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Tinta en la piel

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“¿Al menos se ve bien?” –preguntó Escalante a su aun no muy sobrio compañero.

“Ah…sí. Tampoco es para tanto.”

“Si te hubiera pasado a ti estarías lloriqueando” –contestó molesto Escalante.

No podía apartar la mirada de su costado en el espejo de cuerpo completo, más bien, al nuevo ocupante en su costado.

El tatuaje era bastante complejo, demostrando que había sido hecho por un profesional. Hasta ahora esa era la única pista que tenía para ubicar al hijo de perra que imprimió la imagen de lo que parecía ser un cráneo con un símbolo desconocido en la frente, sobre un rosal con espinas que se veía seco.

Por más que lo intentaba, no podía recordar en qué momento de la noche anterior se lo había hecho. Hubo una fiesta en la disco que frecuentaba, haciendo los negocios de siempre. Ser “dealer” no le había causado ningún apuro desde que cambió su ubicación para atender discotecas y bares de la parte más alejada de la ciudad. Aunque las autoridades estaban demasiado ocupadas ignorándolos a él y a sus dueños, nunca se hubiera puesto lo suficientemente cómodo como para llegar a embriagarse, en especial en fin de semana, cuando las ventas aumentaban.

“¿Crees que haya sido el viejo de la 31?”

“A lo mejor…”

Pero Escalante dudaba.

Sus primeros tatuajes se los habían hecho en prisión: unas ostentosas pistolas en rosales con su nombre decoraban su espalda. Después de salir, le agarró el gusto y empezó a hacerse más.

De todos, el Viejo del establecimiento “Tinta Eterna” había sido su tatuador favorito: era bastante discreto con su clientela y no pidió ser pagado con drogas, al enterarse cuál era su ocupación. Desde entonces se había hecho con el Viejo (hasta ahora el único nombre con el que el que se dirigía a él) más de cinco tatuajes, siendo el del pecho su favorito: Un intrincado corazón con alas, serpientes y toda la cosa.

No creía que el Viejo se atreviera a hacer algo así, incluso si existiera alguna clase de problema entre ellos. Era el único tatuador de esta parte de la ciudad que podría realizar este tipo de trabajo, así que inmediatamente le adjudicaría la autoría a él. No creía que fuera tan estúpido. A menos, claro, que hubiera sido el mismo Escalante quien se lo hubiera pedido.

Se golpeó la cabeza con la palma de su mano un par de veces, intentando liberarse de la niebla en su cabeza que la cruda de la noche anterior había generado.

Al intentar imaginárselo, la imagen del Viejo entrando de hurtadillas a su cuarto para proceder a tatuar a un inconsciente Escalante solo para molestarlo era simplemente ridícula.

Incluso si fuera así ¿por qué hacerle un tatuaje que no era diferente en absoluto a los que ya tenía? De hecho, una de las razones por la que no le molestaba tanto era porque el trabajo era bastante bueno.

Decidió ir a verlo. No perdía nada. Lo visitaría después de hacer sus rondas del día. Pudiera ser que él supiera algo al respecto.

Se dio una ducha para despertarse y dispersar la cruda de una jodida vez. Sin tiempo para un desayuno que le habría ayudado a quitarse el hambre, se fue con un pan en mano. Entre mordiscos, le dijo a su compañero que volvería tarde.

Éste apuntó al anaquel donde se encontraba su pistola. Escalante le dijo con la mirada que “no era para tanto”. La pistola solo la llevaba cuando tenía que hacer ventas e intercambios a clientes específicos, o cuando era enviado a las afueras de la ciudad, algo que raramente pasaba. Además, llevaba un cuchillo al que podría darle uso en caso de que las cosas se pusieran más feas de lo necesario.

