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Dos siglos de dramaturgia regional en Yucatán – XLVI

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Teatro Yucateco

XLVI

Leopoldo Peniche Vallado

 

 

 

Cecilio El Magno

PRIMERA PARTE

 

EPISODIO SEGUNDO

 

Personajes:     CECILIO CHÍ

FELIPE PUC

JACINTO PAT

MANUEL ANTONIO AY

RODESINDO PUC

SANTIAGO PUC

PEDRO UC

JUSTO IC

JOSÉ PECH

INDÍGENAS (que no hablan)

 

El 10 de julio de 1847, en el rancho Xibum, a 16 leguas de Valladolid. Cae la tarde. En una hondonada, oculta por las asperezas del terreno y por una espesa arboleda que la hace casi impenetrable, están sentados sobre el piso, CECILIO CHI, JACINTO PAT y MANUEL ANTONIO AY. En derredor de la hondonada, varios indios vigilan armados con machetes.

 

CECILIO: (Poniéndose en pie y asumiendo una actitud oratoria.) No tenemos otro camino que emprender la lucha; gobernadores van y gobernadores vienen, y para nosotros todo se reduce a bellas promesas que jamás se hacen realidad. Cada día nuestra situación es más desesperada; los blancos explotan nuestro trabajo, nos tratan como a animales, no nos permiten ni siquiera alternar con ellos; somos azotados igual que viles esclavos, y como si fuera poco, nos obligan a ingresar en el ejército sin tener en cuenta edades ni condiciones de salud, nos arrancan de nuestros hogares y nos envían a morir lejos. A morir sí, porque de los que se van no vuelve a saberse nada, como si se los hubiera tragado la tierra… Digan ustedes si debemos esperar más tiempo para sacudirnos y demandar nuestra libertad. (Se sienta.

JACINTO: (En pie.) No debemos esperar más tiempo; hay que decidirse de una vez. Tiene toda la razón, Sis Chi. ¿No lo piensas así, Manuel Antonio?

MANUEL ANTONIO: (Id.) Chichimilá sólo espera la orden de la rebelión. Cuento con hombres jóvenes y animosos en gran cantidad, convencidos de que nuestro camino es la guerra. (A partir de este momento, los tres líderes hablan indistintamente de pie o sentados, según el énfasis que les merezcan las frases contenidas en el diálogo.)           

CECILIO: Y lo que más indigna es que hemos venido siendo utilizados para servir a la política de los blancos. Desde que hace siete años el General Imán nos puso las armas en la mano con ofertas de mejoramiento, no ha habido acción de guerra entre los partidos políticos de la península en que nuestros servicios no hayan sido definitivos para darle la victoria al partido que nos utiliza.

JACINTO: Es verdad. ¿No fuimos nosotros los héroes de la toma de Valladolid el 15 de enero? Cierto que nos excedimos en la venganza…

CECILIO: No, Jacinto, no hables de excesos. No hicimos más que anticiparnos a nuestros enemigos.

MANUEL ANTONIO: Estoy de acuerdo con Jacinto, pudimos moderar los ímpetus de los nuestros. Todos tenemos amigos blancos, como también tenemos enemigos de esa raza, y estamos convencidos de que así como los hay abominables, soberbios, altivos, los hay también generosos y dignos.

JACINTO: Es verdad; no tenemos por qué enconar en los nuestros el odio contra ellos. Nos bastará demostrarles con nuestro temple, que somos merecedores de convivir con dignidad en el mundo civilizado que ellos han construido, y aun de gobernarlo con acierto y con justicia.

MANUEL ANTONIO: Aquí empiezan nuestras diferencias, Jacinto. No creo que pueda lograrse la convivencia pacífica con los blancos. Hasta allá no llegará su complacencia: una experiencia de tres siglos nos lo demuestra. Nuestra misión es ganar la guerra que vamos a emprender, pero para expulsarlos de esta tierra que es la nuestra, en la que ellos son los usurpadores… No necesitamos exterminarlos: el exilio en masa es la solución…

CECILIO: La solución es acabar con ellos antes de que ellos acaben con nosotros…

JACINTO: Para mí, la solución es ganar la guerra, sojuzgarlos y conservarles la vida, para que sepan en carne propia lo que es vivir sin libertad.

