Visitas: 4

Oscar Contreras Tovar, Alumno de FCAYS unidad Valle Dorado
La visita de Patricia Lafarga a la Facultad de Ciencias Administrativas y Sociales no fue ni conferencia ni taller, tampoco quiso parecerlo. Fue una conversación sin maquillaje, un espejo sin marco, una clase de periodismo dictada desde las entrañas y no con PowerPoint y laser.
Nos encontramos en un aula llena de juventud y hambre por el conocimiento. No había estrado ni micrófono, tampoco presentación oficial.
Patricia Lafarga entró y saludó como si volviera a casa, aunque solo algunos la reconocían por la pantalla o por las redes.
«Cuando empecé a trabajar, ni siquiera sabía dónde estaba el Ayuntamiento. Entré a esta carrera con una idea vaga, como muchos. De hecho, yo decía que quería estudiar periodismo para casarme con Javier Alatorre. Suena ridículo, lo sé, pero así empezó todo: con una imagen idealizada. Y poco a poco, esa fantasía se fue convirtiendo en una vocación real.»
«En la universidad, la mayoría de mis profesores hablaban más de sus logros que de lo que implicaba realmente trabajar en el medio. Presumían, pero no compartían. Yo no quería escuchar solo éxitos; quería saber la verdad: los fracasos, los errores, lo que de verdad pasa allá afuera. Por eso me gusta tanto lo que está haciendo Joatam, el maestro de ustedes: llevarlos a la calle, a enfrentar la realidad. El periodismo se aprende haciendo.
«Mis prácticas en El Vigía fueron mi bautizo de fuego. Ahí empezó el verdadero terror. Ya no era teoría, era la vida real. El trabajo no tiene horario: te llaman un domingo a las 3 de la madrugada y no puedes decir que no. No le puedes decir al muerto que se muera el lunes.
«Recuerdo la primera vez que cubrí nota roja en la noche. Vi un muerto… y salí corriendo. Lo confieso. No fui valiente en ese momento. Pero después volví, y seguí. Porque ser valiente no es no tener miedo, es seguir a pesar del miedo.
«En algún momento me despidieron del CETIS Universidad. Caí en una depresión. No es fácil hablar de eso, pero lo hago porque creo que es importante que se sepa. Nadie cuenta sus errores, todos quieren contar sus aciertos. Pero el fracaso también forma parte del camino. A veces necesitas tocar fondo para reencontrarte con lo que amas.
«Cuando al fin cumplí el sueño de conducir un noticiero, recibí comentarios brutales: que si tenía ‘cara de mongola’, que mejor me dedicara a otra cosa. ¡Lloré, claro! Pero no me detuve. Aprendí a bloquear, literal y emocionalmente, a quienes me agreden. Hay que tener piel gruesa sin perder la sensibilidad.
«Aunque estaba al frente del noticiero, lo que realmente me apasionaba era salir a reportear. Me escapaba a las 6 am a hacer notas, aunque eso significara que mi productor se enojara. Esa era yo siendo feliz. El contenido es lo que me mueve, no el prestigio.
«Una vez, por una publicación sobre un supuesto puma, la gente entró en paranoia. Todo por no verificar. La familia de la chica que lo publicó la pasó muy mal. Yo decidí no sacar la nota. ¿Por qué? Porque el periodismo no siempre se trata de publicar; a veces se trata de frenar una mentira. Investigué, hablé con veterinarios, contacté a la Profepa, y al final no hice la nota. Pero fue lo correcto.
«Otra vez, un muerto tenía una cobija encima. La gente dijo que era un ‘encobijado’. Pero no: le pusieron la cobija porque murió en la calle. Esa diferencia cambia todo. El lenguaje importa. Las palabras crean realidades, o las distorsionan.
«Los medios tradicionales no deben pelearse con las redes sociales. Hay que evolucionar. Yo misma me metí a un curso en el CETIS para actualizarme. Aprendí a editar, a grabar, a entender los algoritmos. Uno no puede quedarse atrás. No basta con escribir bonito.
«Tuve un TikTok con miles de seguidores, pero un día me di cuenta de que solo alimentaba mi ego. No era un canal de comunicación útil. Así que lo dejé. El éxito no siempre son los números. A veces es saber cuándo parar y reinventarse.
«Entrar al mundo laboral en medios no es fácil. Hay que aguantar. Los horarios, el estrés, los temas duros… todo eso forma parte.
“Una semana tuve que cubrir varios casos trágicos, uno tras otro. Mientras tanto, algunos compañeros solo pensaban en que ya era su hora de salida. No todos están hechos para esto. Y está bien. Pero si vas a estar, tienes que estar de verdad.
«Recuerdo cuando me dijeron que tenía que ser proactiva. Yo no sabía ni qué significaba. Aprendí a la mala: equivocándome, preguntando, intentando. Aún lo hago. Porque este oficio se aprende así: con errores y con terquedad.»
Conclusión
La historia de Paty Lafarga es una muestra honesta y cruda de lo que significa hacer periodismo local. Ella no quiso romantizar su camino: muestra el dolor, la duda, el miedo, pero también la pasión, la ética y el amor por contar historias. Su voz, no solo informa: ¡transforma!




























