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Libros, Tabucchi y Lorca

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El autor italiano Antonio Tabucchi.

Libros, Tabucchi y Lorca

 En saludo al segundo aniversario de Diario del Sureste

Vino más allá de Santa Lucía, más allá de Santa Ana, más allá de Itzimná. Descendió del camión en el corazón, el más loco y caótico de la ciudad, el Lucas de Gálvez, y fue a la feria del libro.

Encontró un stand de libros de filosofía; autores como Foucault, Max Weber, Habermas, Canetti, Comte-Sponville, todos a precios muy por encima de su peculio. Le llamó la atención e interesó un lote de libros en remate, dentro de cajas del detergente Fab; los precios eran de 100 y 50 pesos. Miró uno: El diario de Edith, de Highsmith. Había otros; Auster, Tabucchi y su Sostiene Pereira. Hacía años que no veía a tan bajos precios estos libros.

Portada del libro “Sostiene Pereira, una declaración”.
Portada del libro “Sostiene Pereira, una declaración”.

Quizá fuera porque Tabucchi había muerto. Era el pasado, un recuerdo. Las inhumanas leyes del libre mercado y la promoción y el comercio editorial y quizá también la demanda ocasional. Además, porque mientras vivió fue un referente cultural, un escollo intelectual a la Italia light, relajada, de oropel, reality show, de esperpento, de Berlusconi. ¿La historia retorna? ¿El pasado se repite? ¿Las máscaras y el escenario se mantienen, solo cambian los personajes? 8-11-2016 Remember.

Me extrae de una caja de cartón, me mira, agudiza la vista para leer la portada, la contraportada. Siento una afinidad con el que me tiene en sus manos. Estoy envuelto en una bolsa de celofán. Estoy dentro de un lote de libros que han sido nombrados y puestos a la venta con el letrero “Remate”.

No sé por qué he sido, y ahora no soy, de la preferencia de los lectores. Mi autor me escribió y no he sabido más de él. Mi andar será por cuenta propia. Si soy leído o descatalogado, ahora dependerá solo de mí. Por alguna razón estoy aquí.

Sostiene Pereira fue también la última película homónima donde trabajó Marcelo Mastroianni. Tabucchi fue el escritor estrella de la editorial Anagrama para el mundo de habla hispana. Quizá tal vez como ahora la puerta de Tusquets lo es para Murakami.

Ahora Tabucchi y sus obras estaban descatalogados.

Recordó que hacía algunos años Tabucchi estuvo en Chicxulub Puerto, rentó una casa y se encerró a escribir. Nadie supo de él. Nadie le identificó mientras caminaba por las tórridas e hirvientes calles de la canícula meridana, o mientras frente al mar se bebía con el alma la brisa de las seis de la tarde. Nadie hasta que El País le entrevistó para su suplemento El País Semanal, pero para ese entonces el escritor ya había retornado a Europa, a Portugal.

El libro costaba en remate 50 pesos. Se dijo a sí mismo que vendría el sábado a adquirirlo. También se propuso ir al tianguis de San Roque, para revisar en este sí, de verdad, el remate de libros, para luego bajar al Centro y comprarlo. Pero tampoco cuajó el proyecto. Se quedó en casa.

Si un pintor con dos pinceladas puede hacer el apunte de un sentimiento. La dama con una mirada puede valorar la calidad, la pertenencia, el origen, las personas. No olvidó el rostro. Ya ha pasado un año. Humillados y ofendidos.

El poeta Federico García Lorca.
El poeta Federico García Lorca.

Tres semanas después, en el tianguis de la Colonia Madero se encontró, primero, un libro antología de Federico García Lorca y leyó:

Veleta (fragmento)

Viento del Sur,
moreno, ardiente,
llegas sobre mi carne,
trayéndome semilla
de brillantes
miradas, empapado
de azahares.

Pones roja la luna
y sollozantes
los álamos cautivos, pero vienes
¡demasiado tarde!
¡Ya he enrollado la noche de mi cuento
en el estante!

 

Los encuentros de un caracol aventurero (fragmento)

Cuando niño a mí me dijo

Un día mi pobre abuela

Que al morirme yo me iría

Sobre las hojas más tiernas

De los árboles más altos.