MANUEL ANTONIO: Por lo visto, sólo coincidimos en aceptar que, en el presente que estamos viviendo, el paso inmediato es la sublevación. Démoslo, pero sin el propósito de mantener la sublevación a todo trance, sino como un medio de obtener de los blancos lo que necesitamos, en tanto son ellos los que mandan y mientras logramos su expulsión definitiva de la tierra de nuestros mayores. Antes hemos hablado de obtener una rebaja en las contribuciones que pagamos. ¿No consideran ustedes, como yo, que ésta puede ser la primera meta visible, justa y susceptible de alcanzar?

CECILIO: Sería ridículo pelear por esa insignificancia. Hay procedimientos más sencillos para obtener que nos rebajen las contribuciones. Por ejemplo: declarar desde hoy la suspensión total en los pagos del real y medio que nos cobran, y llevarla a efecto con valentía y sin vacilaciones, de modo que les dé la seguridad de que nuestra negativa está respaldada con nuestra decisión de actuar y con nuestra fuerza. Pero la rebaja no resuelve nuestros gravísimos problemas.

JACINTO: Además, una actitud de rebeldía como esa, desembocaría fatalmente en la guerra.

CECILIO: No importaría. ¿O no estamos de acuerdo los tres en hacer la guerra? Todo antes que entregarnos en manos de los blancos explotadores, como si fuéramos débiles mujeres.

MANUEL ANTONIO: ¿Quién habla de entregarse? Vamos a luchar, sí, pero no con afanes ciegos de exterminar al enemigo y extinguir la civilización, sino con sentido práctico, de modo que podamos dar por terminada la lucha cuando gracias a ella hayamos conseguido el objetivo que perseguimos, y asimilarnos de una vez por todas a la vida civilizada.

JACINTO: Tengo tanta fe en el buen éxito de la lucha que vamos a emprender con astucia, pero sin excesos, que pongo en ella mi persona, mis hombres y mis bienes. Por lo pronto debemos estar dedicados a luchar. De los primeros resultados que obtengamos, podrá deducirse la línea que hemos de seguir entre las tres propuestas.

MANUEL ANTONIO: Estoy de acuerdo y propongo que la jefatura de la guerra esté a cargo de Sis Chi que es el más decidido de los tres.

JACINTO: Aprobado. Obedeceremos tus órdenes en todo momento, Cecilio. CECILIO: Gracias amigos. Creo que no les defraudaré. Ahora paso a informarles de algo que nos interesa a todos. A ver… ¡Pedro Uc! (Llamando.)

PEDRO: (Es uno de los que rodean la hondonada; aproximándose.) Señor. CECILIO: Háblales a los amigos de tus actividades en Mérida.

PEDRO: Fui a la capital a ponerme en contacto con mi padre Francisco, cacique del barrio de Santiago, que trabaja en los preparativos de la rebelión. Me dijo que él y sus hombres sólo esperan que se les enseñe una fecha de modo que el levantamiento sea simultáneo en Campeche y en otros lugares de la península.

CECILIO: ¿Han oído? No hay tiempo que perder. Hoy mismo debemos fijar la fecha.

PEDRO: Señor, allá están también Justo Ic, de Ekpedz; el cacique de Peto, el maestro de capilla de Dzonotchel y los hombres principales de Ichmul y Tiholop, que desean instrucciones.

CECILIO: Que vengan; ve por ellos. (Vase PEDRO.)

JACINTO: Necesitamos alrededor de un mes para aparejar todo lo necesario en las regiones del sur y del oriente, que son las que darán los principales contingentes para la guerra. De mí, puedo decirles que no he perdido el tiempo, hace varias semanas que estoy dedicado a acumular armas, provisiones de boca y variado bastimento en Culumpich, con la colaboración de nuestros hermanos de Chichimilá, Tixhualahtun, Dzitnup, Tixcacalcupul, Xocén y Ebtún. Bonifacio Novelo hizo viaje a Belice para adquirir un buen número de escopetas que fueron desembarcadas en el rancho Tzal, y están a nuestra disposición.

