La Aventura Musical de Coki Navarro – XXVII

By on octubre 16, 2020

XXVII

Continuación…

Es domingo. Nos vamos a Tlaquepaque, sin guitarra, sin compromisos; voy con mis amigos trovadores. Se forma el grupo de artistas (artistas de segunda o tercera, qué importa). Tequila y olor de comida que conozco y conocen mis entrañas. Perfume de música y cantar de gallos listos para la pelea. Charros auténticos, turistas y lugareños confundidos en el abrazo de un pueblo con tanta historia y tradición. Ya tengo ahorrados algunos pesos. Converso con mis compañeros al regreso y entre los humos del atardecer les cuento que me voy a Mazatlán, al fin que ya conozco el camino. Y… un buen amigo se entusiasma y me dice que me acompañará hasta donde pueda. ¡Adelante! Yo con mi guitarra y él con su acordeón. Camión de primera. Qué bueno que no me voy solo. Llegamos a Mazatlán y al malecón a cantar a la carpa, algún bar, fiestas o reuniones, donde sea, ahí estamos trabajando. Nos amanece cantando. A la playa y con mi toalla en el hombro…Ah, pero no se me olvida que para mí el mar es terreno prohibido. No le hace, me cobija la sombra de una palmera.

Visito nuevamente a mis conocidos de cuando la gira con Paco Miller. Unos ya están casados (y todavía se ríen), algunas amigas ya no viven ahí, aunque sus papás, igual que muchos papás, cuando echan raíces siguen aferrados a su terruño. Mazatlán amado, nunca olvidaré el calor de tus brazos. Llega el carnaval y me sorprende en ese bello puerto. Locura de la gente y locura mía por ver y tocar, tocar guitarra y tocar caderas. Nos contrata un grupo para cantarles durante todo ese carnaval. Ya nos han tomado afecto estas buenas personas y nosotros a ellos. Unos me regalan ropa y el más alegre de estos me obsequió un fino estuche para mi guitarra. No son gente rica, no, pero tienen manos bondadosas y también su diversión. Carnaval de “reventón”. Ciento veinte horas sin dormir, ciento veinte horas de vivir y… qué falta me hacía divertirme un poco… ¿Un poco?… Qué va. Termina el carnaval y en uno de los camiones que vinieron de los EE.UU. nos acomodamos para viajar hasta donde quisiéramos bajar, pues el “Bus” regresará con su cargamento de lindas gringuitas hasta San Diego, California. Viaje de felicidad, amistad de canciones en inglés y español, y yo con mi nada de inglés, nos acompañamos hasta Tijuana. Aquí me quedo, brothers (hermanos), les digo. El jefe del grupo, gran amigo de nuestros cuates de Mazatlán y a quien nos habían recomendado esos mazatlecos, pasó un sombrero entre los viajeros y me regaló el sombrero y todos los dólares que había adentro. Se va el camión y, con él, otro pedazo de mi corazón que le di prestado a una linda norteamericana. Good bye, Margaret, don’t forget me (palabras que he formado con el abecedario que me enseñó Margaret en el camino). No piensen mal.

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En Tijuana no hay qué cavilar para dónde dirigirse y mucho menos en las condiciones en que nos encontrábamos, así que a caminar y a darme de cara con mi destino, como lo advertí páginas atrás. Nuevamente a buscarse el sagrado pan de cada día… y noche. Otra vez veo mil falenas (sigo pidiéndoles perdón, señoras, por estos apelativos, pero ¿cómo les debo decir?), gigolós (así suena más bonito: a la francesa), drogadictos, apostadores, gente de colores que van desde el amarillo al negro, pasando por el azul y el rojo. Cientos de coches cruzando a mi lado y yo, un yucateco más, perdido en esa selva donde todo es más gringo que mexicano. Todo es en DÓLARES. Rumberas, vendedoras de recuerdos, vedettes, cantantes, chamacos que se prestan de guías de turistas pero, además, trovadores aventureros que, al igual que yo y mi acordeonista amigo, se contonean por esos mundos de Dios y del diablo. A la semana de haber llegado ya tenemos las bolsas palpitando de dólares; muchos, según mi manera de ver las cosas, pues tres o cuatrocientos de los verdes ya son un capital para mí. El colega del acordeón se asusta más cada noche, pero gana y guarda los dólares.

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Me quedaré sin acordeonista, pues ya mi compañero se regresará a Guadalajara, porque ya con lo que ha conocido está más que contento.

Pongo a su disposición todo el dinero que hemos juntado. “Toma lo que quieras, hermano,” le digo, “solamente déjame lo indispensable para vivir un día, que yo me buscaré lo que necesite para vivir los que me faltan. Que la buena fortuna vaya siempre a tu lado,” le deseo. Lo acompaño hasta donde salen los camiones y con un abrazo entregado con los lazos de amistad que nos unió, lo despedí.

Al llegar al departamento me doy cuenta de que mi acompañante no solo era un gran acordeonista, sino todo un caballero y gran señor, pues solamente tomó de la cajita donde guardábamos los dólares lo que le correspondía.

Esa noche no salí a chambear, pues en verdad que sentí la ausencia de mi músico amigo.

Trataré de juntar algo más de dinero para poder regresar a mi Yucatán, al menos con la ilusión de llevarle a mi madre unos de esos pesos raros que tanto gustan en el mundo.

Quiero, además, vencer a Tijuana como lo han hecho tantas gentes buenas que viven en esta cautivante ciudad… Esos sí que también son buenos mexicanos, los admiro y reconozco por su patriotismo. Mexicanos de nuestras fronteras, honor para ustedes, de todos sus hermanos de raza.

Coki Navarro

 Continuará la próxima semana…

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