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Perseguir El Mito
VIII
Habrá que perseguir el mito dentro de nosotros,
el mito que nos hará despedazarnos.
EN MEDIO DEL FUEGO
Me he quemado al preparar los dardos para la cacería,
las lágrimas ahogaron la fogata.
Yo
bajo esta sombra del eclipse,
recapacito esperando la bruma de mi amada.
Yo bajo la luz que el rayo deposita
en el árbol seco que detuvo el tiempo,
pienso y distingo.
He aquí el valle luminoso:
tus piernas,
la cacería de coyotes a que me dispongo.
Tú, exhumando furias y royendo los tobillos,
sigues atada a Mí,
y las palabras no tienen sentido en el aletazo.
Yo como una fruta más del árbol de la Muerte,
en la confusión hiriente de perseguir ternuras,
apedrear el sentimiento
en esa posibilidad de amor que me regalas,
en que te obsequias ajena,
permanezco.
CON TUS RAMAS DE VIDRIO
palidecemos cada remolino de silencio,
cada célula que ha borrado el viento en nuestra calle,
volcando los sepulcros.
La noche y los cervatos se alejan con la luz
y esas nubes bajo tu vestido…
El diamante en la luz de las estrellas
esa luz la luz que aborrecemos tanto.
Con tus ojos teresa de piedra sangrante,
los sepulcros abiertos en nuestros lomeríos,
y la paz que se dibuja con la niebla.
Como la noche cuando el alba
tejió sobre tus hombros el tatuaje de vidrio que tanto te gusta.
La madrugada de espinas y cruceros insomnes
y esa lluvia…
Llueve llueve y con cada golpe
la distancia crece hacia los matorrales del sueño,
hacia los cuerpos en que me he rendido
por cada borrasca que te va dejando seca,
pálida y pisando los brazos del insomnio.
Así era la luz la luz la luz que nos olvida
y así eran tus ojos sangrantes.
La luz de tu vestido de pedrería imaginaria,
de nube gris y arcoiris indefenso.
Voy sobre el asfalto a entregarte margaritas,
hasta ser tan sólo la rama del árbol que cruje y el pájaro de jaspe,
la raíz en que contienes el aire enrarecido por el humo,
el cielo herido ya por tanto eclipse,
por esos años que nos van despedazando,
y nada queda sino esta veladora y algunas cuentas de mercurio
encima de las teas,
algunos humos dioscuros para una vida dependiente.
Carajo nos amamos, y los cuervos de la repisa se revisan el plumaje
Carajo, las luciérnagas de nuestros labios trozando el viento,
el uno encima del otro y las cabelleras crujiendo con las ramas,
el uno bajo el otro y los gatos se descubren impuros,
el árbol crecido de nubes y el arcoiris abarca la torcida lengua.
Cuídame de tanta piedra
No me dilates te digo encimando los aullidos
en esta calavera lúnica en que me descubres siempre bajo tu sombra.
No me dispares al epicentro
de tus espinas y cardos lunares parricidas espermáticos.
Nos hemos vuelto coráceos,
como las calles de estrellas que diluyen,
y esas ráfagas que deja el ojo frío,
el ojo neutro de nuestras distancias renovadas,
la pesada ceniza que se filtra entre las nubes,
y los remolinos rendidos a la noche.
Quedan el silencio y su neón sobre cada cuerpo desgarrado,
sobre cada piedra que se percibe intacta.
Es tu manto teresa tu mano
de iridio que no sucumbe al torrente del tiempo,
tu pierna de roble elástica elástica la montaña donde me guardo,
la luz que me envenena,
el disperso tiempo y las horas como tropezones,
y por siempre es la vida para beberte cada pómulo de lomeríos y diamantes,
sí teresa diamantes diamantes los circulares pechos en que me disuelvo,
gris tan gris como mi propia ardilla que precipita cada noche
cada mutación del sino de mi rostro en cada árbol,
ese pálido fulgor de la sequía negra,
yo y el maldito venado de mi nombre,
ese brujo encandilado por la carretera que soy,
por el agua que soy,
por la leche silente que soy al entregarme.
Soy esta sierpe que se curva sobre cada bosque imantado de quebrantos,
en cada muralla lo sabes
todo ocurrió esa noche que se violentaron las peceras de mi cuerpo.