Si mis manos pudieran deshojar (fragmento)

¿Te querré como entonces
Alguna vez? ¿Qué culpa
Tiene mi corazón?
Si la niebla se esfuma
¿Qué otra pasión me espera?
¿Será tranquila y pura?
¡¡Si mis dedos pudieran
Deshojar a la luna!!

Anduvo de aquí y por allá; miró llaveros, juguetes. Allí estaba el libro de Tabucchi. Juraría que era alguno de esos libros que se ofertaban. Limpio, sin rastro de huellas.

Me toma de una manta de plástico extendida en el suelo, ya que ahora estoy sobre y debajo de mantas. No para protegerme sino para que los oferentes se protejan del sol y la lluvia.

Miro las suelas de los calzados diversos, multivariados, a ras del suelo. Las suelas se asientan lentamente, pasan junto a mí, y por milímetros no soy aplastado.

Alguien se acerca, me parece conocido. Me mira de reojo, mis colores le llaman la atención, verde manzana dentro de rojo, o rojo metálico debajo del verde. Se acuclilla, me toma entre sus manos y me levanta.

Sí, es la misma persona de no sé hace cuánto tiempo. Me observa, la misma afinidad. En su mente pasan ideas, pensamientos y recuerdos, como si los circuitos se reconectaran de nuevo, como si todo concluyera donde alguna vez empezó, como si nada de lo que sucede en este momento estuviera desconectado de lo demás.

Soy parte de algo, somos parte de algo.

El rostro se relaja. Ahora no llevo la envoltura, no recuerdo ni quién me empezó a leer. No duré nada. Me abandonó desde las primeras páginas. No hubo química. Me dejó en una bolsa y aquí estoy ahora.

Separa amorosamente mis hojas. Me entreabre, lee aquí, allá. Siento que ambos disfrutamos: ser leído y él leyéndome por él. La simpatía es inmediata, apenas me lee y conoce, pero siente preferencia por mí. Es casi un amor a primera vista. Sin conocerme del todo, me toma en sus manos y me lleva consigo. 

Se detuvo ante la sombra de un árbol, al pie del muro de la escuela, abrió el libro y leyó en las páginas 22 y 23 un diálogo entre dos de los personajes principales y protagonistas: Pereira, el responsable de la página cultural del periódico El Lisboa, y un joven universitario, Monteiro Rossi, que está más que dispuesto a ser contratado para, por dinero se entiende, escribir obituarios de escritores. Dice “incluso el elogio fúnebre de García Lorca.” Casualidad, coincidencia. Así se escriben estas historias.

Disfruto ser leído por las noches. Me tiene en sus manos, acostado en un sofá, el cono de la luz de la lámpara nos envuelve. Lee.

Ensimismados y abstraídos y lo que resulte de ambas palabras, cada quién en su particular existencia, unidos en el acto de la traslación del hecho de conocer, en el intercambio silencioso y mudo, en ese diálogo donde lo que dejó mi creador en las páginas y lo que de él obtiene mi recreador, elabora, reelabora, se trasforma en imágenes, donde cada palabra, cada oración, se traduce, se visualiza.

La Lisboa, los años treinta. Me doy todo. Mi autor supo verter sus pensamientos y sentimientos.

Concluye la lectura. Estoy sobre una mesa y luego me traslada. Observo que hay otros hermanos míos. “Nocturno hindú”, “Se está haciendo tarde”. Estoy en un lugar consagrado a la lectura. Ahora empieza un compás de espera. Para ser. Ser vuelto a leer. Es mejor así.

La penumbra invade la estancia, todo está a media luz. El clima agradable. Algo parecido quizá, si existe, al paraíso de los libros. Esta opacidad es necesaria para que la perdurabilidad ilumine. Sea luz. Sea fuego. Donde la ficción es realidad o donde la realidad se confunde con la fantasía. La mentira, la verdad, ambas, unidas, las dos desasociadas, prestándose el hábito, intercambiando personalidad.

Aquí no soy ni seré maltratado. Las páginas cerradas comienzan un sueño. Las historias mismas me sueñan a mí mismo, con la realidad y el tiempo compactado de la escritura en la piel de mi alma.

Juan José Caamal Canul

12 de noviembre de 2016

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