Inicio Cultura Fuácata: una mirada personal, desahuciada, a La Habana

Fuácata: una mirada personal, desahuciada, a La Habana

9
0

Visitas: 31

Portada del libro. Malecón Habana, Tomás Castaño. 2012. Correr la vida entre dolorosas realidades, irse o quedarse. Mirar de lejos el reflejo de la ciudad en el mar, o mirar el reflejo del mar en La Habana.
Portada del libro. Malecón Habana, Tomás Castaño. 2012. Correr la vida entre dolorosas realidades, irse o quedarse. Mirar de lejos el reflejo de la ciudad en el mar, o mirar el reflejo del mar en La Habana.

Fuácata: una mirada personal, desahuciada, a La Habana

Fuácata1 es una expresión en el argot habanero para enviarse al gollete de un solo trago cierta cantidad de licor. Casi decir de golpe, con violencia, sin respirar, como aquí de un solo envión se sugiere tomar el tequila.

Fuácata es el título del libro de Raúl Ortega Alfonso, que desde 1995 vive en México. Reside en Playa del Carmen.

La obra se inscribe en la literatura que retrata y describe con detalle el ambiente angustiante y delirante de una realidad abrumadora, la del período especial cubano, de la cual el autor y los personajes dicen solo podía vivirse, entre otras cosas y posibilidades, totalmente alcoholizado.

No obstante, lo que se narra es el momento de la obra; las raíces de los personajes deben buscarse en los años previos, que tampoco son mejores, porque en casi todos hay desencanto, desconfianza e incredulidad, ya que fueron eliminados los dioses e impuestos los héroes, humanos, al fin y al cabo, que solo procrearon más desencantos, más desconfianza y más incredulidad. De pronto, el individuo se vio solo y abandonado, por sus dioses y sus héroes, ante su realidad.

No es una novela simiente, iniciadora o única en su género. Recordemos a Charles Bukowski en los Estados Unidos -por supuesto, situémonos y situémoslos en el contexto del momento histórico y la idiosincrasia de cada autor o novela, que es el reflejo de un tiempo y un espacio determinado-, o atraigamos a Pedro Juan Gutiérrez, con su serie de realismo sucio de la Habana, que desarrolla sus historias en el municipio Centro Habana.

Aquí se objetaría, ya que no podemos citar realismo sucio puesto que es el slogan publicitario de la editorial española Anagrama, por lo que la editorial Terracota y su colección La escritura invisible, que se ocupa de esta obra, dice que es el de la poética de la angustia o del desahucio.

En la obra, casi todos los personajes beben, resisten y resuelven, si no es que acaban en el suelo entre vomitaderas y su propia excrecencia.

El autor recrea la vida de la isla dentro de otra isla; la fábrica del ron insignia del régimen: el Havana Club, como si se tratara de la ciudad capital misma, la fidelísima; desde la Habana Vieja, herrumbrosa, hasta el Miramar, reluciente de embajadas y hoteles modernos. Nos muestra y describe las etapas de la fábrica, los galerones y bodegas antiguas, hasta las modernas estancias donde son recibidos los visitantes del mundo y les son dados a degustar los distintos tipos de añejo y presentaciones roneras. Pero el material humano no cambia, no ha revolucionado; todo es apariencia, tanto los ejecutivos como los obreros.

El autor plantea un ejercicio malthusiano: ¿Cómo es que se produce y vende para el mundo tanto ron añejado de siete o trece años? Si así lo fuera, por toda la isla hubiera aritméticamente multiplicados galerones de añejamiento. El autor resuelve que todo es tinte y caramelo, es decir, un fraude de connotaciones internacionales cocinado desde la isla. Este es otra de las cosas que después de leer esta novela cambiará o proporcionará elementos nebulosos, y quizá modifique el modo de ver, apreciar y degustar el ron mencionado.

En este combinado nadie trabaja, todos hacen como que hacen algo, y todo confluye más tarde que temprano en hacer estallar el hígado, de tanto cebarlo con alcohol, en robar, en dejarse tocar, en la tembladera de miedo para sacar de la fábrica el producto que hará resolver las necesidades diarias.

Aquí están presentes algunos de los personajes que representan la nacionalidad cubana: los blanquitos, los chinos y los afrocubanos con sus rituales. Aquí hay suicidas, aquí los valores e ideales han sido abandonados. Haber estudiado nada vale, nada más que para permanecer ajeno y salvaguardado de la gentuza que gobierna con malas maneras, y que te lo demuestra siendo siempre una pestilente mierda.

La obra atrapa una época, el ambiente habanero de finales de los noventas, período en que la moral fue la primera víctima económica y social. Hay un escepticismo generalizado, una pérdida total de los sueños y la esperanza.