MANUEL ANTONIO: Yo no he estado menos activo. Desde noviembre del pasado año tengo evidencias de que están acordes a unirse a nuestra causa los hombres de Calkini, Halachó, Bécal, Hecelchakán, Tenabo, Maxcanú, y Yaxcabá, entre otros poblados. Además he formado una nómina de todas las gentes que están dispuestas a contribuir para la compra de pólvora y plomo, tal como me indicó Bonifacio Novelo. En próxima reunión les traeré todos esos documentos. (Regresa PEDRO con un grupo de indígenas.)

CECILIO: Justo… ven a mis brazos.

JUSTO: (Respetuoso se deja abrazar.) Señor…

CECILIO: Queridos amigos. (Da la mano a los demás) Muchas gracias por la cooperación que están dando a la causa. Los felicito. Hay mucho qué luchar no podemos dejar de trabajar si queremos ver nuestros esfuerzos premiados por el éxito. Estén pendientes de los correos que yo envíe a sus poblados, y no hay que olvidar la consigna…… ¿Les parece, señores? (A JACINTO y MANUEL ANTONIO) ¡15 de agosto de 1847!

JACINTO: De acuerdo…

MANUEL ANTONIO: Aceptado…

CECILIO: Hacedla llegar a los pueblos. La sublevación se iniciará ese día. Dios mediante, simultáneamente en todo el Estado. ¡Y guarden reserva!

JUSTO: Comprendido, señor. ¡Viva Cecilio Chi! ¡Viva la causa de la libertad del indio!

VOCES: ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!

CECILIO: Gracias, hermanos… A esperar la fecha, y seguir trabajando con ánimo. (Se va el grupo)

MANUEL ANTONIO: Bien dicho. Eres un verdadero caudillo. Pero antes de despedirnos, quiero presentarte a tres hombres de toda mi confianza que han venido conmigo porque quieren conocerte y ponerse a tus órdenes.

CECILIO: Conforme, hazlos llegar aquí.

MANUEL ANTONIO: (Dando dos palmadas) ¡Hermanos Puc! (Entran los tres hermanos Puc armados con machetes: FELIPE, RUDESINDO Y SANTIAGO) Todos ellos fueron nuestros compañeros de revolución en 1840 y 1842, y son gente de fiar.

CECILIO: Me satisface, hermanos, contarles entre los nuestros. Nuestra causa es grande y noble; yo estaré en contacto con Manuel Antonio en Chichimilá, y por su conducto recibirán las órdenes del caso.

SANTIAGO: Gracias por sus atenciones, señor, en mi nombre y en el de mis hermanos.

RUDESINDO: Señor, se me permite…

CECILIO: Habla.

RUDESINDO: Acabo de conocer aquí en Xihún a un buen amigo que, como nosotros, tiene grandes deseos de presentarte sus respetos.

FELIPE: Se sentirá feliz si le concedes la oportunidad de estrechar tu mano. CECILIO: ¿De quién se trata? ¿Vino contigo, Manuel Antonio? ¿O contigo, Jacinto? MANUEL ANTONIO: No.

CECILIO: Veamos quién es.

FELIPE: Es la primera vez que asiste a estas reuniones, pero dice que se encuentra muy bien impresionado de lo que ha visto y oído, pues siente con nosotros.

CECILIO: Hazlo venir.

RUDESINDO: (Llamando.) ¡José! (Se aproxima un joven indígena.)

JOSÉ: Señor…

CECILIO: Acércate muchacho, me han hablado bien de ti. ¿Cómo has llegado hasta aquí? Me dicen que es la primera vez que vienes.

JOSÉ: Es la primera, señor. Y le juro que vendré siempre.

CECILIO: Eres hombre decidido. ¡Venga esa mano! ¿Cuál es tu nombre?

JOSÉ: José Pech, señor.

CECILIO: ¿De dónde?

JOSÉ: De Acambalán, señor, a diez leguas de Valladolid.

CECILIO: ¿Y quién te invitaría?

