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Te Amo en Tres Palabras (II)

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XXXVIII

Continuación…

Te amo en la montaña y en el bosque…

Árboles retorcidos por el canto

de las aves, y erguidos en el tiempo,

y relojes del tiempo… Yo he soñado

árboles que caminan en la noche

de mi amor hacia ti –sonámbulas raíces–,

llorando con un llanto seco y acompasado.

Árboles como dioses, como niños,

como niños y pájaros y árboles,

como hombres que rezan implorando

paz al viento que pasa huracanado.

Pero hay árboles, árboles y hombres…

Hombres tan primitivos que olvidaron

fácilmente el sombrero por ganarle

espacio a la cabeza y a la lluvia.

Oh, pero ellos no saben, no lo saben,

que los árboles mismos inventaron

su sombrero muy alto, y yo lo digo,

lo digo por mi amor derramado en los mares.

Te amo en la montaña y en el bosque

–decía– y sí te amo por tus hombros,

y por mi hambre de hombre destruido

por un amor flexible y deshojado

por dentro, como un árbol,

–un flamboyán–… Las hojas las recojo

y el alma luce con su carga, estrellas.

Te amo por tu voz y por tu nombre,

y tú lo sabes por mi nombre. Amo

tu voz de lluvia fina, de esmeralda,

tu voz diciendo de tus ojos

palabras de cristal y cristalinas,

tu voz, suave presencia de tus ojos

en forma que se oyen, aunque digan

tus ojos sus palabras sin sonido,

a veces, si es cordial silencio muchas veces

tan sonoro de ti si estoy contigo.

Te amo por tu voz de madreselva,

de trigo y de cantárida, te amo

por tu voz del espasmo, cuando sufres.

Te amo en tres palabras: YO TE AMO,

y te amo también porque lo sabes,

oh mía, oculta en mis sedientos dardos

por decir que te amo, que te amo.

Te amo por tu boca que se besa

a sí misma al hablar, y por tus ojos

resbalando en mi lengua hasta gustarlos,

y cayendo en mis manos confundidos

con la sensual tristeza de mi tacto.

Te amo cuando pisas la hierba y no lo sabe

la hierba, pero el cielo se estremece,

y cuando dices: “Bien, esto es muy lindo

y su frescura se me sube al rostro”.

Te amo por tus pies y por tus brazos,

dulces raíces como dulces flechas;

raíces, unos, si caminan, y otros

si en actitud de orar gime tu cuerpo…

Raíces de tus pies, sobre la tierra,

en el agua y la tierra, sobre el sueño;

raíces de tus brazos

aéreas sosteniendo tu belleza.

Te amo en una isla abandonada

por el hombre, una isla de papel,

con pedazos de nube en el silencio,

en la que sólo pájaros alientan

con un estar de fiesta por nosotros.

Te amo en una casa destruida

en el mar; las gaviotas en el cielo

subrayan mis lecturas preferidas:

Nietzche y Pascal y los poetas místicos.

Y te amo y te amo y no es posible

romper el grito de mi amor… Te amo

por tu cuerpo, raíz felinamente

ondulante. Te amo por tu cuerpo,

raíz de carne y hueso, raíz grande;

por la raíz del cuerpo de mi alma

y por el alma de tu cuerpo. Grito

en voz baja mi amor por alcanzarte

y flechar en tu espíritu la flecha

de la esperanza conmovida en gritos.

Y te amo en la paz y por los nervios,

estos nervios, la guerra del espíritu,

y este espíritu mío de los nervios.

Si, te amo en el cuerpo y por el alma;

de ahí que yo te ame con el largo

deseo de un amor crucificado,

con muy honda y atlántica zozobra

clavada con puñales y con clavos

apuñalada por la vieja sombra.

Esta mi vieja sombra de los días

parados en el ángulo del sueño,

donde se han dado cita tus pestañas,

las aguas gemebundas de tus ojos

y el río inexpresado de mi fiebre…

Te amo, yo te amo, y no es posible

decir ya más si sabes que te amo.

Clemente López Trujillo

México, D.F., 1940.

Continuará la próxima semana…

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