Leonrrampanten campoverde

By on marzo 6, 2015

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En un medio de circulación local se habló (¿autopromoción autoral?) de la existencia de un himno a Salvador Alvarado. El trabajo se incubó al interior de la burocracia local, inserta en las nóminas estatales y con una intuición altamente desarrollada para aprovechar los momentos políticos, cual funambulista a nivel de piso –por si cae no se lastime mucho–, o fue escrito sobre una servilleta, luciendo dotes de improvisador. No digo que se tratara de un versador o repentista, porque con este calificativo se han referido a autores de obras maestras representadas en sones jarochos o guateques cubanos.

Quien emprendió la tarea desconocía historia, literatura, ideología, y acaso estuviera exento de conciencia y compromiso social. El citado “himno”, por la sencillez, simpleza y superficialidad del texto,  resta homenaje y loor al personaje dedicado. Considero que las autoridades están a tiempo de convocar a los creadores y seleccionar un nuevo texto.

Y me extraña ese texto para esos tiempos cuando, desde palacio de gobierno, se aclamó la grandeza de nuestro ámbito cultural y se reivindicó el legado autóctono.

Entre las principales características que deberá ostentar un himno para tener la entidad de tal se cuentan: que los versos estén organizados en estrofas, presentar rimas, un coro o estribillo que se va a repetir entre las estrofas, el tema central debe girar en torno a un personaje, elemento, valor o acontecimiento especial, tono solemne, utilización de figuras literarias para darle una mayor expresividad poética que despierte la emotividad de los destinatarios, y deberá representar el sentir de un grupo de personas.

Lo que se publicó en la edición del domingo pasado, es obvio que no reúne las mencionadas características. Yo le llamaría una porra.

Cito algunos fragmentos de himnos que, o bien nacieron como tales, o fueron adoptados posteriormente para exaltar el patriotismo o los sentimientos sublimes.

  • La estrofa VI de nuestro himno nacional, parte que ya no se entona pero que las autoridades de aquel entonces rescataron y que, a los que acudimos a la escuela en los años setentas, nos hicieron leer y cantar en los homenajes cívicos de los lunes:

Antes, Patria, que inermes tu hijos,

bajo el yugo su cuello dobleguen,

tus campiñas con sangre se rieguen,

sobre sangre se estampe su pie.

 

Y sus templos, palacios y torres

se derrumben con hórrido estruendo,

y tus ruinas existan diciendo:

de mil héroes la Patria aquí fue.

  • De La Bayamesa, letra original de la bayamesa de Perucho Figueredo, constituido en himno nacional de Cuba.

¡Al combate corred bayameses,

 Que la Patria os contempla orgullosa;

no temáis una muerte gloriosa,

 que morir por la patria es vivir!

 

En cadenas vivir, es vivir

en afrenta y oprobio sumidos.

 Del clarín escuchad el sonido,

 ¡A las armas valientes corred!

 

  • De la Marsellesa, III y IV estrofas:

¡Dios santo! ¡Encadenadas por otras manos,
nuestras frentes se inclinarían bajo el yugo!
¡Unos déspotas viles serían
los dueños de nuestros destinos!


¡Temblad, tiranos! Y vosotros, pérfidos,
oprobio de todos los partidos,
¡temblad! Vuestros planes parricidas
recibirán por fin su merecido. (bis)

 

  • Del himno a la alegría – la primera estrofa en la sinfonía N° 9 es una adaptación no literal que el mismo van Beethoven hizo sobre el poema de Schiller, adecuándolo debidamente a las necesidades métricas, pero el resto de la obra de Schiller fue respetada. La versión en español es la siguiente:

Quien logró el golpe de suerte,

 de ser el amigo de un amigo.

 Quien ha conquistado una noble mujer

 ¡Que una su júbilo al nuestro!

 ¡Sí, que venga aquel que en la Tierra

 pueda llamar suya siquiera un alma!

Y quien jamás lo ha podido,

 ¡que se aparte llorando de nuestro grupo!

 

No está de más comentar que sería deseable que se convocara este año a certamen, para crear un verdadero y fidedigno himno al momento y persona que revolucionó el estado de las cosas en nuestra tierra.

Más respeto al gusto y la calidad creadora, honorables autoridades.

Juan José Caamal Canul

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