Visitas: 103

En ocasiones, es relativamente fácil determinar el derrotero preciso al que conducen las inclinaciones personales de un autor: tarde o temprano uno encuentra un mapa que revela la casi totalidad de las rutas que afecciona.
Sin embargo, en Luis Ignacio Sáinz la amplitud del abanico de sus intereses es tal, que uno teme no encontrar alguna fórmula sencilla para definirlos.
En todo caso, me parece que reducir sus Ensayos en espiral, recientemente publicados por El Tapiz del Unicornio, al fruto de la mera erudición no sería dar en el tino: hay en los textos que nos presenta Sáinz demasiado amor por lo que escribe para ser el producto de una actividad meramente cerebral.
Este libro se debe concebir más bien como una suerte de artefacto seductor cuyo propósito es atraer las almas afines a disfrutar de los múltiples reinos espaciotemporales a través de los cuales nos guía su autor, como un cicerone universal, revelándonos simultáneamente sus pasiones propias.
Así, Sáinz nos hace transitar, sin mayores sobresaltos, de las “fiestas sangrientas del Renacimiento” hasta el programa escultórico del monumento a Álvaro Obregón, pasando por la España de los Austrias, con sus enanos famosos, la pintura de Tamayo o Pélleas y Mélisande, todo ello con una naturalidad que se debe a la unidad de su mirada, la cual, en mi parecer, se detiene particularmente sobre dos binomios que se han entrelazado a lo largo de la historia de la Humanidad: arte y poder, y poder del arte.
A pesar de la multiplicidad de temas, uno de los principales leitmotifs de estos Ensayos en espiral es la noción de otredad con respecto a la norma, así como las relaciones de fuerza, les rapports de force, que permean en el mundo, entre uno y otro, a través de los tiempos.
Pero, si bien los ensayos abarcan multitud de momentos de la historia del Arte, desde la Tenochtitlan de la Conquista al monumento a la Revolución, desde el Milán de Leone Leoni hasta la Alemania de Paul Hindemith y el recuerdo de las revueltas populares del siglo XVI, su espíritu propio parece obedecer al espíritu del barroco, en particular en su oposición al espíritu clásico.
Si se me permite una comparación entre Literatura y Arquitectura, sucede con los ensayos de Sáinz algo similar a lo que uno experimenta ante muchas obras del barroco hispano, desde el gran transparente de la Catedral de Toledo a la portada de argamasa de la Basílica de Nuestra Señora de Ocotlán: en éstas, la complejidad de las figuras esculpidas o moldeadas impone al principio cierto asombro respetuoso que nos hace dudar antes de siquiera posar la mirada en ellas, por miedo a perder el sentido de la orientación ante la complejidad de su significado.

Es únicamente cuando uno se decide a trascender el asombro inicial, a detener, por fin, la mirada sobre ellas, que la riqueza y profundidad de su factura y contenido no sólo se revela ante nosotros, sino que se acrecienta a medida que regresamos a ellas, una y otra vez, como en espiral precisamente.
Evoquemos esta vez el Sagrario Metropolitano: si bien es obra de un solo arquitecto, Lorenzo Rodríguez, nacido en España, que la edificó de 1749 a 1768, su intrincado tapiz de estípites se proyecta en todas las manos anónimas que reprodujeron sus perfiles en muchas de nuestras iglesias “churriguerescas”. Su juego de luces y sombras nos remite simultáneamente a la caída de Tenochtitlan, a cuyos templos parece hacer alusión formalmente, de manera velada o inconsciente, tanto como a Flandes y al norte de Europa en el siglo XVI, al rendir homenaje a las creaciones fantásticas del alemán Wendel Dietterlin, aun si fue edificado en plena ilustración; también nos evoca el gótico isabelino, al que parece hacer un guiño a través de la profusión de su iconografía. La abundancia de sus esculturas sacras se convierte así en un testimonio de la tensión que cundió entre protestantes y católicos a lo largo del Imperio español. Imposible, ante tan imponente santuario, no sufrir recordando la despiadada guerra que sometió la complejidad, monstruosa quizás, pero cuán fértil, del “neo-plateresco”, a la frialdad ordenada y racional del neoclásico, impuesto por la Academia, que afortunadamente no pudo con sus portadas, si bien mandó eliminar, sin pestañear, sus retablos llorados.
Desde su majestuosa inmovilidad en el Zócalo de la ciudad de México, el Sagrario contiene toda la complejidad del mundo hispano, tal como se desenvolvió a partir del siglo XVI, cuando el planeta se tornó en verdadera esfera.
Así con los Ensayos en Espiral, cuya infinita lacería de ideas, de eventos y de conceptos artísticos no es sino un reflejo de la profunda mirada que su autor ha sabido posar sobre la historia del Arte, tanto europea como mexicana, en tanto dialéctica manifestación del Espíritu.
ESTEBAN GARCÍA BROSSEAU





