Mientras caminaba a la casa de su primer cliente, terminó de comerse el pan, y siguió sintiendo hambre. Pronto eso le preocupó, pues la constante hambre era una señal de que probablemente había tomado algo más que cerveza la noche anterior. No era raro que se tomara algo para calmarse entre turnos, pero era extremadamente cuidadoso con respecto a la cantidad que ingería. Había visto lo que su propia mierda le hacía a la gente que abusaba en su consumo.

Mientras pasaba el día haciendo tratos y ventas, no dejó de sentir frio. Llevaba solo un pantalón vaquero y una chaqueta negra de manga corta, su favorita, pues le permitía presumir sus tatuajes a los demás. Aun así, era mediados de julio y el viento estaba tan cargado de calor que no debía haber razón para que él se sintiera tan helado. ¿Posiblemente se le bajó la presión? Eso tampoco era buena señal.

Se compró una coca y decidió terminar sus rondas, para ir a ver al Viejo de una buena vez.

Llegó a las puertas del establecimiento y tiró su botella vacía. No le había ayudado mucho con los escalofríos y, ahora que se daba cuenta, tampoco le ayudó a quitarse la sed.

El lugar estaba cerrado, pero Escalante entró al establecimiento por la puerta de servicio en el callejón a un costado del edificio.

Encontró vacío el vestíbulo. Llamó al dueño. No hubo respuesta. Llamó un par de veces más y, antes de que pudiera hacerlo nuevamente, su mirada se posó en uno de los espejos que había en el lugar.

Abrió su chaqueta solo un poco para mirar el nuevo tatuaje en su… ¿abdomen?

Escalante cerró fuertemente los ojos. Cuando los abrió, el tatuaje seguía en ese lugar. Revisó entonces su costado derecho, en donde estaba el tatuaje esa mañana, y no encontró nada. Podía asegurar con su vida que se encontraba ahí. ¿O tal vez eso creyó? Bueno, estaba aún ebrio cuando lo revisó la primera vez, así que era probable que confundiera dónde en realidad estaba.

Finalmente, ahora completamente seguro de que había tomado algo, atravesó la puerta a su izquierda y se dirigió a la parte posterior del establecimiento.

El Viejo estaba tirado boca abajo en un charco de sangre. No, no sangre. Tinta.

Su boca y sus ojos se encontraban abiertos. Su cuerpo destacaba en el centro de un caos: todas las mesas de trabajo y sillas habían sido volteadas, casi todos los espejos estaban rotos, las máquinas de tatuaje estaban tiradas, y los frascos de tinta habían sido abiertos y su contenido regado por el piso.

Escalante se quedó quieto, haciendo lo posible por no tocar nada, sin dejar de mirar el cuerpo. Nunca había estado en una situación como esa, pero había escuchado las experiencias de otros dealers que habían tenido que lidiar con peso muerto. En este caso, él la tenía bastante fácil: no había tocado nada y todas las personas que lo conocían sabían que a esta hora estaba en sus rondas; suficiente para una coartada.

Tomando en cuenta la clase de clientela que dejaban entrar aquí, a nadie le sorprendería que esto eventualmente sucediera, aunque no podía creer que alguien quisiera lastimar al Viejo.

Por un momento se mareó y casi se cae. Jamás había visto un cuerpo antes, pero esa no era razón para que se pusiera así. Algo estaba mal con él. El frío que sentía ahora había aumentado, junto con la sed y hambre.

Tuvo que contenerse para no sujetarse de la perilla de la puerta junto a la que estaba para mantener el equilibrio. Mientras se recuperaba, miró por última vez el cuerpo.

La cara del Viejo. La tinta. Estaba saliendo de la boca y ojos del cuerpo. “…Al final, va a terminar sangrando tinta…”

Entonces lo recordó. Casi todo.

Le volvió a la memoria la chica.

Había estado en la disco. Fue una noche animada, llena de jóvenes que recién salen de sus escuelas. Buen momento para iniciar a futuros clientes. Entre la cacofonía de la multitud, la música estruendosa y las luces de colores, la vio.

