Uroboros

By on septiembre 10, 2020

Los siguientes son registros recuperados del diario de Emilio Lara, jefe de la Morgue de la Funeraria San Pedro. Los extractos provienen de una serie de documentos de la policía relacionados con la investigación de la muerte de Lara en su hogar…

Agosto 13

No suele hacer esto, pero he decido escribir aquí. Usualmente hago estas anotaciones en los documentos del examen forense, pero es bastante obvio que cualquiera que lo leyera creería que ya estoy senil o que he vuelto a fumar algo. Bueno, sí lo hago, pero la mariguana es por  mi artritis y fue mucho después de lo que pasó.

Un nuevo cuerpo llegó hoy. Bastante normal: Mujer, aproximadamente 27 años, desconocida. Una lástima. No solo por lo joven que se fue, sino porque era muy bella. Lo primero que llamó mi atención fue que el cuerpo estaba ridículamente en buen estado.

En este negocio te aseguras de siempre decir las cosas con cuidado. Los trabajadores de una morgue llegan a un punto en su vida en que ya no sienten la necesidad de hacer caravanas para el difunto, en especial si se está en contacto con ellos diariamente, como en este último año. A pesar de todo, siempre tenemos cuidado de evitar el uso de ciertas palabras que puedan levantar banderas rojas hacia ti, como bella, hermosa, bien formada, llena, de buen ver, etcétera.

Todo aquel que ha trabajado en este negocio sabe que los cuerpos que arriban son en su mayoría de ancianos, decrépitos que no levantan el ánimo. Los pocos jóvenes llegan en condiciones deplorables, a veces al punto de ni siquiera tener un rostro o facciones que distingan si es hombre o mujer. Lo de todos los días en nuestra violenta capital, estado, país.

El hecho es que debes ser una clase “especial” de sujeto para ver lo atractivo en ellos y lo resaltes cuando se te pide que hagas un encargo especial y lo vuelvas “presentable”, solo eso: que se vea bien y respetable para el público. Después de todo, es un funeral, no algo para una película porno.

Así que, por las razones expuestas, uno sabe de qué debe cuidarse si alguien llega a hablar de esa manera de los muertos que nos traen. Lamento decir que hemos tenido al menos dos incidentes de esa naturaleza: Uno con un joven ex empleado, que no hubiera sido contratado de haberse sabido lo que ponía en su página web, y otro hombre que pidió ciertos arreglos para el entierro de su nuera. No entraré en detalles, pero tuvimos suerte de que todo quedara fuera del conocimiento del público.

Es por esas razones que he decidido escribir aquí. No quisiera que nadie que trabajara en este lugar malinterpretara lo que quiero expresar cuando digo que el cuerpo de esta mujer es hermoso. Simplemente quise decir que está muy bien conservado.

Al parecer, la causa de su muerte fue ahogamiento. Fue encontrada flotando en el río a las afueras de la ciudad. Seguramente fue encontrada solo unos pocos minutos después de haberse ahogado, porque no parecía haber pasado mucho tiempo en el agua.

Conozco a los policías a los que se les asignó el caso, no es necesario decir que las autoridades son bastante incompetentes.

Hora de volver al trabajo. Algo me dice que encontraré la verdadera causa de la muerte durante la disección. Algo interesante para avivar ese día.

***

Agosto 15

Hice el primer examen y debo decir que estoy un poco consternado.

Ayer un policía vino para preguntar si había venido alguien a reclamar el cadáver. Era el mismo que llenó el reporte inicial cuando lo encontraron.  Esto fue una sorpresa, ya que usualmente los oficiales nunca vuelven por este tipo de cosas, incluso cuando se trata del cuerpo de algún criminal importante o uno de los suyos: solo se apersonan si se trata de alguien muy cercano o  tienen una historia personal con el difunto; usualmente se apresuran a hacer las preguntas para irse lo más rápido posible y terminar el papeleo, en especial cuando se trata de desconocidos sin ninguna clase de registro, como nuestra amiga.

El jefe preguntó si debíamos esperar por alguien, pero el agente no respondió ninguna de sus preguntas. Nos dio el número de la comisaria y su número personal, y se marchó sin más. El jefe decidió acelerar la autopsia porque este caso podría traernos problemas con gente peligrosa, algo que ya ha pasado antes en este establecimiento.

Esto fue lo que encontré.

