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Carlos Duarte Moreno
(Especial para el Diario del Sureste)
Acabo de llegar de Chichén Itzá. Cansancio del cuerpo abatanado por el ajetreo del viaje redondo en un solo día. Polvo del camino en el rostro y el traje. Y una estela dulce en el alma, que me dejó la sonrisa de las indias que salieron a la orilla del camino a palmotear a nuestro paso de forasteros vertiginosos…
De nuevo en la ciudad, el aire me parece cargado de amenaza, de probabilidad enemiga. Al bajar del vehículo que venció la distancia, alguien me saluda y sonríe… pero yo siento esa risa extraña y forzada, domesticada por la urbanidad. ¡Y experimento la extrañeza de la sonrisa fresca y sana de las indias que alzaron sus brazos de barro y canela cuando los excursionistas a Chichén llegamos a los poblados!
Verdaderamente la ciudad está cargada de plomo y de acero. Bala y puñal metamorfoseados circulan por los cuatro puntos cardinales. Caldero pequeño la provincia, hierve mejor la pasión y, más condensada, más firme, quema y horada cuanto gotea sobre la vida. El aire está cargado de humo, de gasolina, de envidia, de putrefacción de almas. Sin reglas de higiene espiritual, volvemos a respirar lo que expelemos. No tenemos ventilación libre de vicio. No siempre el basurero se lleva de las casas el desecho o la podre. Por eso de muchos postigos, de muchas puertas, de incontables ventanas, salen miasmas. El microscopio no puede descubrir esos gérmenes que el espíritu deja escapar. Se descubren, se sienten con el instinto. Para esos contagios apenas valen las precauciones.Por eso caminan por la ciudad tantos desilusionados, tantos hepáticos que tienen su razón en el mundo psíquico.
En vela siempre contra la acechanza de los demás, el hombre de la ciudad no come ni duerme tranquilo. Siempre hay un pensamiento en guardia, un temor que mantiene el espíritu en sobresalto. Para algo el enemigo del hombre es el hombre. Cuando aprieta la mano de un conocido, sonríe, como sonríe aquel a quien lo presentan. Es una sonrisa mecánica, sin arraigo en el mundo de la simpatía, de la atracción; sin que florezca en los labios el rictus natural con el aroma de lo espontáneo. Y el aire en que flotan estas cosas, lo respiro al llegar de la ciudad.
No es extraño que yo recuerde la sonrisa ingenua y franca y cordial de las indias que salieron al paso de nuestra caravana a saludarnos con sus gritos agradables de bienvenida, a mostrarse a nuestros ojos, ataviadas con sus trajes típicos, con sus rebozos de colores subidos y flecos largos, con los pezones de sus senos tentadores picando el hipil de seda o de lino, con sus labios de zapote coloreado, rizados de sonrisa…
Acabo de llegar, entre otros muchos excursionistas, de Chichén Itzá. Y otra vez, respirando aire de caldera, pienso en los indios nuestros cuyas mujeres –¡hermanas, hijas…!– nos formaron valla clamorosa y gritadora de colores. Aún nos falta hacer mucho por el indio. A pesar de todo lo que hemos logrado para nuestras clases indígenas, es preciso marchar en la lucha social con el sentido de sus necesidades latiéndonos en el corazón y en al frente. Sobre el descalabro de algunas de sus ilusiones, náufragas por la cruel mentira de los prometedores de bondades para conquistar el voto público, que después los olvidaron, hay que alzar la dedicación constante y ferviente que haga guardia al pie de su destino y de su incorporación a la vida civilizada. Porque, mientras, como he dicho en otra ocasión, pensemos que el indio tiene suficiente con su taza de frijoles negros sazonados con sal y apazote y con su torre de tortillas de maíz embadurnadas de chile, y con habitar en la casita autóctona que no es de él, nada podrá florecer en nuestro espíritu en su provecho.
Hemos construido muchas frases bellas en defensa del indio, y ojalá llevemos a cabo acciones en su beneficio en igual número. Y cuando lo conectemos anhelantemente a la corriente del progreso y no exista desmayo ni dilación en nuestro afán y cada sol diga a nuestra existencia que la tarea nos espera, y la continuemos con amor y convicción, los indios se amalgamarán en nuestra sangre y en nuestro espíritu, y verán en nosotros, hombres de la ciudad que respiramos podre de almas, hermanos que batallan en la línea ardua para bien de ellos, y, seguramente, cada que lleguemos a los poblados, en la gran fiesta del regocijo público que se siente ayudado, que se sabe unido a los hombres que están después de los montes, en la ciudad atrayente, saldrán las familias humildes a palmotear de júbilo y los indios nos darán sus manos callosas y ásperas, y las indias su sonrisa de agradecimiento encantado, mientras lucen la gala de sus primaveras campesinas frescas y radiantes, que se agudizan en los senos rotundos que parece que pican con los pezones la prisión frágil y suficiente de lino de los hipiles regionales…
Mérida, 5 de febrero de 1935.
Diario del Sureste. Mérida, 12 de febrero de 1935, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