Era una chica pálida de cabello oscuro, con camisa negra sin mangas, y falda corta del mismo color. Parecía lo que su compañero de cuarto solía llamar “gótica drogadicta”. Incluso traía las botas y el maquillaje corrido.

Escalante no perdió tiempo. Las blancas siempre habían sido sus favoritas y las más fáciles de atraer. Parecía perdida, sin reconocer el lugar ni quienes la rodeaban, por lo que la descripción no estaría completamente fuera de lugar. Si ese fuera el caso, mejor para él. Era aquí cuando tener un surtido de drogas te hacía el que tomaba las decisiones.

Entre exclamaciones confusas y miradas que iban dirigidas a la nada, logró llevársela arriba a los cuartos VIP, cortesía del dueño del club, otro de sus clientes.

En el camino al pasillo que los llevaba al cuarto, ella empezó a balbucear.

“No…No solía hacer estas cosas…María me convenció… ¿Sabes algo de María?… Buena chica. Creo…creo que no está bien. Creo que estaba herida la última vez que la vi…creo…”

Mientras la llevaba, notó que la palidez de la chica era tal que sus venas se podían ver, dibujando raíces oscuras por sus brazos, cuello y rostro. Pese al maquillaje, observó los bultos en sus ojos. No eran cosas que a él le importaran.

“¿Seguirá en casa? No la volví a ver después de comprar la tinta” –continuó la muchacha.

Guardó silencio. Parecía que estaba pensando en lo que iba a decir.

“Fue idea de ella…decía que era exótica, de Asia o algo así. Yo solo creí que era una excusa para usar una tinta natural barata. Igual lo hicimos… Me gustó el resultado…En ese momento no lo odiaba… Aún no lo odiaba…”

Abrió la puerta del cuarto, cerrándolo detrás de él y la llevó al amplio sofá, donde ella se recostó. Empezó a desvestirla, quitándole la falda y las bragas. Cuando estaba por ponerse encima, ella se levantó una vez más.

“Creo que el anciano quería ayudar, pero no hizo diferencia… Al final va a terminar sangrando tinta, como todos…”

Excitado, no iba a empezar sin antes verle los senos. Le quitó la blusa. Ella veía al techo, con la mirada ausente.

El tatuaje. El cráneo con el símbolo extraño en la frente, en medio de sus juveniles pechos, se veía bien; resaltaba el rosado de sus pezones.

Comenzó a ponerle la mano encima cuando la chica, cuyo nombre nunca supo, le miró directamente a los ojos y habló.

“Creo que le gustas a ella…”

Luego, nada. Oscuridad. Vagamente recordaba salir de la disco e irse a su departamento. O eso creía que había hecho.

Escalante regresó de su ensimismamiento y se dio cuenta de que estaba mirando directamente a la mancha de tinta que, por alguna razón, se hacía más pequeña.

El miedo le llegó de repente.

Con trabajo salió de la habitación. No pudo resistir observar su reflejo en el espejo junto a la puerta de servicio. Sintió espasmos mientras levantaba levemente su chaqueta para mirar su abdomen.

Enfrente del espejo, el tatuaje del cráneo se encontraba en medio de su pecho. El cráneo ahora tenía el corazón con alas entre sus mandíbulas, llenas de colmillos, haciéndolo sangrar, las alas rotas y dobladas. El rosal había florecido para convertirse en un robusto tallo de flores negras cuyas espinas parecían extenderse por todas direcciones, más allá del área del torso.

El pánico lo abrazó. Salió al callejón, sin saber qué hacer.

Sintió una gran presión en el pecho. Tropezó y cayó. Sentía debilidad en todo el cuerpo.

Trató de tranquilizarse, razonando su situación.

Había tomado algo. O alguien lo había drogado. Debía haber sido eso. Era la única explicación para la falta de memoria, los temblores, la debilidad en su cuerpo, la abundante sed y hambre.

