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Nuestros Cenotes y Otras Bellezas Naturales

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Nuestros Cenotes y Otras Bellezas Naturales

A los sesenta y ocho años de edad, mi hijo mayor me convirtió en abuela. Creí que jamás iba a sentir esa dicha.

Mis nietos son una pareja: el varón tiene once años y la niña ocho. Gran parte de su tiempo lo pasan en nuestra casa, donde son la adoración de mi marido. Y de mí, ¿qué podría decir? Casi nada: que se han convertido en la razón de mi existencia.

A veces tardan mucho con nosotros y, como son muy traviesos -cosa natural en niños sanos-, sus risas, relajos, juegos, pleitos, gritos, llantos y acusaciones me desesperan y anhelo que se vayan. No los corro, nunca lo he hecho, ni lo haría, pero sí deseo que haya un poco de silencio…

Cuando no están, los extraño, siento que no estoy completa, que algo me falta. Me parezco al trompo que para bailar se pone capa, porque sin capa no puede bailar, y para bailar se quita la capa, porque con capa no puede bailar.

Mi hijo y mi nuera trabajan el día y parte de la noche, por eso los niños se quedan con nosotros para estudiar y para hacer las tareas escolares. Cuando puedo los ayudo, pero a veces preguntan cosas que ignoro, cosas de la modernidad como nombres de autos, aviones, satélites, naves espaciales, astronautas y un sinfín de cosas nuevas que me abruman y mejor les digo: “¡Mato mi pavo!” Pero hay conocimientos elementales y básicos de nuestra cultura que me gusta recordar con ellos.

El niño es muy estudioso, pero la niña es muy zorrita. Le dice a su hermano:

– “Vamos a preguntarle a Ita para que nos cuente algo que tarde un poco y así, mientras habla, nosotros descansamos de hacer tanta tarea que nos han marcado.”

– “Pero vamos a preguntarle algo interesante,” dice el otro.

Cierta vez, no hace mucho tiempo, me preguntaron:

– “Abuelita, ¿es verdad que aquí en Yucatán no hay ríos?”

– “Ríos no, pero rías sí,” respuesta que les causó risa.

De nuevo arremetieron con otra pregunta.

– “¿Cómo son las rías?”

– “Son flujos de agua marina que se internan en la tierra firme y en estrecha franja de playa formando humedales.

“En Yucatán hay dos, y son conocidas como Reservas de la Biósfera: Ría Celestún, que se encuentra en el Oeste, y Ría Lagartos, en la costa Noreste.

“La primera favorece a un lugar llamado El Palmar, en el que hay sesenta petenes más o menos; éstos son como pequeñas islas que miden hasta ciento cincuenta metros. Ahí se encuentran manantiales y cenotes de agua dulce. A su alrededor crece una pequeña selva tropical donde hay árboles frutales como el chicozapote, el nance, el chit -una palmera-, y gran variedad de helechos, la riñonina, la uva de mar, el mangle rojo, negro, blanco y botoncillo: cactos, agaves, palo mulato, acacia, mimosa y la popular flor de mayo. Allá llegan cada año veintiocho especies de aves migratorias que conviven con las ochenta y siete especies del lugar, entre las que destacan: la garza de garganta desnuda o tigrillo, la pico de bote, el martín pescador, los patos golondrino y boludo, los esbeltos y famosos flamencos rosa, la fragata, los cormoranes, las gaviotas y los pelícanos. Entre los reptiles se distinguen las tortugas marinas – blanca, carey y caguama –, los cocodrilos, y entre los ofidios una gran variedad de víboras y culebras. Entre los mamíferos se encuentran el mono araña, el jabalí de collar, el mico de noche, el mapache, el tejón, el tepezcuintle, el venado cola blanca y el temazate, el tigrillo, ocelote, el jaguar, el cacomixtle y el viejo de monte. Si no fuera por los cenotes donde toman agua, esos animales, no podrían vivir. El agua es indispensable para la vida, no solo por ser disolvente de innumerables sustancias, sino también por las muchas reacciones químicas en que entra, de las cuales la más importante es la hidrólisis de los hidratos de carbono, grasas y proteínas, paso esencial en la digestión y asimilación de alimentos.