JOSÉ: Nadie, señor. Estando en la hacienda he visto pasar todos los días a centenares de hermanos nuestros que van con rumbo a Culumpich conduciendo fardos de víveres, los seguí y me enteré de la causa. Después supe que aquí se reunían, y he venido. Si hice mal…

CECILIO: No, pero cuento con tu discreción. Como has visto, nuestras actividades son muy peligrosas. La menor información de ellas que llegue al gobierno puede significar el fracaso de nuestros planes.

JOSÉ: Descuide, señor, seré una tumba.

RUDESINDO: Además, el hermano está en apuros, jefe.

CECILIO: ¿Qué apuros son esos? Habla, muchacho…

RUDESINDO: Yo voy a decirle: su patrón el señor Miguel Gerónimo Rivero, sospechando que José fuera adicto a la causa india, lo ha mandado azotar retirándole todo salario.

CECILIO: ¿Así lo ha hecho ese bribón?

RUDESINDO: Y no es todo lo malo que le ocurre al hermano. Tiene a su hijo enfermo de fiebres y carece de dinero para su curación.

CECILIO: Estos son los dramas que todos los días vivimos los indígenas. ¡Y todavía hay quien se apiade de los blancos! No te preocupes más, muchacho, yo te sacaré de apuros. Mi secretario Flores te dará el dinero que necesitas. Yo también soy pobre, pero te ayudaré.

JOSÉ: Gracias, señor. Le juro que desde hoy correré la misma suerte que usted corra y la que corran todos mis hermanos de raza.

CECILIO: Así se habla, muchacho. Que te conserves bien. Y a ustedes (Dirigiéndose a los Puc) mis queridos amigos y compañeros de luchas, vuelvo a recomendarles que estén pendientes de las noticias que les comunicará Manuel Antonio. A su hora, enviaré correos a las poblaciones.

SANTIAGO: Está bien, señor; adiós.

MANUEL ANTONIO: Espérenme afuera. Regresaremos juntos. Hablaré unos minutos más con el jefe. (Se van los cuatro.) Es indispensable que yo reciba carta tuya muy pronto, Cecilio.

CECILIO: Antes del próximo domingo te escribiré. Te ruego que estés pendiente y procura abstenerte un poco de las libaciones a que eres tan afecto.

MANUEL ANTONIO: Descuida, sé lo que tengo entre manos.

JACINTO: ¿Mandas algo más?

CECILIO: Te hago la misma recomendación. Estate alerta de la llegada de mis correos a Culumpich. Si no recibes ninguna orden en contrario, entiende que estamos en lo dicho: el 15 de agosto será el día grande.

JACINTO: Ojalá que no se imponga una nueva demora. Hay acontecimientos en el panorama político. Sabes que el 18 de este mes se efectuarán las elecciones de gobernador convocadas por Barret, y naturalmente todos esperan que los resultados favorezcan a D. Santiago Méndez, por lo que una vez más el partido barbachanista habrá de manifestar su descontento con alguna sublevación…

CECILIO: No importa, eso nos estimula. Los blancos se van debilitando con las continuas divisiones y ello nos abrevia muchos obstáculos al mismo tiempo que nos facilita la tarea de acabar con nuestros enemigos. Tal vez mis palabras no te convenzan mucho, porque sé que tus simpatías se inclinan hacia Barbachano.

JACINTO: Bueno… te diré que es el gobernador con quien más íntimamente me he relacionado y me da la impresión de que puede ser útil para nuestros fines de dar un gobierno indígena a la provincia, lo que nos permitirá ser quienes les impongamos las leyes a ellos.

CECILIO: ¡Un gobierno indígena! Sigues soñando, mi querido Jacinto…

JACINTO: Vaya… ¿Vamos a volver a discutir? Nada jefe, dejémoslo para su hora. Los acontecimientos darán la razón a quien la tenga. ¿Qué piensas, Manuel Antonio?

MANUEL ANTONIO: No sé, tal vez lo mismo que tú. Ya veremos si nos será posible expulsar de Yucatán a todos los blancos, mandarlos al extranjero, y librarnos de ellos sin derramar sangre.

CECILIO: ¡Ilusos, más que ilusos…!

Oscuro

 

Fernando Muñoz Castillo

Continuará la próxima semana…

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