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De la fe, la herejía y la duda

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Oswaldo Baqueiro Anduze

Cuando, rendidos por el intenso esfuerzo realizado bajo el estímulo de fervorosas fiebres, nos disponemos a disfrutar a la sombra de nuestra obra el bien que hemos perseguido con tanto ahínco y nos deleitamos ante sus columnas que, de algún modo, significan un prodigio de la imaginación y de la sensibilidad porque sobre ellas hemos tendido la línea que, esquivando fácil reposo, se hincha de gracia con sólo remedar la forma irreal del cielo; cuando las lámparas que hemos prendido de lo alto de las bóvedas arrancan a los pulimentados mármoles del piso, a los capiteles y rosetones, matices que no creíamos posibles, de manera que con ellos todo parece adquirir un estremecimiento semejante al de las lianas bajo el hálito del céfiro; cuando nos disponemos a gozar de todo eso que hemos creado, no sin tormento del espíritu, de pronto, un rayo de luz –azufroso quizás como se dice que envolvía al demonio cuando se hacía presente a ojos humanos–, un rayo de luz, decimos, viene a nuestro espíritu y su fluido lo trastoca todo. En un instante la fábrica radiante y complicada que hemos levantado tras tan prolongados esfuerzos queda convertida en ruinas. Es más, antójasenos que los sentimientos a los que por quién sabe qué vértigo del espíritu habíamos dado una fisonomía tan viva, tan cálida, que nos creíamos obligados a darles el más regio albergue en nuestras almas, no son sino máscaras tras las que no se ocultan sino las más absurdas quimeras.

¿Podéis, acaso, imaginar más cruel vicisitud, más desgarradora dolencia que la del hombre que se hizo una fe y que de pronto la pierde bajo el aletear inquietante de la duda? Para ciertas sensibilidades, no puede darse drama más intenso, pues significando la anarquía, la desorganización del hombre interno, demanda una tarea extraordinaria al espíritu cuyo signo es mantenerse en el tiempo, asirse al tiempo y perdurar en él. “El ser no es nada, dice Hegel, porque luego viene el tiempo y el ser se convierte en no ser”. He aquí la advertencia que nos impulsa al propósito épico de transponer el simple discurrir comiendo, bebiendo, durmiendo.

El horror de la vida que no acierta a crear alas y que se mantiene flotando en la baja atmósfera del prosaísmo ininterrumpible, que fluir los días sin una inquietud, sin ninguna dignidad, nos lleva a comprender la belleza inevitable que puede haber en una idea hondamente sentida, que cuando es capaz de dar un tono a la vida –amable, heroico o piadoso– estamos pronto a justificar su origen, esté en los misterios de Eleusis, en las parábolas de Jesús, o en El capital de Carlos Marx.

Hipólito Taine nos narra en sus Filósofos contemporáneos, la zozobra desgarrante que domina al ilustre M. Jouffroy cuando descubre las fallas de su fe. Ese conmovedor relato nos lleva a la conclusión de que la duda, como la fe, tiene sus ángeles y viene a nosotros, hollando con sus profanas alas las vías de los celestes seres. No podemos más que identificar la duda como hermana gemela de la fe, y reconocer que vivirá mientras la otra aliente. Ambas han sido fecundas, pero la duda, como sugiere un piadoso escéptico, más que la fe; ésta ha creado arcángeles, demonios, dioses amables u horribles; creó además el cielo y el infierno; la duda engendró la herejía, virgen terrible, propensa a iras incontenibles, armada de un hacha entró a saco en los olimpos, a los castillos encantados, dispersó a las sílfides, desparretó gigantes. Y el hombre que temía, sonrió.

Un día, ya que los dioses se alejaron de la tierra espantados ante las descompuestas gesticulaciones de la herejía, se pudo ver la belleza radiante que envolvía sus vidas. Los poetas, entonces, añoraron aquel mundo creado por la fe en el torno de la quimera.

Cuando se piensa que el hombre es sólo una máquina infatigable de sueños y de ensueños, que se toma asimismo como objeto de todas sus más puras creaciones, se está pronto a proclamar que la herejía es en el orden del espíritu algo así como una antropofagia, la más incomprensible y absurda cualidad humana, ya que tiende a destruir los mundos que el hombre se construye infatigable en la magia, en la religión o en la ciencia. Pero la herejía –se nos podrá objetar– es capaz, al destruir, de suscitar la nostalgia de lo que ya no es y, con esto, de preparar aquel estado de espíritu tal desinteresado como el de la contemplación estética. ¿Qué hubiera sido, cabe preguntar aquí, de aquel nobilísimo y puro Winckelman sin la nostalgia del mundo antiguo?

Se está aquí muy lejos de Montaigne, de Renán y de France, que padecieron la cruel voluptuosidad de la duda y que crearon una nueva dignidad literaria. Montaigne, que reconoce su incapacidad para decidirse por una opinión, pero que tiene la rara suficiencia para defender cualquier idea; Renán, el apóstata, que escribe la más bella vida de Jesús; France que cree en las hadas porque fueron inventadas por los hombres, crean un nuevo género de la fe: es la fe de los pervertidos por la sabiduría y que, fatigados de no creer en nada, caen en la credulidad de todo. Tiene este trance su filosofía y, como es una afirmación de todo, para ser perfecta hasta el error suele considerarse en ella excelente. Groce nos dice que no existe el error puro y Emil Picard casi nos convencerá de que el error es conveniente y que, en las épocas verdaderamente creadoras, una verdad incompleta es más fecunda que la misma verdad.

Mérida, Yucatán, septiembre de 1936.

 

Diario del Sureste. Mérida, 6 de septiembre de 1936, p. 3.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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