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Enseñanzas con alma

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Carmen Mendoza

Hoy me encuentro con sentimientos contrapuestos.
No hallo la ventana del desahogo
al sentir que se derrumbó mi castillo
hecho de tus enseñanzas,
como si una avalancha o un terremoto lo hubiera arrasado.

Me enseñaste el valor del tiempo,
a leer los semáforos de la vida,
a debatir con respeto, a contar cuentos con alma,
a hablar con elocuencia.

Me enseñaste que la hora tiene sesenta minutos,
cada minuto sesenta segundos,
que el tiempo es sagrado,
y cada palabra un universo.

Me enseñaste a ser tolerante,
a ser resiliente,
a ser una persona coherente.

Me hiciste sentir princesa de un castillo,
con vestimenta discreta, sin distractores,
respetando el tiempo y la voz
de tan maravillosos oradores.

Me enseñaste a ser paciente,
a tomar con calma cada evaluación,
a ser maestra de ceremonias con objetivos claros,
a tomar el mando, para luego regresártelo con gratitud.

¡Me enseñaste!
¡Me enseñaste!
¡Me enseñaste!

Pero no me enseñaste a enfrentar este cambio
tan cruel, tan abrupto, tan absurdo…

De un minuto a un segundo,
todo se volvió un laberinto incierto y deslumbrante.

Me enseñaste que la vida es cambio,
como el agua que muta entre hielo, líquido y vapor.

Me enseñaste que ningún título —reina, princesa, duque—
vale más que lo que tú ofreciste:
amor, convicción, profesionalismo,
sencillez, humildad…
Cualidades que tus actos reflejaron mejor que mil palabras.

Hay lecciones que duelen.
Lecciones que confunden.

Han pasado algunos meses
desde la última sesión,
desde la última sonrisa,
desde la última charla y consejo del día.

Aunque mi corazón se quebró con tu partida,
aunque dolió el silencio que dejaste,
hoy lo siento latir de nuevo,
porque entendí que no te has ido.

Tu voz vive en cada decisión que tomo,
tu mirada en cada meta que alcanzo,
tus palabras en cada paso que doy.

Porque quien enseña con el alma
nunca se va…
Se queda para siempre
en la historia de quienes aprendimos a volar contigo.

En agradecimiento y homenaje póstumo a nuestro inigualable
Maestro Ingeniero Félix Joel Rodríguez Islas.

Sembró en mí la semilla del saber, la fuerza del carácter y la luz del buen decir.
A ese guía, maestro, líder y alma generosa
que, sin saberlo, me transformó para siempre.

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