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Chapat Metnal (Espanto del Infierno)

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Chapat Metnal (Espanto del Infierno)

Allá en Muunil, ranchería perdida en el oriente del Estado de Yucatán, los vecinos acostumbraban –al no tener más diversión– asistir a las tertulias que tenían lugar en el centro de la población, bajo una ceiba plantada al lado de un brocal y empedrado del único cenote en que se abastecían de agua.

Esto comenzaba día con día, al ponerse el sol anunciando la proximidad de la noche. Los asistentes por lo general eran hombres jóvenes, deseosos de oír las emocionantes y sabias palabras del viejo Tib, quien infaliblemente llevaba su plática por el camino de las creencias y las costumbres de sus ancestros, los mayas. Conversaba bien; con modulada voz y calculados ademanes, subyugaba materialmente a sus oyentes.

El día de este cuento era un viernes de abril. Don Tib disfrutaba al referir hechos que tuvieran que ver con los diferentes escenarios que la naturaleza va ofreciendo en el transcurso del año. Abril es la época de la quema del monte, de preparar la tierra para que reciba el agua de la lluvia y, luego, las semillas del bendito maíz, frijoles, chiles y calabazas que proporcionarán el alimento del pueblo y de los animales. Por ello, en abril hay excesivo calor en las tierras del Mayab. El sol es candente y el fuego arrasa tantas y tantas maderas que arden y se desperdician con las quemas. Es la época en que el flamboyán revienta en flores haciendo gala de su nombre y dando albergue a las aves canoras que acostumbran a la hora del crepúsculo, entonar bellos cantos que son verdaderas sinfonías en honor del Dios del agua. Es cuando las ciruelas comienzan a madurar y la polvareda del camino es aplacada por eventuales lloviznas que, además, hacen salir de sus escondites a sapos, ranas, serpientes, arañas, alacranes y otros animalejos que, de quedarse bajo las piedras recalentadas por el sol, al recibir el agua, hierven y por ese efecto morirían. Todo eso era del conocimiento de los oyentes y Don Tib lo sabía, por eso orientó la plática hacia el Chapat Metnal.

Dio una breve introducción e hizo una seria advertencia.

–¿En verdad son machos ustedes? Si lo son, espérense.

–¡Somos machos, Don Tib! –gritaron en coro los presentes, acomodándose para escucharlo mejor.

Don Tib, ceremonioso como era, comenzó tirando hacia atrás el sombrero y secándose las abundantes perlas de sudor que corrían por su frente.

–Esto que les voy a contar, ha sucedido. No es invento mío. Le pasó a Don Chito. Un día, como a esta hora más o menos, volvía de la milpa acompañado de mi perrito. Al cruzar por el cabo donde está la Santa Cruz, a un lado encontré a Don Chito agachado, con los brazos cruzados y sonriente, su sonrisa la noté nerviosa. Pobre Don Chito, temblaba de risa.

–¡Hola Don Chito! ¿De qué te ríes? ¿Qué te pasa? – le pregunté.

–Nada, hermano, nada.

Bajé mi tercio de leña, me senté sobre ella y, abanicándome con el sombrero, nuevamente le dije:

–Te conozco, eres persona seria y formal, por eso me extraña verte en esa posición y, sobre todo, temblando de risa. ¡Algo te pasa! ¡Dime! ¿Puedo hacer algo por ti?

Entonces, habló:

–Me estoy riendo de ese grupo de señores – señalando con su dedo al grupo al que se refería; eran como cinco o seis.

–¿Y qué les ocurre?

–Allá en el centro de ellos hay un Chapat Metnal y cada uno le dice al otro: “Lo viste”, “Lo viste tú primero” y cada uno responde: “No, tú te equivocas”, “Yo no lo vi, tú quizá”, y así sucesivamente. Hace más de una hora que están con esa discusión.

–Bueno, –le dije– están jugando, si eso los divierte, déjalos, Don Chito, déjalos que vacilen su punto. Vamos, pasaré por la puerta de tu casa, vamos.

Don Chito continuó con su risa y parándose me dijo:

–Yo lo vi primero, ellos no lo saben; eso me da risa.

Después de dejar a Don Chito, y de llevar mi leña a la casa, me picó la curiosidad y fui a ver al famoso Chapat Metnal: ahí estaba, en medio de los señores que continuaban discutiendo acerca de quién lo había visto primero. Era un molusco baboso de color encarnado, como de unos veinte centímetros de largo por uno de grueso, con muchas patas que lo mismo iba para adelante como para atrás. Lo estaba observando cuando, de pronto, vino un pavo que, dándole un picotazo, lo partió en varias partes; cada una de éstas andaba igual, lo mismo para adelante que para atrás. El pavo, orgulloso de haber partido el bicho en tres partes, se puso a pavonearse; en tanto, un silencioso pato se acercó y se lo tragó.

