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Vivencias Ejemplares – Apuntes de un maestro rural

Mi Carrera Política: Una Vieja Máquina de Escribir
Ya instalado, y resueltos en principio mis problemas vitales, empecé a relacionarme con la gente de la comunidad con vistas a mi trabajo como maestro. Mi primera actividad formal fue un censo para conocer a la población escolar, pero conocí mucho más que eso.
Su forma de vida, como todo, me resultaba muy diferente a la nuestra en Yucatán; sin agua, el baño era semanal, y no siempre. Los varones todo el tiempo usaban chamarra y sombrero, y las mujeres ropa larga y rebozo, con excepciones. Eran todos amables y respetuosos, y pronto hice muchos amigos. La gente decía de mí que era de sangre “liviana” y muy “corriente”, en alusión a mi carácter amistoso y confiado. Y les llamaba la atención que vistiera solo con mis camisitas de manga corta, que no usara sombrero y que me bañara todos los días. Me previnieron sobre que me enfermaría por eso del baño, y a la llegada de los fríos me enfermé… pero conservé mi hábito.
Conocí a unos hombres que se decían villistas y con quienes me encantaba conversar, como uno altísimo de nombre Gregorio del Villar, que decía haber sido de sus “dorados”. Ellos me platicaban cosas fantásticas de Doroteo Arango –Pancho Villa– que aún hoy creo que era fantasía, como cuando, según uno de ellos, una mujer llegó ante Villa a quejarse de que su hombre, un soldado de él, no le daba para los gastos de sus hijos y se lo gastaba tomando y con “otras”, entonces le pedía ayuda. “Pos mira, mujer” –que le contestó Villa–, “para eso no tenemos partida; solo hay para las viudas. ¿Cómo se llama tu señor?” La mujer le dijo su nombre y Villa preguntó a su lugarteniente: –“¿Oye, no es el mismo del otro día?” –Sí, mi general. Siempre hace lo mismo.” –“Ah, pero qué jijo de la fregada. ¡Llámamelo p’acá!” Y cuando el soldado se presentó, le dijo Villa: – “¡Óyeme, tú, ¿Por qué no pasas el diario de tus hijos?” –“Pos porque ya no tengo mi general.” –“Pero te la pasas bebiendo animal.” –“Pos es que así me gusta, mi general.” –“Ah, cómo serás cínico, jijo de la peinada. ¡Oye tú!” –que le dijo a su lugarteniente– “Fusílame a este desgraciao y dale a esta mujer su pensión de viuda.” Y así se hizo… Y muchas pláticas de este tipo.
Yo tenía una máquina de escribir, y con ella llevaba registro de mis observaciones. Una noche, tres campesinos me visitaron para preguntarme si les podía hacer un oficio. Mientras me lo dictaban, yo les preguntaba sobre muchas cosas que ignoraba, y al mismo tiempo hacía algunas observaciones. Al otro día me invitaron a una asamblea ejidal a pesar, me dijeron, de que no era permitido. Ahí conocí mejor algunas cosas, e hice algunas reflexiones que la gente aceptó. De la manera más sana e inocente, como hacíamos los normalistas en el internado, opinaba libremente y me identificaba con la dolorosa problemática del campo. ¡No sabía en lo que me estaba metiendo! Así comencé una carrera política que me costó buena parte de mi sueldo, mucho tiempo, mucho miedo, una inquietud enorme durante muchos años y que estuvo a punto de costarme la vida como a muchos de mis compañeros.
El gobierno llegó a considerar que estaba poniéndose en riesgo su control sobre los campesinos, y yo estaba muy lejos de atender al principio su sistema de control y todo lo relacionado con la política y los métodos de gobierno. Yo revisaba con los campesinos las leyes relativas y la Constitución Mexicana, y así pude saber y comprobar cada día que, en sus aspectos fundamentales, eran letra muerta para ellos; que la realidad era muy diferente a la justicia social que la ley pregonaba, y que la revolución no resolvió los problemas de los campesinos.
Pronto me acusarían de “comunista”.
Enfrente de la escuela clavé dos palos y tendí un hilo viejo a modo de red para jugar vólibol con los chamaquitos, usando un balón destartalado que uno de ellos tenía.
Un día vimos brillar una flamante pick up por el rumbo de Mariana, el ejido vecino. Los niños dejaron de jugar. Al rato pasó junto a nosotros y un señor muy blanco –muy rojo– y muy calvo nos saludó con la mano. Sólo yo contesté. Extrañado, miré a los chamacos y les descubrí una mirada ceñuda por primera vez. No sería la última.
–“¿Quién es?” pregunté– “Es el nagualón de Mariana,” contestó uno. Yo no entendí.
En la parte de atrás de la camioneta iban sentadas cuatro señoritas. La pick up siguió a “El Tecolotillo”, que está junto a “El Ahijadero”. No tardó en regresar, pues aquel era el único camino, pero esta vez se detuvo y el señor muy blanco se apeó. Se presentó muy amable, resultando ser el cura de Mariana. Detrás de él bajaron seis señoritas –había dos en la cabina–, muy bien vestidas y bien desarrolladas, con sus uniformes deportivos y un bonito balón. El señor cura nos invitó a jugar y uno de mis niños casi gritó: “¡¿Con semejantes burrotas?!”
MTRO. JUAN ALBERTO BERMEJO SUASTE
Continuará la próxima semana…





