“La segunda, Ría Lagarto, tiene más de cincuenta mil hectáreas de selvas, playas, dunas y manglares. Es salvaguarda de fauna, flora y recursos no renovables. Abarca las comunidades de Río Lagartos, Las Coloradas y El Cuyo, que es la más cercana a la zona donde anidan los flamencos rosas cuyo número se calcula en cerca de dieciocho mil ejemplares que hacen un paisaje sin igual, verdaderamente extraordinario, que atrae a los visitantes nacionales y extranjeros. En esa área existen más de treinta especies de aves, cincuenta de mamíferos y casi cien de reptiles. También hay petenes con manantiales y cenotes…

“Volviendo a la pregunta inicial de que si hay o no ríos en Yucatán, les reitero que aquellos que se forman con corrientes de agua dulce que bajan de las montañas, corren sobre la tierra y desembocan en el mar, de esos no hay; pero existen los ríos subterráneos, que a su paso van llenando las cavidades que encuentran, dando origen a los cenotes, surtidores de agua dulce. En el Estado existen tres mil quinientos, de los cuales ya se han localizado perfectamente mil quinientos para desarrollar en ellos un programa de recreación y descanso, y fortalecer la industria turística. Los cenotes poseen belleza y atractivos naturales; mientras más difícil es su acceso y más enigmáticas e interesantes sus referencias, mayor interés despiertan en quienes gustan del ejercicio, la comunicación directa con la naturaleza y con la espeleología. Son pozos profundos con paredes verticales cuyas formas se asemejan a los cilindros. Hay grandes como los de Chichén Itzá, Valladolid, Yokdzonot, Dzibilchaltún y Kaua; medianos como los de Mérida, Libre Unión, Holcá, Hunucmá y Abalá; y pequeños como el de Cenotillo. Los hay abiertos, semiabiertos y cerrados. Algunos tienen grandes entradas de luz solar que permiten ver sus azulados o verdes espejos de agua pura y cristalina. Los abiertos son de agua templada, los semiabiertos y los cerrados son de agua fresca y fría. Su nombre proviene del vocablo maya Dzonot, que significa en español la palabra pozo. Se encuentran en mayor cantidad en el Este, regular en el Oeste y menor en el Sur.

“Donde hay más cenotes hay más habitantes, como en el Oriente, donde se ha desarrollado la ganadería. Así, en el Sur hay casos realmente excepcionales como Tekit, que tiene treinta y cinco cenotes, y Cuzamá, cinco. En Mérida y algunas ciudades principales se utilizan como albercas y éstas son de las mejores, porque son de agua viva con corriente permanente que los mantiene limpios. Los cenotes, íntimamente ligados a nuestra cultura, han servido para difundir y conservar el idioma maya. Gran parte de las poblaciones llevan en su nombre la palabra Dzonot, como Kankabdzonot, Yokdzonot, Chikindzonot, Kekendzonot, Dzonot Chel y muchas más.

La historia nos refiere los usos que el hombre les ha dado: refugio, bodega y centro ceremonial. Todavía hay poblaciones donde preparan comidas y bebidas con el agua del cenote, de modo especial para las ceremonias y ritos mayas. De éstos se practican dos, a saber: uno de rogaciones a la gran serpiente Ha’pai Kaan, para que se aleje, pues tienen la creencia de que se lleva el agua en tiempo de seca; el otro, el Cha’Ac, que son rogaciones con ofrendas especiales preparadas con productos de la milpa: calabaza, maíz, frijol, pepita molida, miel y chile, para atraer la lluvia.

“En los cenotes habitan diversas clases de peces, principalmente bagres, los cuales se dan de comer a los que padecen catarros crónicos y asma, para aliviar su mal; en algunos hay mojarras y caracoles. Los cenotes de los petenes y el de Dzibilchaltún tienen peces de colores: blanco, rojo, negro, azul, rayado, amarillo, y multicolores, como los peces loro, que crecen de regular tamaño.

“Entre los Estados de la República Mexicana, Yucatán es uno de los que cuentan con abundante agua en el subsuelo. Por ello tenemos variada flora y fauna con las que se ha fortalecido la industria apícola que representa un importante renglón en la economía.

“Si hiciéramos una gran labor de reforestación, y cuidáramos los bosques y montes, habrían más cenotes, y jamás sufriríamos sed y hambres, porque habría suficientes productos agropecuarios para satisfacer la demanda de alimento de los yucatecos y, por ende, de bienestar en las comunidades rurales que, al tener qué llevarse a la boca, no sufrirían de desnutrición u otras enfermedades relacionadas con la falta de sustento alimenticio.”

Francisca Sosa Mongeote de Yerves

Continuará la próxima semana…

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