Como supuse, no parece que el ahogamiento fhubiera sido la causa del fallecimiento de la chica. Encontré agua en sus pulmones, pero no encontré lesión alguna ni manchas de paltauf de ninguna clase. Sus órganos y piel no pasaron más de veinte minutos en el agua, aunque para entonces ya estaba muerta.

Tampoco encontré otras lesiones o moretones que indicaran que fue golpeada. Pensé que fue noqueada y cayó al agua, ahogándose, luego pensé que el golpe inicial pudo haberla matado; ahora resulta que no hubo nunca un golpe.

Asistido por Arturo, el otro empleado de la morgue, pasamos todo el día buscando por todo el cuerpo tanto afuera como literalmente adentro. Finalmente, después de varias horas y dos descansos, solo encontramos un par de marcas de uñas de mujer en la muñeca izquierda.

Arturo tuvo una loca teoría de que pudo haber sido envenenada; “uñas envenenadas” dijo entre risas. Admito que lo consideré por un momento, al no hallar oscurecimientos en la entrada de las heridas y no encontrar rastros de veneno alguno en los órganos.

Me sentí mal al deslizar el bisturí bajo los lindos, pequeños y pálidos senos de la chica. Ahora estoy intrigado. Nunca me había topado con algo similar. Usualmente un elemento externo suele surgir, explicando las circunstancias de la muerte de algún difunto. Espero que este también sea el caso. Hasta entonces, la causa de muerte sigue en blanco.

***

Agosto 17

Estaba en mi descanso cuando Arturo me llamó. Por el tono de su voz, supe que estaba asustado. Eso significaba que había sucedido algo. Su voz provenía de la cámara frigorífica de la morgue.

Al entrar, encontré a Arturo frente al refrigerador mortuario, de pie junto a un compartimiento abierto, el que contenía el cuerpo de la chica desconocida. Mi compañero no despegaba la vista del cuerpo. Seguí su mirada hacia lo que estaba viendo.

Espinas. Una rama de espinas salía del cuerpo de la chica: en medio del corte en Y de su torso, entre las costuras, había una pequeña rama de espinas que surgía de la incisión.

Espabilé a Arturo y le pedí que preparara la mesa de autopsia mientras yo retiraba el cuerpo y lo colocaba sobre la mesa transportadora. Mientras lo hacía, pensé en las posibilidades de contaminación y las repercusiones de que eso pasara a un cuerpo relacionado a una investigación oficial.

Arturo no paraba de decirme que nadie podía haber entrado a la cámara sin permiso suyo, mío, o del empleado de turno vespertino, que estaba de vacaciones; incluso si alguien hubiera entrado ¿abrió un cadáver al azar y le metió una planta? ¿Qué clase de broma enfermiza era esta? No era gracioso, ni un poco.

Empecé a cortar las costuras e intenté abrir el cuerpo, encontrando resistencia. Algo impedía que abriera el torso.

Finalmente después de mucho esfuerzo, logré abrir el pecho. Mi sorpresa ante lo que tenía enfrente me impidió notar el líquido verde que manchaba mi bisturí al cortar las ramas de espinas.

El corazón de la chica se encontraba ahí, con un color rojo saludable, completamente rodeado de lianas llenas de espinas, casi apretándolo, como un lazo de muerte; más lianas espinosas rodeaban los órganos, incrustándose debajo de los tejidos, en un abrazo mortal.

Nos quedamos inmóviles. Lo que veíamos era imposible. No había manera de que esto pudiera ocurrir naturalmente.

Me pregunté si alguien había entrado y hecho esto pero ¿cómo? ¿En qué momento pudo hacerlo? ¿Por qué? Mientras más miraba las espinas incrustadas, más preguntas me surgían.

Arturo pensó que el cuerpo había sido cambiado. Una explicación tan razonable como cualquier otra. Pero eso implicaría que hubiera evidencias de la entrada de ese alguien y no había una sola. Al comparar las huellas dactilares con las del archivo, comprobamos que era sin duda el mismo cuerpo que había sido abierto solo unos días atrás.

En ese momento me di cuenta de algo: lo había visto durante el examen preliminar. Aquí estaba anotado: “El corazón parece estar intacto, además de mostrar un color saludable, no parece mostrar nada fuera de lo común.” Qué idiota.

Cerramos el torso, y metimos el cuerpo de nuevo en el refrigerador mortuorio, cerrando la cámara. Pasamos el resto del día decidiendo qué haríamos. Acordamos que había que decírselo al jefe. Entre los tres tomaríamos una decisión.

