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Un Roto Para Un Descosido

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Un Roto Para Un Descosido

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Las notas de la Marcha Nupcial resonaron en el sacro ambiente, mientras  la novia  caminaba hacia al altar donde la esperaba él, que en unos instantes más sería su marido. La voz del sacerdote se escuchó solemne:

-“Agapito Buenrostro, ¿aceptas por esposa a  Córdula, y prometes serle fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, por toda la vida, hasta que la muerte los separe?”

-“Sí, acepto”, respondió Agapito con una sonrisa insegura que exhibía unos dientes torcidos, disparejos, amarrados con alambres de ortodoncia que le impedían hablar con claridad, y acentuaban aún más la fealdad de su rostro marcado con cicatrices.

-“Córdula  Mirabien, ¿aceptas a Agapito como tu esposo y prometes serle fiel… por toda la vida, hasta que la muerte los separe?”

-“Sí, acepto”, respondió Córdula, conmovida por la emoción. Sus ojos estrábicos dieron vueltas circulares en direcciones opuestas, lo que hizo estremecer al cura cuando las pupilas se escondieron por entre las cuencas, dejando ver nada más  lo blanco de los globos oculares.

-“Pueden besarse”, sugirió el cura y agregó, discreto, dirigiéndose a Córdula, “si usted lo desea.”

Un apasionado beso selló aquella unión que tantos comentarios ocasionara en la oficina donde Agapito y Córdula trabajaban. El estruendoso aplauso de los concurrentes rubricó la ceremonia. Las opiniones de todo tipo sobre la pareja no se hicieron esperar:

-“¡Qué bonitos novios!”, dijo Margarita con sorna.

-“¡Qué enamorados se les ve!”, obsequiosa concedió Fernanda.

 Y Augusto, con actitud benevolente, ceremonioso apuntó:

-“¡Se los dije: nunca falta un roto para un descosido!”

Tres años antes Agapito Buenrostro, Licenciado en Administración, había comenzado a trabajar en la  empresa  aérea Aviasur, después de llenar decenas de solicitudes de empleo y asistir a un número similar de entrevistas, sin éxito alguno. Joven inteligente, fue estudiante distinguido de su Universidad, galardonado con la Presea de Oro por el mejor promedio de su generación en la Escuela de  Ciencias Administrativas.

 Sin embargo, cuando solicitaba empleo, deseoso de iniciarse en el trabajo, observó que las plazas se  concedían a personas que no tenían mayores méritos que él. ¿Qué sucedía? Él mismo se dio cuenta que era rechazado a causa de la timidez e inseguridad que le causaban sus defectos físicos. Cuando niño había sufrido un accidente que le deformó el rostro y lamentablemente la pobreza de sus padres nunca pudo recaudar el dinero para someterlo a cirugías reconstructivas. Para colmo de males, la apariencia de su cara no hacía honor a su apellido, Buenrostro, lo que ocasionaba  comentarios chuscos entre sus compañeros de estudio.

Alguna vez envió solicitud de trabajo a una de esas  agencias caza talentos -head hunter- con la esperanza de encontrar trabajo. Presentó un examen psicológico y de conocimientos que le pareció de mayor formalidad que las anteriores, y las entrevistas fueron  realizadas por expertos en recursos humanos que lo trataron con  profesionalismo. Por último, le pidieron un proyecto para solucionar la supuesta quiebra de una  empresa  aérea, pidiéndole que presentara alternativas remediales en plazo urgente. Después de muchas horas de arduo trabajo envió su propuesta.

Pasado breve tiempo, Agapito fue admitido en la compañía aérea Aviasur recibiendo un sueldo decoroso, y fue asignado al departamento de Planeación, donde le pidieron que adaptara su proyecto a las necesidades de la compañía a punto de quebrar. Le nombraron como auxiliar a una no muy agraciada muchacha con problemas en la visión, que usaba unos lentes de fondo de botella que reflejaban agrandados sus dislocados ojos. Agapito recibió con amabilidad a Córdula Mirabién.

Al cabo de un mes, el proyecto fue presentado al Consejo de Administración de la empresa y puesto en práctica de inmediato. Mientras tanto, el ambiente en las oficinas no era favorable para Agapito: víctima de las envidias de algunos de sus compañeros, éstos no entendían que una persona con tan poco tiempo en la empresa comenzara a sobresalir. Para empeorar las cosas, Agapito empezó a cortejar a Margarita, bella empleada de la que se había enamorado sin ser correspondido, aunque a veces recibía  de ella ciertas señales de esperanza a sus reclamos.

