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“Volviendo a mis amigos Rutilio y Miguel que me invitaron a jugar, además que me ganaba una lanita, hasta una moto me dieron. A las cuatro de la tarde iba a la práctica. Como vieron que yo era pitcher, pues me ofrecieron lanzar. Me pagaban cien pesos. Un día me dijeron: ‘Si ganas el juego, te doy cincuenta pesos más.’ Cuando eso bateaba el pitcher. Bueno, hasta un doble bateé ese día, impulsé dos carreras y ganamos cinco a cuatro. Luego, la fiesta en un restaurante que se llama Los Mangos. Estando allá, la gente me daba una lana porque hacía tiempo que no le ganaban a ese equipo. Me fue rebién ese día. Con ese dinero le mandé su pasaje a mi esposa. Una de mis hermanitas la acompañó a Cozumel.”
“Estuve en una casa rentada por setenta y cinco pesos al mes, le caí bien a la dueña. La casa tenía mesa, sillas, un cuarto, lo necesario, y como ya tenía un poco de lana pues…”
“En la película no fui extra, trabajé como obrero; hasta hicimos una iglesia de escenografía. También construimos una grieta de madera con piedras y lodo porque el protagonista de la película, Jorge Martínez de Hoyos, tuvo un sueño: soñó que hubo un temblor y había que hacer la escenografía. La película era un sueño que tuvo el protagonista. Pusieron incluso maniquíes de soldados. Los artistas eran, además de Jorge Martínez de Hoyos, Isela Vega, Jorge Luke, Ofelia Guilmáin… Varias escenas vi. Otra película que se rodó en la isla en ese tiempo, pero yo no lo vi, se tituló ‘Águilas de Acero’. Actuaron Nubia Marí y Alberto Vázquez.”
“Treinta y seis años hice en Quintana Roo, hasta que me jubilé y decidimos regresar mi esposa y yo a nuestras raíces. A Dios gracias, siempre hemos tenido carro. Ahora estamos construyendo aquí en Zapata. Me gustan las plantas y quiero hacer mi jardín y sembrar mis matitas…
“Una vez que vine a La Sierra en mi Safari, tenía dos llantas de refacción en el coche y quise meter el carro. Me dice mi papá: ‘Hijo, aquí no roban nada; tranquilo. Efectivamente, amaneció y las cosas en su lugar, como era antes. Una vez me robaron por un muchacho de Colonia; me robó hacha, machete, coa, una barreta, pata de cabra. Fue robo hormiga porque cuando lo necesité no había. Este tipo se subía a un árbol a ‘bajar’ aguacates. A veces hasta le decía: ‘No te vayas a caer de allá,’ cuando solo subía a mirar qué había hasta que me robó.
“La casa de Chetumal la vendí bien. Ese dinero lo invertimos aquí en esta casa,” me comenta mientras enciende el ventilador porque hacía un poco de calor. Me ofrece un refrescante y sabroso vaso de refresco de mango y continúa…
“Entonces es cuando vinimos aquí en el 2024, en diciembre vinimos solo nosotros dos. Lo de aquí al lado lo estamos construyendo. Aquí estamos felices, mis amigos vienen a visitarme: este Rach Martín y su esposa, la maestra Livi, vienen aquí y nos ponemos a platicar buen rato.”
“Fíjate que ayer fue nuestro aniversario de boda. Mi esposa, Leticia Rosalía Canche Rivero, oriunda de la villa de Espita, tenía seis años cuando la trajeron sus papás a La Sierra. Tenía trece años cuando la empecé a enamorar. Un tiempo se fue a Valladolid, porque mi cuñada se había casado con un soldado y se fue con ellos para ayudarla. Pues regresó a punto a La Sierra porque yo iba a pedirle a Goyi Silva, hija de doña Justa, que sea mi novia porque había cortado a su novio; pero no, no le pedí que sea mi novia.
“De muchacho era yo muy bailarín, me gustaba bailar y mi suegra no estaba muy convencida de casarme con su hija por eso. Creía ella que era yo muy coqueto…
«Pues finalmente nos casamos el 2 de julio de 1967, a las siete de la noche, en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, patrona de la Colonia Yucatán. El padre Pedro Petrucci bendijo nuestro matrimonio. Yo tenía veinte años y ella dieciséis, los diecisiete los cumplió al mes siguiente. Se casó con permiso de sus papás porque era menor de edad. Mis padrinos fueron don Anastasio Canto y doña Paulita Cortés, los papás de Lino y Calín; los padrinos de mi esposa fueron Rosendo Villafaña, el Pelón, y su esposa Mercedes Díaz. El jolgorio se hizo en La Sierra, en casa de mis suegros. Nuestro viaje de bodas fue a la ciudad y puerto de Progreso: don Beny Flores nos prestó su casa…
“En todos nuestros años de casados, casi seis décadas, por la obra y gracia de Dios hemos educado a cinco hijos propios: David Antonio, Carlos Manuel, Sergio Alejandro, Diana Guadalupe y Alma Leticia, la x’tup. Mi esposa adoptó dos niñas cuando vivíamos en Chetumal. Ellas igual siempre están pendientes de nosotros. Ayer que fue nuestro aniversario –la plática se desarrolló la mañana del día 3 de julio– nos hablaron para felicitarnos. Siempre nos hablan para saber cómo estamos.
“Nuestro ‘otro’ hijo es el padre Miguel Ángel Pech Alonzo. Así nos dice: ‘Papá, mis hermanos son Nicolás, Felipe de Jesús, Elsy María, María Cristina, las gemelas Carmen Guadalupe y Genny Guadalupe; de la otra tanda son: José Concepción, Jorge Alberto –Betón-, José Alfredo -Freddy- y Wilberth Efrén.
“Fíjate que ayer que fue nuestro aniversario de boda. Fuimos a escuchar misa a Dzitás y a comer con ‘nuestro hijo’, como le decimos al padre Miguel. Hablando de comer, Ariel, por favor acompáñanos,” me dice David. “Luego te llevo a la Colonia.”
No me pude negar ante el ofrecimiento de un suculento y sabroso plato de potaje de lentejas con tortillas de maíz que trajo el tal don Sebas.
L.C.C. Vicente Ariel López Tejero





