No sucedió.

Poco después de que el jefe llegara, y antes de que pudiéramos decirle algo, un sujeto entró al despacho en la entrada, pidiendo a gritos ver al dueño; sus tatuajes lo identificaban como miembro de uno de los carteles de la ciudad. Me llamó la atención que en la parte derecha de su cara, la que no estaba cubierta de tatuajes, había unas cicatrices frescas, como si alguien le hubiera clavado cientos de pequeñas agujas en el rostro, o como si alguien hubiera enrollado un alambre de púas en su cabeza y hubiera tirado de él.

Quería ver a la mujer que había traído la policía. Amenazó con matarnos si no le mostrábamos a la chica. Imaginé que se refería al cuerpo aunque, por la manera en que la describía, no estaba seguro de que fuera la misma mujer; la mujer que el describía parecía alguien mucho mayor. Pudiera tratarse de la misma y este era el sujeto que la había matado.

No tuvimos tiempo de averiguarlo: el sujeto sacó una pistola de su chaqueta. A pesar de que estaba asustado, me di cuenta de que el tipo temblaba excesivamente. Al principio pensé que estaba drogado; la manera en que respiraba, su mirada dilatada, la saliva que se derramaba de su boca, y la forma en que tartamudeaba, me indicaron que el sujeto había sido envenenado.

Estuve a punto de hacer una sugerencia, pero nuestro jefe hizo la suya. No juzgaré las acciones de mi jefe, sobre todo por lo que pasó, pero he de aclarar que, aunque nunca fuimos cercanos en todos esos años que trabajé para él, todos sabían que era un sujeto paranoico, incluso para los estándares de un residente de una ciudad peligrosa como esta. Cuando sacó su propia pistola y le disparó en el cuello al maleante nos sorprendió agradablemente. Verlo recibir un tiro en la cabeza definitivamente no lo fue.

Ver a mi jefe morir y a ese maleante desangrarse, mientras se agarraba el cuello, fue algo que me va a acompañar por siempre. Uno piensa que lo ha visto todo con tantos cadáveres que llegan, en especial aquellos que han sido víctimas de crímenes, asesinatos y violaciones; estar presente en los últimos momentos en vida de alguien, y se van de manera tan violenta, es algo que no tiene comparación.

Lo siguiente que pasó fue un circo: la llamada y arribo de la policía, los reporteros, forenses y más. Las preguntas nos llovieron. Por suerte, todo había sido registrado por la única cámara de seguridad, que teníamos lo que nos ahorró algunas molestias. En cuanto al cuerpo, no dijimos nada al respecto.

Al principio pensé que debíamos decir algo, debido a su relación con el sujeto, pero en realidad no sabíamos nada. Podíamos asumir ciertas cosas, pero en verdad no teníamos idea alguna de que hubiera alguna relación con él y el cuerpo. Al escribir esto, aquí y ahora me doy cuenta de que simplemente temía que nos quitaran el cuerpo; puesto que los oficiales solo nos pidieron los papeles de su ingreso, y ninguno nos pidió verlo, lo tomamos como señal de que era mejor que nadie supiera de él.

Ha sido un día largo. El cuerpo del criminal fue guardado aquí –sí, ya sé, irónico– y Arturo está limpiando el despacho. Hemos acordado no hablar del cuerpo hasta que lo hayamos estudiado con más calma, hasta asegurarnos de que hay una razón lógica para lo que le está pasando. Solo será un fin de semana. Será suficiente para aclarar nuestras mentes.

No dejo de pensar en lo último que el maleante dijo mientras se desangraba: “Esa maldita, esa maldita.” ¿A quién se refería?

***

Agosto 20

Es mi culpa, solo mía.

Me di cuenta tarde el domingo en la tarde. Estaba tan seguro de que debía ser falso que nunca se me pasó por la cabeza que, si las espinas eran reales, el frío no parecía impedir que crecieran.

Usé mi juego de llaves para abrir la morgue. No fue necesario que abriera la cámara: estaba abierta.

Encima de la mesa de autopsias estaba el cuerpo de la joven, sentada en sus rodillas, con los brazos extendidos y la cabeza alzada….

