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JUDAS
Un amigo sólo tuvo el Nazareno;
un amigo sólo, cariñoso y bueno.
Cuando niños, juntos salían al campo
a los dos seguía, como sombra, un lampo.
Cogían la fruta, cortaban las flores
y aprendían cantos de los ruiseñores.
Herían sus plantas corriendo entre piedras
y sus albas túnicas rasgaban las hiedras.
¡Qué par de rapaces más bellos y listos
doquiera uno estaba, los dos eran vistos..!
Las tardes rituales, mientras el sonoro
confín del espacio poblábase de oro
y en los sicomoros dormían los vientos,
la Virgen María les contaba cuentos
y San José dábales juguetes que hacía
con el sabio torno de su fantasía.
II
Y Jesús oyó la voz del Increado;
se ajustó la túnica y dejó el poblado.
Y poseído de locura divina
recorrió su celo toda Palestina.
Por sendas tortuosas, por llanos polvosos
van los dos amigos, lasos, sudorosos,
esparciendo el grano de la Nueva Era,
arando en los pechos, domando la fiera
maldad en los tiempos. Y Jesús curaba
las lepras del mundo. Y Jesús hablaba
palabras sublimes que no comprendían
las chusmas imbéciles que su voz oían.
El otro seguía sus pasos divinos
por pueblos y aldeas, montes y caminos;
pero él no creía. Iba por costumbre
sufriendo los miasmas de la muchedumbre
por amor a Él sólo, a Jesús, por Él,
iba a donde Él iba, cariñoso y fiel.
III
Ha llegado el tiempo de la profecía.
El Hijo del Hombre subirá en su día
la temida cuesta del monte maldito.
Su sabiduría no acallará el grito
de plebe irredenta, ignara y lasciva,
y chorreará sangre, y lodo y saliva
el cuerpo ultrajado; pero en tanto llega
la hora señalada, Jesucristo ruega
por buenos y malos, por muertos y vivos,
en el santo huerto de cedros y olivos.
El tiempo pasea por el cielo impávido,
la teoría fúlgida de sus horas, ávido.
Jesús en la piedra reclina la frente
y llama a su padre, tierna, humildemente.
Sus miembros vacilan, se rompen sus venas,
sus dulces pupilas de lágrimas llenas
eleva al espacio: “Padre mío, aleja
de mí este cáliz”. La luna refleja
su disco en los ojos que lloran; que piden
ansiosos un signo en la sombra, que miden
los siglos futuros que abrirá su vida
a la luz sacrílega de la hora deicida.
No le desfallece la muerte cercana;
el grano que hoy siembra será mies mañana.
No le abate y postra la humana estulticia
Ni la mascarada vil de la justicia.
No el rumor creciente de la muchedumbre,
que muge en el llano y ruge en la cumbre,
irrita la gracia de su mansedumbre.
El mundo futuro construirá su templo
sobre sus dolores y sobre su ejemplo.
Un amigo sólo tuvo y ése, ahora,
marcará el minuto de su última hora.
Porque así no sea, Jesús sangra y llora.
No sea el amigo quien, falaz lo entregue;
quien traidor, lo venda; quien mendaz, lo niegue;
pero deja el cielo que el dolor taladre
el pecho que clama por los hombres: “Padre
los designios de tu pensamiento arcano
¿no puede variarlos un dolor humano?”
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Un beso cobarde, un tierno reproche
y piérdese Judas en la eterna noche.
Las sombras deambulan trágicas y mudas…
¡La tierra propicia, dará muchos Judas!
1931
Alfredo Aguilar Alfaro
Continuará la próxima semana…





























