Visitas: 5

Ricardo Mimenza Castillo
Especial para el Diario del Sureste
En Esmaltes y camafeos del gran Theo Gautier –el incomparable maestro de la literatura francesa– hay un poema doliente e íntimo que se llama “Al margen de mi folletín” (Aprés mon feuilleton).
El poeta se siente cansado en ese instante de su labor de galeoto del folletín diario, de la labor devoradora e imprescindible, y melancólicamente describe su cansancio y su esclavitud.
Pero no tiene remedio, el folletín no suelta a su víctima a diario y hay que ganar el pan cotidiano… con el sudor del cerebro, con el jugo de los sesos.
Rubén Darío dice algo semejante en su “Epístola a la señora de Leopoldo Lugones” –¿Y mi trabajo diario y preciso y fatal…? –y añadió algo más sobre su vida nefelibata, un desconocimiento del valor material del oro, de lo amargo del jugo de sus sesos, del sudor de su alma, de su sangre hecha tinta… glosando no ser hijo de millonario ni tener un Simón de Cirene o Mecenas en su calvario.
Todo eso viene a perilla en este instante que cuarenta y seis años –como graves undertakers o enterradores de ilusiones– me hacen caravanas, todos de negro hasta los pies vestidos.
Y ni campestre gira ni hora bohemia me esperan hoy porque mi salud y mi bolsa, escasas, no me permiten ir a saludar al verderón ni a la sonrisa de la selva, ni dar gusto a míster Gaster, que anda díscolo y displicente.
Sin embargo, no faltan visitas para mí en papel, misivas de literatos de fuste como un Arciniegas, y de sabios arqueólogos como Frans Blom, y de muchachos estudiosos como Villa Rojas y hasta envíos de libros de poetisas –lindas como rosas– como Laura Victoria, musa y aeda de Bogotá.
Pero el balance es desigual… Pasan los Creso en sus Chevrolet inmensos y dorados y devoradores del espacio… Y mientras su vida oronda se desliza como por una pérsica alfombra sobre la tierra, la tragedia del obrero de Progreso que halló muerte tremenda en la ciénaga y que deja en la orfandad y en la enfermedad a una pequeñina me hace de nuevo pensar en la terrible sentencia de ganarás el pan con sudor y muerte.
Las Euménides y las Furias del Desastre, cuando atropellan al rico avaro, parecen menos impías que cuando descargan su hoz segadora sobre los humillados y los ofendidos, los parias de la Vida.
Y las familias doradas con la opulencia cuando las hiere el Dolor, todavía tienen medios de contrastarlo y combatirlo.
A los pobres y miserables no les ocurre igual.
Y, además, los grandes del dólar en nuestra América indolatina mueren generalmente en byronianos festejos e hiperdulías entre rasos y champagne, o en soberbios accidentes automovilísticos que parecen raids o concursos de alegres deportistas, aunque sean las regatas de la Muerte.
De modo que nunca con prestancia igual visita Atropos –como aseguraba Horacio en sus Odas– a las chozas de los pobres y a los alcázares reales, porque el mismo contraste de las primeras –que son horribles y negros tugurios– con los segundos, con avenidas de rosaledas y caravanas de pavos reales, es advertible y siniestro.
La tragedia de ese pobre obrero de Progreso a quien el hambre arrojó a una labor ya superior a sus fuerzas para llevar el mendrugo a su hija doliente, es realmente cruel.
No así la tragedia de Nerón en su fuga.
Nerón, en su histrionismo corruptor, todavía en su último trance exclamaba –“¡Qué grande artista pierde el mundo” –y era el Artista del Mal.
En cambio, el pobre obrero del Bien y del Trabajo habrá visto en su fatal agonía la cara enflaquecida de su hijita en desamparo.
Nerón, en trono de oro, yantaba lenguas de ruiseñores y bebía luminosos vinos de Falerno y de Chipre.
Y el infeliz trabajador de la tragedia comía el duro pan y el escaso manjar de su pobreza y bebía el agua emponzoñada de la Miseria.
Y no ha faltado, ahora que me acuerdo del caso, quien en falsa evocación quiera dignificar a Nerón, a Mitrídates, y aun a Sardanápalo o Heliogábalo, los monstruos coronados del Abismo.
Púrpura, suntuosos triclinios, ágapes magníficos, bellas odaliscas, eso tuvieron en su camino de azotes del género humano.
Y todavía a Tito –arrasando Jerusalén y a millones de hebreos– le llamaron delicia del humano género.
Parece que vemos a una hetaira de moda llamar “su delicia” al envenenado gentleman –podrido de vicios y de oro– que ha sido también plaga y azote de la humanidad proletaria.
Y ese nunca supo del imperativo jehovático de ganarás el pan.
Diciembre 13 de 1934.
Diario del Sureste. Mérida, 16 de diciembre de 1934, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