En la isla, robar ha dejado de ser un defecto para considerarse una virtud: “Aquí todos robamos: roba el obrero, roba el policía, roba el guardia y uno roba para sobrevivir y otros robamos porque no queda de otra.

El sexo como moneda de cambio para subsistir en el mercado negro.

Vender lo robado para comprar lo más elemental y alimentar al bebé o a la madre anciana.

En esta Habana no hay peor estar que la vejez; sucia, deprimente y apestosa. Ancianos que esperan con desasosiego la muerte que tarda en llegar, tanto la de ellos como la de Hitler I, que parece nunca llegará.

Los dos personajes principales son el soñador y poeta, pero borracho y por lo tanto en quien nadie puede confiar, y Ella, la mujer escéptica que no cree en el amor, no cree en la poesía, sino en que hombres y mujeres solo desean satisfacer el deseo más elemental del cuerpo y animal humano.

El autor desarrolla parte de su historia en otro escenario, específicamente en el reparto Alamar, uno de los primeros complejos habitacionales para obreros, en contraposición a aquel reparto que edificó la sacarocracia cubana de los años cincuenta, Miramar.

Recordemos aquella canción de Carlos Puebla, el cronista musical de la Revolución Cubana –los estudiosos de la isla dicen que Puebla era poco reconocido y escuchado por su obra musical romántica y poética que hacía contraste con “Hasta siempre comandante”, “Y en eso llegó Fidel”, “Los cinco puntos de la dignidad”, etc. –. Aquella canción tenía un estribillo contagioso que decía: Alamar, Alamar paraíso junto al mar. Aquí solo se describen los edificios que se caen en pedazos, las cloacas que rebosan, y las personas que vagan sin sentido y con el hambre en la mirada.

La mirada oculta y la Ciudad de la Habana y sus mil máscaras: el miedo, la desesperanza, la suciedad, la hedentina que rodea y corona mañana y tarde la ciudad frente al mar.

¿Mirada o máscaras? ¿O son los rostros que reflejan el miedo, el miedo que hace tener miedo a quedar o estar locos? A todos en la isla les han metido el miedo, para joderse unos a otros y entre todos.

Después de leer, es posible formarse una idea de que es muy sucio, asqueroso o deprimente lo que se relata, pero que también hay lugar para la poesía, para los sueños y la esperanza de un mundo mejor. Muy poca, pero existe.

En la obra hay un olor que predomina y es el de la mierda, un clima de estercolero en La Habana, pues lo más hermoso –las flores en los tiestos que adornan las grandes casonas coloniales que son museos, bares o paladares aún existentes, espacios exclusivos para el turismo– son alimentados con el desecho orgánico humano.

Pero también está el exilio, el doloroso irse de la isla en la cual todo el azul del mar se refleja en la mirada. El puente del exilio en el que los que se van están más que ofendidos y humillados, porque en esta tierra se ama despidiendo a la gente.

¿Es posible o no hablar, o describir tanta mierda? ¿Es posible y necesario destruir y exponer tanta vileza humana contenida en la sociedad de la isla que describe el autor?

Raúl Ortega Alfonso ofrece una visión desahuciada y desesperante de una Habana finisecular.
Raúl Ortega Alfonso ofrece una visión desahuciada y desesperante de una Habana finisecular.

Una de la hipótesis que adelanta Ortega Alfonso, en la voz de sus personajes, es que no es posible amar e imitar a tus autores favoritos, a la ciudad, a las personas, sino que hay que demolerlos y destruirlos, comérselos y digerirlos para poder defecar y reelaborar la versión más cercana a uno mismo, la que se puede amar aún más de lo que hemos conocido.

Destruir y reedificar el entorno, para volverla tu obra mejor lograda.

La obra de Raúl Ortega Alfonso se puede despreciar por sus quizá sinceridades testimoniales, y por hacer un retrato, un tanto crudo y personal, de la isla, de la ciudad de la Habana, de sus personas; sin embargo, no puede pasar desapercibida.

Todo lo que sea Cuba nos hará enfrentarnos ideológicamente y con argumentos a los demás y a nosotros mismos; la amaremos o la odiaremos en lo más profundo.

Pero nunca nos será indiferente.

Juan José Caamal Canul

Junio de 2017

Notas

(1) Existe otra acepción de la palabra Fuácata: golpe, caída. Estar en la fuácata: estar sin un centavo (Cuba).  Tomado de GLOSARIO POPULAR CUBANO (Estudio de cubanismos actuales), de Pedro Guerrero Ruiz, Brígida Pastor y Pastor Leonardo Depestre Catony- Universidades de Murcia, Glasgow y La Habana.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.