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III
Un día se abrieron –¡un día de fiesta! –
flores, muchas flores –¡sublime explosión
de flores! – llenándose de ellas la floresta,
que languidecía ayer sin floración.
Lució sus penachos la amapola enhiesta,
su albor la campánula. ¡Con qué distinción
el lirio romántico, la azucena honesta,
juntaron sus cálices en doble oblación!
No faltó ninguna de todas las flores
en obsequio mío… –¡Dios de pecadores! –
en la alegre justa de aroma y color.
Y yo que no tengo ni caudal ni prenda,
sólo pude darles la rendida ofrenda
de la flor del alma, que se llama: ¡amor!
Alfredo Aguilar Alfaro





























