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Historia del Héroe y el Demonio del Noveno Infierno – LII

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XVI

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Ya había caído la noche cuando los winicoob comenzaron a abandonar la ciudad. Algunos se marcharon voluntariamente mientras canturreaban aires tristes, pero otros, perdidos en su ebriedad, insistían en proseguir la bebedera.

–¿Por qué nos corre del banquete el rey Hunac Kel –protestaban airados–, si todavía quedan tantos cántaros de balché? ¿Es que acaso, como los otros jefes, nos desprecia por ser winicoob? El rey Chac Xib Chac siempre nos repudió y nunca nos convidó a sus banquetes.

Los capitanes aztecas de Hunac Kel intentaron, por las buenas, hacer entrar en razón a los convidados del rey:

–Habéis tenido suficiente, winicoob –les decían–. El rey ha sido generoso con vosotros y comisteis y bebisteis como príncipes, pero ya es noche y debéis regresar a casa.

Mas los winicoob no entendían de razones y se pusieron impertinentes, sobre todo un tal Kaokab, que parecía llevar la voz cantante entre los belicosos:

–No nos marcharemos, capitanes –gritó Kaokab, como buscando pendencia–, porque hay balché de sobra en vuestros cántaros y ahora mismo nos daréis lo que pedimos.

Y con una piedra intentó golpear al capitán Pantemit. Entonces, hecho una furia, apareció Sinteyut y con un fuetazo que le cimbró la espalda a Kaokab, puso fin al desorden:

–¡Largáos a vuestras casas, hijos de puta! –les advirtió con los ojos encendidos de rabia–. Sólo Hunac Kel ha tenido la paciencia de soportaros durante tantas horas. Si yo estuviera en su lugar, ya os hubiera corrido a pedradas.

Tambaleantes por la ebriedad, los bravucones abandonaron a toda carrera la ciudad de Chichén Itzá y se perdieron entre las sombras.

–No has debido invitar a los winicoob al banquete –le reclamaba más tarde Sinteyut al rey–. Son peores que las bestias y, ya borrachos, no es posible razonar con ellos.

–Con los borrachos no es posible razonar, aunque no sean winicoob –dijo Hunac Kel–. Como fuere, yo me he divertido de lo lindo observándolos, y me ha dado un gran placer el verlos comer hasta hartarse por primera vez en su vida.

–Y también bebieron hasta hartarse –señaló Sinteyut–y todavía exigían más. Y lo exigían con majadería.

–Todo borracho es un majadero, Sinteyut –observó Hunac Kel–. El balché es vino fuerte, acaso demasiado fuerte, y a ellos, que apenas comen para vivir, les provoca un efecto devastador.

–Sí –comentó Sinteyut–, tan devastador que tuve que darle de fuetazos a un tal Kaokab que los andaba calentando. El fuetazo los convenció de que la fiesta se había terminado.

–Pero no me dirás, hijo de puta –dijo Hunac Kel–, que no pasaste un buen rato y que no disfrutaste de las travesuras de estos olvidados de los dioses…

–Las disfruté y me reí –admitió Sinteyut– hasta que se pusieron groseros y tuve que meterlos en cintura. Ya viste cómo trataron a los corcovados.

–La mitad de Chichen Itzá la conforman los winicoob –dijo Hunac Kel, dando a la conversación un cariz más serio–. Habitan fuera de la ciudad y los tenemos en el olvido, pero son seres de carne y hueso, exactamente como nosotros. Es preciso tenerlos de nuestro lado.

–De nuestro lado, pero no tan cerca –replicó Sinteyut con un gesto de repugnancia–. Son unos desarrapados y están sucios. No tenemos con ellos nada en común.

–Gente como tú les ha arruinado la vida. Yo quisiera sacarlos de su condición de parias y admitirlos en nuestra sociedad.

–No te hagas ilusiones, Hunac Kel. No hay ni habrá manera de redimirlos. Son los parias de todos los tiempos.

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

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