Los dimes y diretes sobre Agapito se pusieron a la orden del día:

-“¡Ah, qué osadía enamorarse de ti!”, exclamó Fernanda a Margarita.

– “Déjalo, pobre”, respondió Margarita. “Nunca le haré caso, solamente le doy esperanzas para divertirme y, como ya es  jefe, bueno, nunca se sabe”, y encogió los hombros.

A lo anterior terció solemnemente Augusto: “Hay que aconsejarle que busque su nivel, que enamore a Córdula. Al fin y al cabo que ¡nunca falta un roto para un descosido!”.

Así las cosas, el proyecto de Agapito dio resultado: la compañía comenzó a recuperarse a partir de acciones como adquirir un crédito bancario de intereses blandos con plazos cómodos, aplicar ciertas medidas que incluían ajustes de personal, mejoramiento de la productividad, rebaja en los precios de los boletos de avión, y atención personalizada a los viajeros. Se tapizaron los asientos con piel, y con elegantes acabados los interiores de los aviones. También mejoró la eficiencia de los programas de mantenimiento de las aeronaves. Todo, apoyado con una publicidad inteligente sobre los cambios en la empresa.

Al poco tiempo, dado el auge de la compañía por la fuerte demanda de boletos que  ocasionara la reforma, Agapito fue ascendido a Director General de Planeación. Y Córdula, que por cierto también era una destacada profesionista de la administración, siguió trabajando con él, apoyándolo en el diseño de las estrategias con novedosas  ideas.

Sin embargo, Agapito se veía triste, porque Margarita unas veces alentaba su pasión, y otras lo castigaba con cruel indiferencia. Córdula, que en la cercanía cotidiana se había enamorado de su jefe, decidió poner fin al sufrimiento:

-“¡Ágapo!”, le dijo indignada y en forma brusca. “Buscas amor, pero no es bueno humillarse o sufrir desprecios de la que no te quiere. Piensa que nadie está obligado a querernos. Ya no supliques, te has convertido en  el hazmerreír de los empleados. Todos se dan cuenta de lo que sucede, menos tú. Date tu lugar, responde con dignidad a la confianza que la empresa ha depositado en ti al nombrarte en tu nuevo cargo.”

Fue tal la vehemencia y el impacto de las palabras de Córdula, que Agapito al fin reflexionó. Guardó silencio, nada dijo en el momento. Durante dos días se le observó callado, apenas atendiendo los asuntos urgentes. Se alejó de Margarita que, extrañada por el cambió, insistió en alentar el amor de su pretendiente, pero la indiferencia de Agapito fue la única respuesta. Se entregó por completo al trabajo y con su dedicación hizo que la empresa prosperara aún más.

No se supo cuando comenzó su amor por Córdula pero un día, en un restaurante, él le entregó a ella un anillo de compromiso. Los vieron cercanos. Las malas lenguas, despechadas, murmuraron. Augusto sentenció:

-“¡Mm, nunca falta un roto para un descosido!”

Muy enamorados, Agapito y Córdula emprendieron su viaje de bodas  a varios países de Europa, regalo de la empresa en premio a  sus talentos y esfuerzos que habían contribuido a la recuperación de la compañía. Además, Agapito recibió el nombramiento de representante de la empresa con sede en París.  En España, una gitana les dijo: “Sus nombres son de buenos augurios, Agapito significa amado, Córdula es corazón, serán muy felices,  tendrán varios hijos.” Después se perdieron por el viejo continente, hasta reaparecer en la Ciudad Luz, lugar ya de su residencia para el ejercicio de sus cargos, y también para algunos pendientes estéticos personales.

Al cabo de dos años regresaron.

Los ejecutivos y empleados de la empresa ofrecieron en su honor una fiesta de recepción. Al arribar ellos al salón, todos se preguntaron sorprendidos si eran Agapito y Córdula. Él ya no tenía la nariz torcida, las cicatrices habían desaparecido, los dientes blancos y parejos exhibían una sonrisa de seguridad. Si bien no parecía artista de cine, el rostro se había armonizado como resultado de una cirugía plástica y atenciones estéticas, con lo que destacaba su personalidad de ejecutivo. Ella ya no usaba lentes de fondo de botella. Unos ojos morunos lucían esplendorosos en la dulce belleza de su cara, y un recién nacido dormía tranquilo en sus brazos.

Augusto, sarcástico, susurró al oído de Margarita, que no salía de su asombro:

“¿Ves? Te dije. ¡Nunca falta un roto para un descosido!”

César Ramón González Rosado

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