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Operación Tijuana
El oficio de matar califica con muchos nombres a quienes lo ejercemos: mercenarios, asesinos, sicarios… yo soy un soldado de fortuna.
Los helicópteros Mil Mi-26 devoraban kilómetros a una velocidad impresionante. Nosotros, dentro de ellos, solamente esperábamos el momento de descender para cumplir con nuestro nuevo encargo: asesinar a uno de los líderes del Cártel de los Beltrán Solís.
Dos helicópteros eran suficientes para transportarnos a todos los integrantes del comando. En el primero estaba nuestro jefe, Cooper, el bravo ex boina verde que mantenía contacto con los más altos jerarcas del sistema; por eso accedía a tareas de alto perfil como las que realizábamos. Con él viajábamos Wyatt, Rodríguez, Kelly, Shaw y quien esto relata. Éramos los habituales, los que llevábamos más tiempo trabajando con él. En el otro estaban los hombres subcontratados para este trabajo. De los seis, dos destacaban por sus habilidades: Cross, un francotirador realmente talentoso que realizaba disparos imposibles capaces de encontrar blanco; el otro era Jabbar, un negro hijo de puta experto en infiltraciones, con el talento necesario para arrastrarse por días si era necesario, hasta acercarse pacientemente a un objetivo perfectamente camuflajeado, era como un ninja.
Un día antes me había despedido de Megg, mi esposa, del pequeño Timmy y de mi hija Agnes. Mis hijos no saben que su padre es un mercenario. Para ellos soy integrante de un importante grupo arqueológico, lo que explica mis eventuales viajes. Únicamente mi mujer está enterada de mi verdadera ocupación. Siempre venían a mi mente antes de cada incursión. Por ellos era capaz de realizar cualquier tipo de atrocidad: era mi trabajo, el que nos daba el capital para vivir bien, con comodidades, e incluso ciertos lujos.
Ahora debo ocultarlos en mi mente y prestar atención a las instrucciones finales de Cooper: nuestro cliente era un importante político (al parecer un senador), deseoso de venganza tras perder a varios integrantes de su familia, víctimas inocentes de un ajuste de cuentas entre dos bandas rivales. Ángel Gabriel Solís había sido el autor directo de aquella matanza, al tratar de sorprender a su némesis, Luis Gerardo Ventura, en casa de la amante. Ella vivía en un lujoso fraccionamiento donde su realizó aquella masacre.
Infelizmente, no solamente fallecieron Ventura, su amante y algunos de sus hombres, sino también varios vecinos, entre ellos los parientes de nuestro contratante.
Ahora estábamos a minutos del punto desde donde iniciaríamos nuestro ataque. Como de costumbre, fueron Wyatt y Rodríguez los encargados de realizar toda la labor de investigación, seguimiento e inteligencia alrededor del jefe narco. Ellos habían ubicado aquel lugar como uno de los habituales de Solís: una enorme hacienda ubicada en el límite fronterizo de Tijuana con el municipio de Tecate. Los helicópteros nos dejaron en aquella zona desértica del noroeste de México, desde donde deberíamos avanzar en varias camionetas Ford hasta un área cercana, pero fuera de su radar de vigilancia, que era bastante sofisticado.
Nuestro armamento era el habitual, es decir, metralletas M16 calibre 5,56 mm, M240 de 7,62 mm, lanzamisiles portátiles FGM-148 Javelin, granadas, pistolas de alto calibre y todo tipo de armas filosas, como cuchillos, dagas, shuri kens y shaken. En realidad, no era necesario haber llevado tanto, pues aquella sería una incursión de ataque relámpago, y mientras menos armas usáramos sería mucho mejor para nosotros.
Mientras avanzábamos, recordé que aquella zona era llamada por sus habitantes étnicos como ‘Piedra cortada’. Me pareció muy adecuado, ya que estábamos avanzando a paso veloz sobre un terreno arenoso, pero también Pedroso. Pese a ya ser cerca de las 7 de la noche, el calor era realmente fuerte.
Arribamos al Punto de No Retorno.
Para llegar a la hacienda, Rodríguez utilizó unos pequeños, pero sofisticados, drones que realizaron un recorrido completo de la zona. Eso nos permitió ubicar los blancos y puntos clave de acceso. Para fortuna nuestra, la casa principal se ubicaba al sur de nuestra posición, y no al centro, lo que nos permitió recorrer la distancia sin tantas complicaciones. Utilizando técnicas de ninjitsu, eliminamos a 12 enemigos que vigilaban, de manera nada efectiva, el lugar.
Nos dividimos en tres fuerzas y comenzamos a penetrar con la consigna de ir matando rivales, tratando de solo usar las armas de fuego si era inevitable. Yo entré con Cooper, Shaw y Kelly, degollando o clavando nuestros cuchillos tácticos Cudeman en sus cabezas. De pronto, el estruendo de las M240 de 7,62 mm nos hizo entender que la unidad de Cross y Jabbar encontró resistencia. Cooper y yo comenzamos a disparar nuestras M16 calibre 5,56 mm contra los sicarios que salían asustados de los cuartos con sus cuernos de chivo soviéticos. Los barrimos como papilla, a todos y cada uno.
Cooper encontró la habitación principal de la que salían disparos de distintos calibres, indicativos que dentro no solamente estaba el líder, sino también otros narcos, al parecer su escolta personal. Cooper le gritó a Shaw que usara el lanzamisiles, y de inmediato mandó una letal descarga. La explosión fue aparatosa. Una llamarada cubrió en segundos el interior. Los que no murieron despedazados, ahora gritaban de dolor al ser consumidos por el fuego.
Los cuatro asesinos llegamos a lo que quedaba del lugar donde alguna vez hubo una puerta, y rociamos a aquellos miserables con balas hasta agotar los cargadores. No era por ningún asomo de piedad, era necesario culminar la tarea. Tras tomar la prueba de muerte con su cámara, Cooper dio instrucciones de salir de ahí a toda velocidad.
Afuera nuestros hombres, bien pertrechados y ubicados, disparaban contra los pocos enemigos que lograron esconderse y resistir tímidamente, sobre todo porque el que se asomaba para abrir fuego recibía una bala disparada de la Barrett M82 de Cross.
No encontramos ninguna resistencia en nuestro retorno al punto de extracción. Había sido una operación exitosa. Matamos a todos aquellos hijos de puta sin sufrir bajas, lo que nos hizo gritar eufóricos al despegar los Mil Mi-26.
Horas después, tras descender de las naves en un hangar escondido de Nuevo México, Cooper se acercó a mí para decirme que estaríamos de vacaciones por unos meses, pero que después vendría un trabajo más complicado.
Antes de abordar su Nissan Titán se volteó para decirme: ‘Por ahora disfruta de tu familia, de la vida, de todo lo que amas; recuerda que en nuestro oficio cada puto minuto cuenta.’
RICARDO PAT





