De ese modo dio fin a la discusión, cada quien se retiró a su casa. Yo también hice lo mismo. Al día siguiente, como buen campesino, me levanté antes que saliera el sol y me fui a la milpa. Era una mañana fresca, muy musical por el canto de los pájaros que de ese modo agradecen a Dios el haberles permitido volver a despertar. Todo el día, en mi mente estaba prendida la figura de Don Chito, agachado con los brazos cruzados y riendo. Poco después del mediodía sentí que estaba muy caliente el sol y, como me dio dolor de cabeza, decidí volver.

Iba un tanto despreocupado cuando comencé a oír gritos, quejas y llantos; afiné el oído para captar mejor y nada: los gritos eran lastimeros, pero no se entendían. De pronto, al llegar al crucero que está a un kilómetro del pueblo, vi de qué se trataba: un grupo numeroso traía en hombros una camilla hecha con palos del monte, y en ella a una persona acostada. Como eran de este lugar y a todos los reconocí, me acerqué a ver de quien se trataba; grande fue mi sorpresa: el hombre era Don Chito, que estaba muerto.

Me acerqué a Esteban, uno de sus hijos, a preguntarle cómo había ocurrido. Entre lágrimas y sollozos alcanzó a decir: “¡Fue Tito! ¡Fue Tito!” Tito era el tercer hijo de Don Chito.

Me incorporé a la comitiva, y poco a poco me fui enterando del fatal desenlace.

Ese día, sábado, Don Chito animó a sus cuatro hijos y otros cuatro amigos para ir a cazar venados (en el mes de abril por estos rumbos es fácil, porque la sed hace que los venados salgan desesperados en busca de agua y alimento). Agarraron por el sur y caminaron cerca de cinco kilómetros; allá en los campos de una vieja milpa organizaron la batida. A Tito, que era muy buen tirador, le fue asignado un puesto en la mejor posición, contra el viento, para que el venado no sintiera su olor; otros dos, también buenos tiradores, ocuparon puestos de espera; los demás se fueron al clamoreo. Hora y media después, el ruido que hacían los clamoreadores para ahuyentar a los venados y hacerlos pasar por los puestos de espera pusieron en alerta a los cazadores. Se escucharon entonces los gritos de Tito que decía: “¡Lo cacé! ¡Lo cacé!”

Los cazadores al oír los disparos, suspendieron las actividades y se dirigieron al rumbo por donde habían sonado. Tito llegó primero junto a su presa y, al ver que en vez de un venado había sacrificado a su padre, por poco se vuelve loco de dolor y desesperación; la confusión en este caso estaba justificada: Don Chito, para tener mayor comodidad en su labor, se había quitado la camisa y los pantalones, iba en calzoncillos, de tal modo que, en movimiento, al pasar en cuclillas entre los matorrales y las cañas de maíz ya cosechado, el color de su piel fue confundida con la de un venado.

Hasta no hace mucho tiempo no había comprendido lo que había sucedido. Doña X’Sabina, la mujer más vieja de aquí, fue la que me sacó de dudas. Como este hecho no se me olvidaba, se lo conversé a Doña X’Sabina y ella, después de escucharme con mucha atención, me dijo:

–El humano que es primero en ver a un Chapat Metnal queda sentenciado por el diablo a morir; el Chapat Metnal viene del infierno y no escoge. A quien le toca, le toca, y ya. Eso lo sabía Don Chito. Cuando tú lo viste, seguramente ya estaba resignado con su destino, por eso temblaba, pero le causaba risa que los del grupo aquel que te mostró, que sabían también de este maleficio, intentaban quitárselo de encima negando haberlo visto de primero.

El cuento se había alargado, ya era de noche, y de lejos sólo se distinguía el grupo por las luces de los cigarros. Todos se habían callado, nadie quería irse a su casa porque tenían que atravesar la plazoleta y temían encontrarse con un Chapat Metnal.

Amigo, si algún día encuentras a tu paso un Chapat Metnal, no reniegues de tu suerte, no amargues lo último de tu existencia, haz caso omiso de este aviso, disfruta, goza, haz bien y espera que se cumpla la sentencia, que morir es natural, es dulce, es hermoso, es iniciar un largo viaje en brazos del sueño eterno con paz y tranquilidad. Es tan bonito que a todos los que se han muerto les ha gustado, y hasta hoy no han regresado.

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Elly Marby Yerves Ceballos

Continuará la próxima semana…

 

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