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Las salas de lectura en México, al igual que las bibliotecas, tienen su origen en la época prehispánica. Ahí está el principio histórico de las comunidades lectoras mexicanas y su diversificación, aunque se siga insistiendo en el mito de que en México la gente no lee.
No es ningún descubrimiento afirmar que conocer la palabra oral y escrita significa tener cierto poder; ese poder en México lo trabajan como un apostolado los maestros y los mediadores de lectura.
En 1921, los intelectuales, escritores, profesores y estudiantes eran los únicos grupos sectarios que podían tener acceso a los libros, a los que se les veía como grandes e inalcanzables protagonistas en bibliotecas, ferias y tianguis. Quienes osadamente se acercaban a ellos, sin pertenecer a estos perfiles, se les consideraba subversivos, capaces de cometer actos ilícitos. ¡Así era el espíritu de esa época!
Afortunadamente, estamos en otro momento histórico y tanto los libros como las bibliotecas –y por supuesto las más recientes llamadas salas de lectura– se miran desde otros ángulos, puesto que han pasado por diferentes transformaciones históricas en cuanto a concepciones, usos sociales y difusión de saberes culturales. Han formado a millones de comunidades lectoras, bifurcando sus caminos hacia otros horizontes; uno de ellos es lo que conocemos en la actualidad como Programas de Lectura, que cumple treinta años de existencia en México formando mediadores.
Para que funcione una Sala de Lectura son necesarios tres elementos: las lecturas, los lectores y el mediador, que es la pieza clave que interviene para que suceda el acto mágico de socializar los textos; por ello, pueden estar en cualquier parte. Eduardo Castañeda Sarabia se formó como mediador en estos programas, y ha hecho suya una potente sentencia que cumple puntualmente todos los viernes de todas las semanas: “La batalla improbable es la promoción de la lectura en México”.
Él no escogió cualquier rincón para su empeño. Este hombre gestionó hace cuatro años y medio un lugar propio a fuerza de perseverancia y negociación en Cottolengo Yucatán, A.C., un centro de rehabilitación para varones con problemas de alcoholismo y/o drogadicción. Allí montó su sala de lecturas a la que nombró simplemente Lectores de Cottolengo.

Una sala de lectura en un centro de reconstrucción humana es, primero y ante todo, un tema de educación, espiritualidad y justicia social; también es algo sui géneris, un hecho singular. Ir a un lugar de alta vulnerabilidad a promover literatura lo vuelve poco común. Sumar a su valioso y famoso libro azul de confraternidad “doble A” otros tipos de lecturas para la convivencia lo reconfigura, haciéndolo excepcional.
Pertenecer a un grupo de lectores en un centro de estas características tiene significados. El más común: ser una persona vulnerable y con ello cargar un sinfín de estereotipos. Significa ser parte de una comunidad con una historia colectiva permeada de dolor, violencia y abandono. Pertenecer a uno de esos grupos significa muchas veces estar marginalizado de los mecanismos de protección por tener menos oportunidades y estar más oprimidos; por tanto, generalizar que en esta comunidad de varones existe carencia de interés en la lectura y en los libros es falso.
No es una verdad absoluta que nos convertimos en mejores personas cuando leemos, tampoco nos volvemos necesariamente en personas más cultas, tal vez sí en personas menos ignorantes.
Lo que también creo es que las lecturas en este espacio son un pasaporte de entrada a nuevas realidades. No son entradas garantizadas al paraíso para que se recompongan con nuevos pedazos. Leer jamás será la puerta ni al cielo ni al infierno, que conocen demasiado bien.
Pese a todo eso y otros desdenes, en Cottolengo se lee. Su sala de lectura es un puente, un camino no agobiante y un derecho legislado. El libro y las lecturas los acompañan y los cobijan, proporcionando esperanzas en sus tiempos desérticos.
La sala de lectura del grupo de Cottolengo va más allá. No es solamente un singular grupo de lectores, lo percibo como algo muy cercano a los programas de rehabilitación basados en la práctica de las lecturas terapéuticas conocidas por algunos como biblioterapia, en donde se utilizan las lecturas como herramientas para ayudar a enfrentar problemáticas emocionales asociadas a las historias y a los personajes. Porque cuando un personaje de cualquier género literario resuena en las experiencias de los lectores de Cottolengo, se ofrecen igualmente nuevas perspectivas a sus desafíos.
La literatura, por tanto, es una herramienta potente que ayuda a sus reflexiones, empatía, diversión y cientos de cosas más. Ventajas como estas hacen que algunos de sus miembros nombren afectuosamente como “Coach” a Eduardo, reconociendo el intenso afecto que tiene por los libros, y por ellos como grupo. Al valorar el disciplinado trabajo de Manuel Rodríguez como bibliotecario, y nosotros, los lectores de esta nota, se confirma que las experiencias humanas rescatadas a raíz de las lecturas en esta sala reflejan la fortaleza y reconexión con la vida de sus miembros.
Esta peculiar sala de lecturas y su motivador invita semanalmente a leer, a compartir en grupo, disminuyendo el poder opresivo de la ignorancia y el dolor que conlleva reconstruir su masculinidad.
Gracias infinitas a quienes comparten sus tiempos en estos espacios por su labor, y por permitirnos compartir nuestras letras en estos espacios.
¡Larga vida a la Sala de Lectura “Lectores de Cottolengo”!
MAR GÓMEZ





























