Visitas: 3

VI
PRIMER VIAJE A YUCATÁN
(1839)
Continuación…
«Mientras yo recorría esas ruinas, Mr. Catherwood fue a la casa del gobernador, cuyo título según el nombre que le dan los indios, indica el principal edificio de la antigua ciudad, la residencia del gobernador o el palacio: su posición es la más magnífica; su arquitectura la más grandiosa, y es el que se conserva con más perfección entre todos los edificios que existen en Uxmal.
“Está situado sobre tres terrados; el primero tiene seiscientos pies de largo y cinco de alto está rodeado de una pared trabajada con piedras cortadas, y sobre su cima hay una plataforma de veinte pies de alto, de donde se levanta otro terrado de quince pies de altura; está sostenido en sus extremidades por paredes de piedra, y sus ángulos tienen una figura redondeada de manera que presentan mejor remate que si sus ángulos fueran agudos.
«La gran plataforma que está sobre él es llana y libre de árboles, pero abunda en troncos verdes del bosque que acaba de ser desmontado, y estaba entonces plantado, o mejor dicho, sembrado de maíz que apenas se levantaba un pie sobre el suelo. En la extremidad S. E. de esta plataforma, se halla una hilera de pilares redondos de dieciocho pulgadas de diámetro y de tres o cuatro pies de alto, la que se extiende como unos cien pies de largo de la plataforma; y éstos fueron los que más semejanza presentaban a los pilares o columnas de todo lo que vimos en el reconocimiento de las ruinas de aquel país. En medio del terrado a lo largo de una calle que conducía a una escalera, había un pilar redondo, roto, inclinado, rodeado de árboles y cayéndose. Era parte de nuestro objeto el hacer una excavación en esta plataforma, porque suponíamos que abajo debía encontrarse alguna bóveda que fuese el depósito de agua que abasteciese a la ciudad.
«En el centro de la plataforma, hacia a su frente, a una distancia de ciento cinco pies del bordo, hay una escalera de piedra de más de cien pies de ancho y de treinta y cinco escalones que sube a un tercer terrado, elevado quince pies sobre el segundo, y treinta y cinco del suelo, y como está situado en una llanura desnuda, tenía una posición muy dominante: solamente la construcción de estos terrados, debe haber costado un inmenso trabajo: sobre este tercer terrado está colocada la noble estructura de la casa del gobernador, con su principal entrada, enfrentando la escalera. La fachada mide trescientos veinte pies: separada de la región de las copiosas aguas y la vegetación lozana de las florestas que circundan las ruinas del Palenque, permanece con sus paredes erguidas y casi tan perfecta, como cuando la abandonaron sus habitantes. Todo el edificio está construido de piedra lisa, hasta el alto de la moldura que está sobre la puerta, y de allí para arriba, lleno de ricas, extrañas y bien trabajadas esculturas; entre las cuales sobresale particularmente el ornamento a la greque de que ya hemos hecho mención. No hay rudeza o tosquedad en el diseño y proporciones, antes al contrario, el todo presenta un aspecto de grandiosidad y simetría arquitectónica; y cuando el viajero sube los escalones y dirige su vista asombrada a las abiertas y desoladas puertas, apenas cree que ve delante, la obra de una raza, en cuyo epitafio, según han escrito los historiadores, se les llama ignorantes del arte, y se dice que han perecido en medio de la grosería, aspereza e ignorancia de una vida salvaje. Si estuviese este edificio con sus grandes terrados artificiales situado en Hyde Park o en el jardín de las Tullerías, formaría un nuevo orden no digo igual, pero sí digno de permanecer al lado de los restos del arte egipcio, griego y romano.