Todo fue rendirse sobre el prado ambivalente y el columpio que me presentía
fiero por tu catarro de dioses inseguros,
por cada talón con que despides la lepra,
con cada movimiento en que te escapas
de mi patria,
de la memoria lúcida del aquelarre,
de ese cadáver florecido por los filos giratorios de cada río que me recorre el cuerpo.
Escorpiónicas mis piernas cardos cardumen de equilibrista mágico,
porque mágico es tu cuello para la soga de mi brazo,
para esta fogata en que me consumo
con el licor propicio en la mirada,
y el aletazo a ciegas.
Esa transparencia del sonido de tu carne,
esta ave negra que soy en cada ceja tuya,
en cada picotear la espera,
con todo mi demonio translúcido,
mi gobierno de duendes y panteras blancas que te hacen la corte maldita cortesana.
¿Qué no ves que te he acercado las mareas,
que la arena no me basta para poder plantar mi huella en tu búsqueda?
¿No lo notas?
¿No lo alcanzas a dibujar en cada arremetida de cabras a tu costado?
¿No te has dado cuenta cebolla mágica?
Mañana todos con nuestro rostro de cobre,
y ese vestido de pedrería imaginaria,
seremos esa luz en el plumaje voltaico,
la siempre viva hambre de pertenecerte.
Seremos la distancia perezosa de árboles en el estío,
esas puertas que no resisten el paso de las barcas,
o esas caracolas de odio que se regodean en tu luz.
¿No logras reconocerlo?
He aquí las margaritas que siempre tengo dispuestas junto a la ventana,
un poco de miel un poco de agua serán todas las abejas las que promulgarán sus intemperies,
donde no hemos vuelto a equinocciarnos porque no hay motivo
nada más que tus cejas duras y maquinistas del tiempo donde me guardo los lobos,
tus cuartos amplios donde me recibes,
y el beso tan delgado y húmedo en que palidezco.
Oh mi teresa de las fábulas tú me preguntas si estas flores eran para ti,
si cabrá esperar otra madrugada para atragantarnos el uno en el otro
con cada semilla que depositas en mi lengua.
HAY QUE VER SI ME HE VUELTO SOMBRA,
si mis dobleces sólo son aullidos,
o si el animal que me presiento guardó su polvo sobre la palma.
Si parto de la noche hasta el ágora en que nos refugiamos
todos juntos,
espantando las ampollas del vientre.
Bebe en mi pecho Esa oscuridad me pertenece
Guarda tus filos sobre mis orejas.
No hay más que un somnífero en qué rendirme.
NO HAY BATALLAS
ni rendimientos insanos sobre esta devaluación constante,
porque nada es como fueron los huracanes refugiados en tus mejillas.
Ahí la milpa del sueño
y acá,
un poco de perdón por cada noche de embarazo que no tuvo remedio
lo sabes:
cuando un faro se apaga, dónde irán los marineros atravesándonos la costa.
La entrepierna o la caries no se justifican,
porque no se justifica el abandono de un hombre que te vio crecer el cabello,
que te vio arrojar los condones en medio de esa risa tuya tan tenue,
tan coloradita tu risa tan de pocos pies y caminando encima de las puntas del sol.
Así era tu risa,
una columna de agua que luego ensancha en río,
en cascada océano,
y vamos todos hacia los abismos y profundidades que brinda tu respiración.
Cada amígdala desangrándose:
Disculpe usted que no le preste mi pañuelo
pero el niño duerme
y la cama no deja de moverse mientras te veo la nuca.
Hay una voz nueva teresa en cada noche,
y me he quedado a guardar cada pedazo de playa que caminamos de la mano del diablo,
Juntos nos fuimos atravesando los manglares,
y esa doble hembra que eres me salió hacia el rostro.
La dulce niña filosa que se arranca las botas industriales y carga el látigo,
y esa intelectual profesionista que sabe pedirle a gritos a su macho que la monte,
Así eres teresa de cristal y óxido en cada lanza que va atravesándonos el vientre.
Vamos a crucificarnos,
que no quedan nuevos himnos dónde salvar la historia.
Adán Echeverría





