De todo el cuerpo, por todos sus orificios naturales y también de varias heridas abiertas, surgían ramas de espinas, rodeándola, enrollándose, haciéndola parecer una marioneta mal hecha, enredada por hilos de color verde-oscuro. La incisión del pecho estaba completamente abierta, mostrando el corazón, que ahora latía, coronado por una rama circular de espinas. Lo más impresionante era la cabeza: donde antes estaba el rostro de la chica, ahora había un agujero, como si la parte frontal del cráneo hubiera explotado y reventara de adentro hacia afuera, solo la mandíbula inferior y la lengua colgaba. Encima del cerebro de la chica, incrustado en una gruesa rama y rodeado también de vainas llenas de espinas, cientos de pequeñas flores de colores rojizos habían brotado, con una textura carnosa y con venas azules en sus superficies.

Grité e incluso maldije. En el silencio del lugar, mis palabras me asustaron. Estaba aterrado.

Llamé a Arturo. Le tomará más tiempo que a mí llegar aquí, no pienso hacer nada hasta que él llegue. En lo que a mí respecta, deberíamos quemar la maldita cosa de una buena vez. Esta cosa es alguna especie de virus o algo así y alguien está jodiéndonos: puedo creer en lo que está invadiendo su cuerpo, pero no hay manera de que se levantara y se pusiera en la mesa por su propia cuenta.

No tengo ningún arma, pero cerré todas las puertas y ventanas. No me gusta la idea de estar aquí encerrado con esta cosa, pero no me queda de otra.

***

[Fecha desconocida]

Está viva. Ahora lo sé.

Me atrapó cuando intenté obtener una muestra de las ramas de espinas.

Me tomó del brazo y las lianas treparon por su mano hacia mí. A pesar de los guantes, la bata y la máscara, las espinas penetraron mi piel, inyectándome alguna toxina, no lo sé.

Empecé a tener visiones, como desde la perspectiva de otra persona, de la chica.

Esta chica, esta mujer, era mala, estaba mal. Imágenes de gente sufriendo, de personas cercanas a ella sufriendo por su culpa al manipularlos, herirlos, traicionarlos, incluso de su propia sangre.

Los hombres en estas imágenes son de rostros duros y ojos asesinos. Muchos son sus compañeros, otros sus amantes, otros son solo un arma o juguete para ella. Entre las decenas de rostros, reconocí al sujeto que vino a morir aquí.

También hay rostros de mujeres. La mayoría de ellas sin vida. Amigas, hermanas, tías, madres e hijas. Todas se interpusieron en su camino. Todas terminaron muertas.

Hay un rostro que sobresale de los demás. Esa cara me comunica su miedo, me llena de horror. Es un rostro muy bello, de piel morena y cabello negro, pero sus ojos están llenos de una crueldad sin fin.

Le dice a la chica que está podrida, que su corazón esta echado a perder, que está llena de mierda, que ella es mierda, que su corazón está lleno de mierda, que su corazón es mierda, que es solo abono y nada más. Ya que no lo utiliza, ella le dará un uso útil.

Entonces siento dolor. Algo penetra entre los pechos de la chica y se deposita en su corazón. Algo pequeño, algo que empieza a crecer.

Y continúa creciendo…

E incluso en la muerte seguirá creciendo.

Ella lo siente todo, nunca dejará de sentirlo. Lo que está dentro de ella jamás la liberará, forma parte de ella. Como las flores, estas sensaciones y recuerdos volverán, se marchitarán y morirán, para florecer nuevamente, en un ciclo que jamás terminará.

Un uroboros de dolor. Infinito y eterno.

***

El doctor Lara fue encontrado muerto en su casa, ahorcado. Se piensa en un suicidio, aunque varias pistas parecen indicar  la intervención de otra persona. Las inconsistencias y contradicciones en la escena del crimen impiden identificar al presunto asesino o asesinos.

Arturo Sierra desapareció el mismo día del incidente. No ha sido encontrado. Familiares lo vieron irse, él les dijo que iba  a la morgue. Su auto fue encontrado días después, estrellado en un árbol que parecía haber sido trasplantado ese mismo día. No se encontró rastro de Arturo en el vehículo ni en las cercanías.

Además de la documentación de ingreso y el reporte de autopsias, se desconoce el paradero del cuerpo de la mujer, y la identidad del desconocido que irrumpió en la morgue dos días atrás.

Una semana  después, el caso se declaró cerrado por órdenes del agente que hizo el reporte inicial sobre el cuerpo.

La Funeraria San Pedro fue cerrada y adquirida. Su joven y bella dueña actualmente está remodelándola.

HUGO PAT

yorickjoker@gmail.com

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