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José Juan Cervera
Un paladar incógnito, embriagado en sorbos de infortunio, adultera la genealogía de los tragos amargos para volver superflua la sed espontánea.
El consumo irracional satisface exigencias residuales moldeadas en la distorsión de los sentidos.
El prejuicio cobra forma tangible con la fragmentación del mundo comprometida en la estrechez de la mirada que sucumbe al desencanto.
En ejercicio vacío, se pierden las señales de una expresión básica que interrumpe su circulación en canales sensoriales tras ser absorbida en un punto remoto donde abomina la reciprocidad.
El gusto y el olfato captan las emanaciones que ascienden durante la exploración del tacto, entonando un himno que el oído recibe con la complacencia plena de la vista.
Los anhelos que guían los sentidos, imbuidos de conciencia etérea, sucumben cuando una voluntad ajena los engulle para erigir con ellos un reino en sitio lejano.
Hay aromas que inducen a recorrer distancias razonables, hasta marcar una ruta que preside un sabor desconocido, provisto de las virtudes de un rozo seductor.
El mensaje diáfano que revelan mínimas claves sensoriales supera la elocuencia que las palabras añoran cuando abandonan la intuición.
El alma de la sinestesia conjuga verbos infinitos y nombra verdades ocultas en los ecos de un suspiro matinal.
El orden de las sensaciones cobra cuerpo y color, mientras ocupa regiones aéreas que desprenden un sonido expandido en el registro de pasiones entrañables.





