«Había una cosa en que aparecía una falta extraña de conformidad con todo el resto: fue el primer objeto que atrajo mi atención en la casa del enano, y que observé en todos los demás edificios. Ya he dicho que en Ococingo, vimos una viga, y en el Palenque el fragmento de un rollizo; en este lugar todos los dinteles eran de madera y en todos los edificios, los más de ellos, estaban en sus lugares sobre las puertas: estos dinteles eran vigas pesadas de ocho a nueve pies de largo, dieciocho o veinte pulgadas de ancho y doce o catorce de grueso, la madera lo mismo que la de Ococingo era muy dura y sonaba al golpe del machete: nuestro guía nos dijo que era de una especie que no se encontraba en las cercanías, sino que venía de los distantes bosques cercanos al lago del Petén: parecía inexplicable la razón de que se hubiese usado de madera en la construcción de edificios que exceptuando esto, están fabricados con piedra sólida; si nuestro guía decía la verdad con respecto del lugar de donde se trajo la madera, cada una de las vigas debió haber sido conducida en hombros de ocho indios con las remudas necesarias en una distancia de trescientas millas; por consiguiente deben haber sido costosas, raras y curiosas; y por esta razón, debieron ser consideradas como mero lujo. Los dinteles era preciso que fueran de mucha fortaleza, pues sostenían una sólida masa de pared de piedra de catorce o dieciséis pies de alto, y tres o cuatro de grueso: tal vez antes estaban tan fuertes como la misma piedra; pero entonces manifestaban que no eran tan durables, pues contenían dentro de sí mismos el germen de la destrucción. Verdad es, que muchos de ellos estaban en sus lugares más fuertes y duros que el lignum vitae: pero otros estaban perforados por la polilla: algunos rotos en el medio, y las paredes que descansan sobre ellos, muy pronto vencerán la fortaleza que aún les queda; y otros finalmente habían caído del todo. Ciertamente que, si exceptuamos la casa de las monjas, la destrucción provenía principalmente de la decadencia o rotura de estas vigas: si los dinteles hubieran sido de piedra los principales edificios de esta ciudad desolada estuvieran aún casi enteros, o si los edificios hubieran estado ocupados y a la vista de sus dueños, las vigas decaídas hubieran sido repuestas, y los edificios salvados de ruina. En los momentos de grandeza y poder, los edificadores nunca contemplaron que llegaría un tiempo en que su ciudad sería víctima de la desolación.
«La casa del gobernador tiene la fachada hacia el oriente. En el centro, enfrente de la escalinata que guía a la terraza, hay tres puertas principales: la del medio tiene ocho pies seis pulgadas de ancho, sobre ocho pies diez pulgadas de elevación: las demás son de la propia altura, pero de dos pies menos en el ancho. La puerta central da entrada a un departamento de sesenta pies de largo y veintisiete de ancho, dividido en dos corredores por una pared de tres pies y medio de espesor con una puerta de comunicación entre ambos, de las mismas dimensiones que la puerta de entrada. El plan es el mismo que el del corredor que decora en el frente al palacio del Palenque, sólo que aquí el corredor ni recorre toda la extensión del edificio, ni el corredor posterior tiene puerta de salida. Los pisos son de piedra cuadrada y lisa, y las paredes formadas de sendos trozos de piedra, pulimentados y colocados con primor: el techo es formado del arco triangular sin clave, como en el Palenque; pero en lugar de aquellas piedras toscas dadas de estuco, las capas de piedra van arreglándose en proporción que se elevan, y presentan una superficie lisa y pulimentada. En todo ello, la colocación y pulimento de las piedras son tan perfectos, como si se hubieran ejecutado por las mejores reglas de la construcción moderna.
