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Unanimismo

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Jules Romains

Oswaldo Baqueiro Anduze

Aunque no fuese en trance de reporteros, siempre hubiéramos escrito aquí: Jules Romains, el celebrado literato francés y creador de las teorías del unanimismo, obtuvo el más resonante triunfo con el discurso que pronunció en la asamblea inaugural del Congreso de Escritores que se reunió en la ciudad de Buenos Aires. Porque el autor de una modalidad estética que en sus preludios pudo ser confundida entre otros ismos fugitivos y que, por esto, tratóse de olvidar pronto, ha logrado galvanizar sus doctrinas, demostrando hasta qué punto ellas absorben una visión de la realidad y hasta qué punto, también, se inspiran en un anhelo de orientación de las aspiraciones de nuestra hora.

Los perfiles que cobra el drama humano en nuestros días constatan cuánto de profético sentido hubo en la concepción unanimista. Benjamín Crémieux, en un artículo reciente publicado en La Nación de la metrópoli argentina, nos hace notar que el unanimismo surge durante la fiebre innovadora que dio origen al suprarrealismo, al creacionismo, al dadaísmo y a otras febriles e inconexas tendencias estéticas; pero mientras éstas tendían a la anarquía y asumían cuando más y sin pretenderlo la fase caótica y destructiva de la revolución intelectual, el unanimismo, en cambio, pensamos nosotros, trabajaba por una visión en la que se entregara un asomo de nuestros días; trataba de saltar los andamios del tiempo en que era elaborada y conectarse con una adivinación de nuestra realidad. De esta manera, entonces ¿por qué sus hipótesis no habrían de adquirir el hechizo inquietante de una ciencia oculta?, ¿y qué podía impedir que sus adeptos lograran inspirar ese sentimiento, mezcla de horror y de admiración, que suscitan los endemoniados, mejor dicho, los que se han endemoniado?

El unanimismo, con todo, tuvo su decadencia; el mismo Romains fue en cierto momento un olvidado. ¡Qué irónico destino este de llegar a la más pueril situación, cuando pudo ejercerse el más fiero influjo, cuando pudo mantenerse, sin declinamientos, el prestigio conquistado en una hora de lucidez fecunda! Pero Romains no transige con destino semejante; sin esquivarlas, pasa victorioso todas las pruebas. Es que el unanimismo fúndase en el descubrimiento de hechos terriblemente incoercibles y que, con el tiempo, habrían de adquirir una magna coherencia. “Los hombres –afirmaba entonces–, reunidos por el azar más arbitrario, por poco que dure su reunión y siempre que ella germine una acción, tienden a convertirse en otra cosa que en cierto número de hombres” y, en razón de este fenómeno casi mágico: “captados en una condensación de lo unánime, en un bosquejo de individualidad más extensiva que la de ellos, que es la del grupo”.

El unanimismo, pues, trataba de reflejar la mística de los sucesos que van dando a nuestra época su ritmo antiindividualista y, como acertó a descubrir en las multitudes algo más que a individuos reunidos y sospechó la potencialidad que ellas pueden adquirir en una consciente adhesión a los fines depurativos de lo justo y lo legítimo, pudo ser una de las tendencias literarias más acordes con los signos de la época. Es cierto que advino con una independencia que favoreció y aún favorece su posición distante de dogmatismos políticos; esto no obstante y juzgando con cierta amplitud, el unanimismo debe contar con las simpatías de los escritores de izquierda ya que, en última instancia, implica un testimonio honesto que valoriza de manera extraordinaria las más imperativas corrientes del pensamiento contemporáneo.

Romains viene a confirmar su fe ante la asamblea de intelectuales: “Cuando a principios de siglo intenté llamar la atención de los escritores acerca de la importancia de lo que a mí me parecía primordial de los estados de conciencia colectivos, de los modos colectivos de vida y de sensibilidad, dirá esta vez, no faltaron buenos espíritus que juzgaron que yo agrandaba las cosas y que cedía más o menos a una manía. Hoy creo que han cambiado de opinión; y hasta que, sobre todo si consideran las ráfagas de emoción y de pasión colectivas a que asistimos en el mundo entero, cual verdaderos azotes de Dios, están dispuestos a reconocer que ese unanimismo –bajo todos sus aspectos– domina la época. ¿Qué ganaremos con ignorarlo o verlo confusamente, con disgusto o espanto? ¿Creemos poder exorcizar tales delirios con sólo calificarlos de gregarios?

Como habréis de juzgar, lo más seductivo en la actitud de Romains es que no sólo se limita a dar fe de la realidad, sino que, con mesiánicas urgencias, nos exhorta a comprenderla a través de las expresiones del pueblo, del pueblo impelido de ansias de destino. Quienes con sensibilidad anacrónica ven en las manifestaciones populares nada más que reacciones instintivas, no estarán jamás en aptitud de comprender que los fenómenos colectivos, conforme a la más certera interpretación, son siempre explosiones de la fuerza moral de una sociedad. Una multitud puede equivocarse en sus rutas, puede ignorar el nombre de sus anhelos, pero ella proseguirá adelante si siente la bondad de sus aspiraciones.

Recuerdo haber leído en Waldo Frank algo muy sugerente: dos hombres conversan y, con el mayor regocijo, cuéntanse los cuentos picarescos que saben; un tercer amigo se une a ellos y la animación de la charla aumenta en torno a los mismos temas; luego un cuarto compañero se agrega y vuela también su caudal de rosáceas y equívocas novelas. Pero hete aquí que, cuando una quinta persona se aproxima, la animación cesa de pronto; los contertulios, con azoro, varían los temas de la conversación. Waldo Frank dice que este pudor surge en el punto en que el grupo se convierte en multitud y saca del caso las conclusiones afines con la tesis que desarrolla. Bien, tomemos para nosotros el ejemplo y esgrimámoslo contra los que aseguran que las muchedumbres son sólo instintivas: en el punto en que la peña se convierte en multitud, como habéis visto, surge una taxativa psicológica con su aplastante impedimenta moral. Los individuos, entre la muchedumbre, se sienten impelidos a abandonar sus más íntimas preocupaciones, sus más arraigados prejuicios, y se adhieren a un repertorio de sentimientos y de ideas que no sabrán quién las dicta, de dónde vienen, pero que son invariablemente de una densidad moral superior. ¿Cómo, entonces, hablar sólo de las expresiones instintivas de la muchedumbre, dando al vocablo su más ínfima acepción? ¿Cómo no insistir en el poder de una corriente magnética que pone en función resoluciones de las que somos incapaces individualmente?

Mérida, Yuc., octubre de 1936.

 

Diario del Sureste. Mérida, 27 de octubre de 1936, p. 3.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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