El tatuaje seguía en su lugar, estaba alucinando por culpa de lo que fuera que estuviera corriendo en sus venas.

Comenzó a oxigenarse, una bocanada de aire a la vez, y se incorporó lentamente.

Una rama de espinas empezó a reptar en el dorso de su mano.

Escalante se paró de un salto, intentando caminar hasta el fondo del callejón, mientras observaba con una mezcla de fascimiraba hacia su pecho. Las raíces de espinas habían empezado a moverse, como una animación de blanco y negro o, en su caso, café y negro. Trastabilló hasta el final del callejón, apoyándose en la pared.

No había de otra. No iba a terminar como esa chica.

Sacó su cuchillo y se quitó la chaqueta.

Trajo de su memoria la ocasión que vio un video en su celular de una ejecución de unos miembros de un cartel. Los sujetos se turnaban para cortar los dedos y orejas de la víctima, continuaron quitándole pedazos de piel del rostro, para finalmente decapitarlo.

Sin pensarlo más, acercó la punta del cuchillo hacia su pecho.

Inmediatamente el cráneo giró, mirando hacia el cuchillo. Cuando clavó la punta, el tatuaje se movió.

Escalante gritó al enterrar el cuchillo. Lo deslizó hacia arriba, tratando de formar un arco por encima del tatuaje. Su mano temblaba, y sus ojos se llenaron de lágrimas, dificultándole ver lo que hacía.

El cráneo respondió a esto moviéndose y agitando sus múltiples espinas. Parecía un pulpo moviendo sus tentáculos en el agua para impulsarse. Empezó a bajar por el pecho.

Escalante, en un movimiento reflejo, sacó el cuchillo y lo clavó en medio de las cuencas vacías del cráneo, justo debajo del extraño símbolo.

El cráneo simplemente se alejó de donde se había clavado el arma, dirigiéndose hacia el abdomen, las cuencas y la sonrisa de la calavera parecían burlarse de la expresión de horror de Escalante al darse cuenta de lo que había hecho.

Pegó su espalda a la pared y cayó sentado, agarrándose la herida que sangraba abundantemente. Se quedó quieto, sintiendo cómo el cansancio se apoderaba de él. No podía saber si la herida había sido fatal; como sentía frío desde antes, no estaba seguro.

Intentó alcanzar su celular. Estaba en uno de los bolsillos de su pantalón.

Llamaría una ambulancia, en el hospital sabrían qué era lo que tenía, lo arreglarían, lo ayudarían…

Se quedó de piedra.

El calor de la sangre que escurría por su mano se había ido, siendo remplazado por un frío líquido que fluía por su herida.

Miró hacia abajo.

De sus dedos una substancia negra empezaba a descender.

***

REPORTE DE LA OFICINA DEL FORENSE

El sujeto conocido como Eduardo Escalante fue encontrado muerto en las cercanías de la tienda “Tinta Eterna” cerca de las tres de la mañana del domingo. El sujeto parece haberse quitado la vida, apuñalándose varias veces. Sin embargo, el estado del cuerpo no descarta la posibilidad de que su muerte sea un trabajo de algún grupo criminal. El cuerpo había sido drenado por completo de sangre por medios desconocidos.

Algo similar mostró el cuerpo de José Esquivel, el dueño de la tienda, encontrado en el cuarto trasero de su propiedad.

Junto al cuerpo de Escalante se encontró un celular, el cuchillo usado por la víctima, más de $20,000 y diez paquetes pequeños de metanfetaminas.

La investigación continuará debido a las discrepancias entre las fotografías en nuestros archivos, tomadas en la cárcel, que lo muestran fornido y con el cuerpo tatuado, mientras que el cuerpo encontrado estaba completamente desnutrido y sin ninguna clase de tatuaje en su piel.

Fin del informe.

HUGO PAT

yorickjoker@gmail.com

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