas), donde fue profetizada la llegada de los españoles a este continente aborigen en la hora, el día y el tiempo en que les fue señalado a los mayas por sus dioses.

Gaspar Antonio Xui Cachón

Continuará la próxima semana…

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