«En este departamento determinamos residir, otra vez, aun en el palacio de algunos reyes desconocidos, y bajo un techo tan limpio, como lo estuvo cuando protegía las cabezas de sus primitivos ocupantes. Muy diferente de lo que pasa en el Antiguo Mundo, en donde tratándose de ruinas algunos cicerones demasiado charlatanes procuran exagerar cada fragmento, en este país la realidad excedía con mucho a nuestras esperanzas. Cuando dejamos en Sisal el bergantín del capitán Fensley, no esperábamos hallar ocupación más que para tres o cuatro días; pero se había abierto delante de nosotros un campo vasto de interesantes trabajos, y entramos en el con las ventajas de la experiencia, la protección y benévola asistencia del dueño y al alcance de todas aquellas comodidades, que era difícil hallar en ningún otro sitio de esta especie. No estábamos sepultados en una floresta, como nos sucedió en el Palenque. Delante de nuestra puerta se alzaba la elevada casa del enano, que casi parecía realizar el romance indio que de ella se refería, y por cualquiera parte que desde la terraza dirigíamos la vista, mirábamos sobre un campo de ruinas.
«Del departamento central, las divisiones en cada ala correspondían exactamente en tamaño y perfección, y conservaban en los adornos la misma uniformidad. Todos los techos estaban limpios, las habitaciones secas; y para hablar de una manera más comprensible diré, que unos pocos miles de pesos gastados en los reparos, habrían restaurado la obra, en términos que se habría hallado apta para ser ocupada de nuevo por sus reales dueños. Algunas paredes estaban bruñidas de estucos tan brillantes como el mejor que pudiera usarse en los Estados Unidos: las demás eran de piedra labrada lisa. Allí no habían pinturas, adornos de estuco, obras de escultura, ni ninguna otra clase de decoraciones.
«En una de las habitaciones hallamos un objeto que nos pareció el más interesante que allí había; y era una viga de madera de cerca de diez pies de largo y de un peso considerable. Esta viga había caído de su sitio, que era una puerta y quién sabe con qué objeto fue llevada a un rincón interior y oscuro de la pieza. En su anverso presentaba una línea de caracteres, no sé yo si esculpidos o estampados, casi borrados, pero que creímos fuesen jeroglíficos semejantes, hasta donde nos era posible entenderlos, a los de Copán y Palenque. Varios indios estaban alrededor nuestro vigilando con una ociosa curiosidad todos nuestros movimientos. Y por temor de llamarles la atención, abandonamos la viga en el momento en que un indio se sentaba sobre ella. Antes de que saliésemos por la puerta, escuchamos el golpe de su machete que caía indiferentemente a derecha e izquierda y que podía destruir algunas pulgadas de los caracteres. Sentimos con eso un vuelco terrible; pero no quisimos decirle que se abstuviese de hacer aquello, por temor de que la ignorancia, celo o sospecha fuesen los medios de asegurar su destrucción. Desde aquel momento me determiné a libertar la viga misteriosa. Obligado a abandonar a Uxmal de prisa, a mi llegada a Mérida me ofreció D. Simón enviármela juntamente con una piedra esculpida, que formaba uno de los principales adornos en todos los edificios. La piedra está ya en poder mío, pero la viga no llegó nunca; y entre los varios motivos de pesar que experimento por nuestra súbita partida de aquellas ruinas, no puedo menos de deplorar la desgracia de no haber puesto en cobro la viga. ¡Con qué luz tan débil están escritas las páginas de la historia americana! No hay ídolos en Uxmal como en Copán, ni una sola figura de estuco o esculpida, como en el Palenque. A pesar de nuestras tenaces investigaciones no descubrimos ningún punto de absoluta semejanza que el que presentaban los jeroglíficos de esta viga; y el pérfido machete de un indio estaba a punto de destruir el único eslabón que podía unirlos entre sí.
‘El adorno de piedra referido representa la parte anterior de una calavera con alas extendidas e hileras de dientes proyectados, algo semejante en el efecto a las calaveras que solemos colocar en nuestras lápidas funerarias. Es de dos pies de ancho comprendiendo las alas y tiene un puyón en la parte posterior, dispuesto para asegurarse en la pared. D. Simón lo había extraído entero con intención de colocarlo como un adorno en la fachada de su hacienda…”
John L. Stephens
Continuará la próxima semana….





























